Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, Michael Chabon

Chabon
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La historia del surgimiento de los cómics, el momento en el que pasaron de ser tiras diarias en las últimas páginas de los medios de prensa a tener sus propias publicaciones colectivas (emulando así las ediciones pulp que habían hecho furor en las primeras décadas del siglo XX) es el contexto en el que se desarrolla buena parte de esta novela. En todo momento se percibe el inmenso cariño de Chabon hacia los superhéroes y sus creadores. Ser capaz de identificarse con el tema por haber compartido la pasión por las “revistas de historietas” es, sin duda, un elemento que aumenta el placer de la lectura. No obstante, no tener ni idea acerca de quién es Jerry Siegel, Joe Shuster o Bob Kane (co-creadores de Superman y creador de Batman, respectivamente), no es un obstáculo para disfrutar de la novela, que como tal funciona independientemente del conocimiento previo del lector acerca de su asunto.

[Nota autobiográfica. En mi caso, la lectura de “Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay” fue una buena oportunidad para recorrer de forma distinta, más vívida, una parte importante de la historia de la cultura pop: el nacimiento de la industria de los superhéroes, su época dorada, su decaimiento…, y a su vez recordar el montón de revistas acumuladas por mí a lo largo de mi infancia, el papel amarillento y poroso de las reediciones mexicanas de editorial Novaro, el formato pequeño con las aventuras de la Legión, Superman, Batman, Flash, El Capitán Marvel; la voracidad con que leía esas páginas, las tardes de verano acostado en el piso fresco, con la cabeza apoyada en las revistas ya leídas, los pies en alto; o (ahora lo recuerdo) las horas de lectura en el sillón de mimbre que había ocupado mi bisabuela Carmela durante años, el sillón que crujía y se quejaba ante cada movimiento de reajuste; y entonces recuerdo más, una visita al dentista cuyo premio fueron dos historietas nuevas (Ironman y Hulk), y la casa de canje de Quián (el esposo de Norma, la directora de mi escuela); ¿cuántos Nuevos Pesos depositados allí, con absoluta devoción? Plata bien gastada. El olor de la casa de canje, la humedad de las pilas de revistas que había que revisar minuciosamente para hacer valer bien las monedas. Leer todo más de una vez, aprender parlamentos enteros, leer el correo de los lectores. Lectores mexicanos, caribeños, españoles. Cartas enviadas, recibidas y publicadas hacía décadas por niños que ya eran hombres en el tiempo en que yo mismo fui niño. Porque las revistas llegaban a Uruguay como si se hubieran extraviado en un túnel del tiempo, y por eso era imposible conseguir todos los números de una serie. Las intermitencias de la colección eran un tormento. ¿Qué pasaba en ese lapso de tres números incunables? ¿Qué pruebas superaba el héroe? ¿Qué parte de su identidad se revelaba en esas pruebas? Aprender a dibujar mediante la imitación de las viñetas. Musculaturas hipertróficas, gestos afectados. Conocer el nombre de dibujantes, reconocer su estilo: el Spiderman de John Romita Jr. o el Batman de Neal Adams. La diversión. El placer. En la infancia de mi padre, las revistas llegaban todavía menos, pero algunas se encontraban; entonces, mi sorpresa al saber que él conocía a Brainiac 5, el prodigio intelectual verde y de traje morado, miembro de la Legión de Superhéroes del siglo XXX. “Brainiac 5”. La contraseña que abre el pasadizo personal al momento en que me enteré de que mi padre también había sido un niño].

Pues bien, la novela de Chabon se centra en Joe Kavalier y Sam Clay. El primero, un joven judío escapado de Praga poco antes de que diera comienzo el Holocausto; el segundo, un chico neoyorquino que vive con su madre. La llegada de Kavalier a Nueva York es el comienzo de la sociedad creativa entre ambos que producirá al Escapista, un artista de la fuga inspirado en Houdini, con poderes sobrenaturales procedentes de una llave mágica.

-No se trata de eso –dijo-. No se trata de que se parezca a un gato o a una araña o a un puto lobezno. Ni de que sea enorme o sea diminuto, pueda lanzar llamas o hielo o rayos letales o Vat 69. Ni de que se convierta en fuego, en agua, en piedra o en caucho. Podría ser un marciano, podría ser un fantasma, podría ser un dios o un demonio o un hechicero o un monstruo. ¿De acuerdo? No importa. (…)
-De acuerdo (…)
-No se trata de cómo, no se trata de qué –dijo Sammy.
-Se trata de por qué.
-Se trata de por qué.
-Por qué –repitió Joe.

