Vida y época de Michael K, J.M. Coetzee

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Coetzee
Coetzee

En esta novela todo es fantasmal del modo que lo es en la obra de Kafka, es decir: desasosegante. De hecho, Coetzee consigue utilizar a su favor la tradición kafkiana y llevarla más allá, una tradición que a cualquier otro escritor podría arrancarle limpiamente una pierna o un brazo. Las deudas no han sido ocultadas. En su lugar, Coetzee las hace evidentes desde el comienzo, la inicial del apellido de su héroe es sólo la más visible de esas evidencias. Si nos pusiéramos a rastrear las demás influencias probablemente tendríamos que nombrar a Beckett, a Dostoievski. Pero este es un juego por el que no se va a ningún lado, perseguir rastros e indicios de una obra inmensa es una de las formas más fáciles de leerla. Esta es una novela que podría hacer babear a un crítico académico, pero no parece una novela que haya sido escrita para ese tipo de disección.

Es un libro triste. Michael K es un hombre de 32 años que nació con una falla inocultable: labio leporino. Sabemos que tiene dos hermanos mayores pero no sabemos nada de su padre. Su madre anciana trabaja como empleada doméstica en la casa de una familia de Ciudad del Cabo. Tiene derecho a un pequeño dormitorio. Michael K trabaja para el departamento de Parques y Jardines. Su madre ha enfermado. Los patrones continúan manteniéndola por caridad, pero ya la han reemplazado por una mujer más joven. Mientras, ella sueña con volver a Prince Albert, una región tierra adentro, en pleno veld, una granja donde vivió su infancia y juventud, en algún punto de la inmensidad del norte sudafricano. Para llegar allí hay que atravesar el karoo, la región semidesértica del sur. Prince Albert es un lugar que Michael comienza a ver a través de los ojos de su madre moribunda, una especie de paraíso en el que uno puede sanar de sus dolores, rejuvenecer, vivir de su trabajo, respirar el aire de la montaña y beber el agua limpia que brota de la tierra. Estamos en la Sudáfrica del apartheid. No pueden abandonar Ciudad del Cabo sin un permiso de traslado. Obtener el permiso requiere más tiempo del que disponen y nada garantiza que lo obtengan. Michael construye una especie de carromato con una carretilla y ruedas de bicicleta, fabrica un sillín, un techo precario y convence a su madre de que permita que él la cargue allí y la arrastre hasta Prince Albert.

Este es el comienzo de Vida y época de Michael K. Curioso título. Una forma de título que parecería estar reservada para los ensayos laudatorios que se escriben para los grandes hombres, pero que aquí se destina para la historia de uno insignificante y defectuoso. La historia de un hombre sin historia, cuyo limitado entendimiento se asemeja a estar viendo el mundo a través de un tubo de cartón. El talento de Coetzee para trasmitir esa perspectiva es lo que otorga a la novela su carácter fantasmal. Michael no comprende la guerra, igual que no comprende la vida, la muerte, el amor, el dolor, la guerra que lo rodea y cuyos rastros encuentra a cada paso, y su incomprensión sume todo en una niebla casi mística. La primera impresión de un lector es la de estar ante un simple retrasado, un imbécil indolente. Una vez superada esta impresión, Michael se convierte en un ser elemental. La peripecia de su lento aprendizaje es conmovedora. Y mientras él aprende, el lector aprende quién es Michael K y cómo es su época, y por qué la aparente imbecilidad de Michael K es de una coherencia aterradora, como si él hubiese llegado gracias a su propia deficiencia (y a su historia de abandonos y abusos) a vivir en el reino de una verdad íntima. Hay un personaje que actúa como nexo entre Michael y el lector, se trata del farmacéutico devenido en enfermero de un campo de trabajo donde Michael es llevado luego de uno de sus arrestos. Este hombre no comprende a Michael. Primero se dice a sí mismo que el nuevo recluso está enfermo y probablemente loco. Hace todos los esfuerzos por llegar a él. Primero, para lograr que coma y así salvarle la vida; luego, para entender su alma:

“Yo he sido el único en darse cuenta de que eras más de lo que parecías –habría continuado-. Lentamente, a medida que tu “No” obstinado cobraba peso día a día, empecé a sentir que no eras un paciente cualquiera, otro herido de guerra, otro ladrillo en esta pirámide del sacrificio (…) “No es un producto de mi imaginación”, me decía a mí mismo. “Esta concentración de sentido que percibo no es un rayo luminoso que proyecto sobre esta o aquella cama (…) Michael significa algo, y su significado no es sólo asunto mío. Si así fuera, si el origen de este significado no fuera más que una carencia mía, una carencia, digamos, de algo en que creer, ya que todos sabemos lo difícil que es saciar el hambre de creer (…) si lo que me llevó a Michael y su historia sólo fuera un vulgar apetito de significado, si Michael no fuera más de lo que parece ser (…) en ese caso tendría razones para retirarme a los baños detrás de los vestuarios y pegarme un tiro en la cabeza. Pero ¿cuándo he sido más sincero que esta noche?” (…) Así que dirigí mi mirada de nuevo al exterior, y, sí, todavía era verdad, no me engañaba, no era una ilusión o un consuelo, era como antes, era la verdad, realmente había una concentración, una intensificación de la oscuridad sobre una de las camas, una sola, y esa cama era la tuya”.

Al releer el fragmento, pienso que bien podría tratarse del propio autor reflexionando sobre todo lo hecho hasta ese momento: obra y personaje. Como si se preguntara, ¿significa Michael K lo que yo necesito que signifique? ¿Dice lo que yo necesito que diga? ¿Hay algún sentido aquí que yo no haya fabricado? ¿Me he topado contra algún sentido nuevo mientras estaba inmerso en la tarea de llevar adelante la historia? ¿Si no ha sido así, por qué debería continuar…? El aspecto meta-narrativo de la obra de Coetzee es más evidente en otras novelas suyas, pero no habría que descuidar este punto de Vida y época de Michael K.

Me estoy convirtiendo en otra clase de hombre, pensó, levantando las muñecas y mirándolas, la sangre ya no saldría a borbotones sino gota a gota, y después de gotear, se secaría y cicatrizaría. Cada día me vuelvo más pequeño, más duro y más seco. Si tuviera que morirme aquí, sentado en la boca de la cueva, mirando la meseta con la barbilla apoyada en las rodillas, el viento me secaría completamente en un día, me conservaría entero, como a alguien hundido en la arena del desierto.

Calificación: muy bueno.
Título original: Life & Times of Michael K (1983).
Traducción: Javier Calvo.
Random House Mondadori, DeBolsillo, 2006.
ISBN: 978-84-8346-313-0

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3 comentarios en “Vida y época de Michael K, J.M. Coetzee

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