Las distintas sub tramas que alimentan la novela parten de este punto y se bifurcan hasta límites rocambolescos. Pero estábamos avisados: la novela se abre con un epígrafe de Will Eisner (creador de la revolucionaria The Spirit) que dice “he aquí una historia de soluciones imposibles a problemas irresolubles”. Y en cierto modo, la historia pergeñada por Chabon es fiel a esa premisa. La fuerza episódica hace que las 600 páginas de la novela se hagan livianas, y aunque hay caídas de ritmo y momentos en los que el interés flaquea, el buen impulso conseguido en las primeras 400 páginas (nada menos), consigue salvar con facilidad los escollos de una trama que puede volverse dubitativa o errática hacia su desenlace. Hay algo muy austeriano en Chabon, muy propio del Auster de novelas como “La música del azar” o “La noche del oráculo”, pues comparte con él, además del interés por ciertos temas, también la inclinación por tipos de personajes, situaciones y escenarios parecidos (la fuga, la soledad, la desaparición, el aislamiento y la locura que produce).

A mediados del siglo XX, cuando la masificación de los medios de comunicación comenzaba a despuntar pero todavía no tenía la fuerza turbulenta que cobraría en las décadas siguientes, los cómics fueron ubicados en el centro del debate por su supuestamente perniciosa influencia sobre la juventud y la perversión que había camuflada en ellos. Uno de los principales responsables del proceso que acabó convirtiéndose en una especie de caza de brujas macarthysta, fue el psiquiatra Fredric Wertham (autor de La seducción del inocente), quien impulsó el enjuiciamiento de los cómics y sus creadores mediantes frases como esta: “Los comics en el peor de los casos son demoníacos, en el mejor, simple basura”. Wertham cargó las tintas contra la supuesta homosexualidad apenas disimulada de la mayoría de los héroes y acusó abiertamente a sus creadores de estar corrompiendo de forma subliminal a los niños norteamericanos. Wertham llevó sus argumentos hasta el Subcomité del Senado sobre Delincuencia Juvenil. Como resultado de la presión, los propios editores de cómics crearon un Código mediante el cual se comprometían a auto-censurarse. Si el lector quiere saber más acerca de los alcances de esta auto-censura, haga click aquí. Este episodio real funciona novelísticamente: Sam Clay sufre la restricción de libertad en carne propia. De todos modos, Chabon, más allá de reconocer los precarios y bastardos orígenes del cómic, se reserva el derecho a defenderlos por encima de todas las acusaciones que pesan sobre él desde la época de Wertham. Chabon rechaza el desprecio hacia los cómics proveniente del mundo académico porque no olvida, ya puesto en su rol de escritor “serio”, el goce que conoció gracias a aquella fuente de maravillas:

Después de perder a su madre, su padre, su hermano y su abuelo, a los amigos y rivales de su juventud, a su querido maestro Bernard Kornblum, su ciudad, su historia –su hogar-, a Joe le parecía que la acusación habitual que se hacía a los cómics, el hecho de que ofrecían una simple evasión fácil de la realidad, era en cambio un poderoso argumento a su favor. A lo largo de su vida se había escapado de cuerdas, cadenas, cajones, sacos y cajas, de esposas y grilletes, de países y regímenes, de los brazos de una mujer que lo amaba, de un avión estrellado y de la adicción al opio y de todo un continente helado decidido a acabar con su vida. La evasión de la realidad era, en su opinión –sobre todo después de la guerra-, un desafío que valía la pena. Durante el resto de su vida recordaría la media hora de paz que había pasado leyendo un ejemplar de Betty y Verónica (…) Aquello sí que era magia, no los engaños del tipo con sombrero de copa que hace desaparecer cartas, ni los trucos brutales y arriesgados del escapista, sino la magia genuina del arte. El hecho de que semejante hazaña de evasión, nada fácil de ejecutar, tuviera que soportar un desprecio tan universal era una señal de lo hecho polvo y arruinado que estaba aquel mundo –la realidad- que se había tragado su hogar y a su familia.

Calificación: muy buena.
Título original: The Amazing Adventures of Kavalier and Clay (2000)
Traducción: Javier Calvo.
Random House Mondadori, Barcelona, 2002.
ISBN: 84-397-0832-7

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