Cambios, Mo Yan

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Mo Yan
Mo Yan
La lectura de este relato autobiográfico de Mo Yan, a modo de pequeña memoria, puede recordar a su vez aquel aserto malicioso pero no menos interesante de Oscar Wilde que sostenía que las memorias, si son verdaderas, suelen ser aburridas. Principalmente, porque “Cambios” es una obra que en gran parte aburre, o hace muy poco para calar en asuntos o personajes que presenta y que aparecen tratados tan al pasar, tan de forma rasante, que el lector podría juzgar que están siendo desaprovechados con un motivo indiscernible. Las escenas de las primeras páginas, por ejemplo, en las que el narrador describe los días de su expulsión en la escuela primaria y cómo regresaba a ella con tozudez, a pesar de las prohibiciones, rebozan de aspectos que podrían haber llegado a ser notables, pero se quedan en señalar algunos puntos pintorescos, alguna situación entre ridícula, cómica y extraordinaria (como el episodio del partido de ping pong entre Lu Wenli y el profesor Liu) y pasar de largo, sin asomo de exploración. Lo mismo ocurre con la figura de He Zhiwu, quien renuncia a la escuela y desaparece del pueblo del protagonista para volver a su vida muchos años después. Es cierto que Mo Yan no pretendió dar con la forma de una de sus novelas en “Cambios” y que su intención era la de realizar una breve mirada hacia sus años de formación, sobre todo a su entrada en el Ejército de Liberación Popular, en la época de la Revolución Cultural; pero haber recurrido a otras facetas del oficio no habría estado mal, más allá de ciertas apariciones del “relato dentro del relato” o de volteretas medio decimonónicas como la reaparición de personajes muchos años después y en condiciones llamativas (algo que ocurrió, en definitiva). En sí, la obra se parece más a un catálogo, a una variante algo amplificada y en prosa de esos índices cronológicos sobre la vida de un autor que solemos hallar en las últimas páginas de una edición. Y si se piensa en esa tradición anglosajona de los “Collected Works” o la “Selected Prose”, uno llegaría a la conclusión de que “Cambios” bien podría haber funcionado mejor en compañía que en solitario.

Volvamos a la tarde en que estaba yo apoyado en la esquina mirando el partido de ping-pong entre el profesor Liu el Bocaza y Lu Wenli. El profesor Liu era un jugador mediocre pero sentía pasión por el ping-pong, y le encantaba jugar contra chicas. Ninguna de las de la selección era fea, pero Lu Wenli era la más guapa, de modo que el profesor Liu siempre la quería de contrincante. Cuando jugaba, el profesor Liu abría inconscientemente la bocaza. Por si eso no fuera suficiente, emitía un extraño sonido gutural, croac croac, como si criara un sapo en el fondo de su garganta, de modo que su juego resultaba desagradable tanto a la vista como al oído. Yo sabía que a Lu Wenli no le gustaba nada tener que jugar con el profesor Liu; pero éste formaba parte de la dirección de la escuela, y ella no se atrevía a negarse. Así, el fastidio y la aversión que le producía jugar con él se traslucían en su semblante y en la desidia con que blandía la pala.
Si he contado todas estas tonterías es para realzar un instante de gran dramatismo: con la boca abierta de par en par, el profesor Liu hizo un lanzamiento alto, ¡zas!, que Lu Wenli devovió al desgaire; pero la pelota centelleante, como si le hubieran salido ojos, voló directa a la boca del profesor Liu.
Los espectadores se quedaron estupefactos unos instantes, antes de estallar en carcajadas. La profesora Ma, que de por sí era de rostro rubicundo, con la risa se puso carmesí como la cresta de un gallo. Lu Wenli, que llevaba todo el rato con cara de pocos amigos, se rió también disimuladamente. Sólo yo no me reí; estaba asombrado: ¿cómo podía haber ocurrido?

Calificación: Regular.
Título original: Biàn (2010).
Traducción: Anne-Hélène Suárez Girard.
Editorial: Seix Barral, Buenos Aires, 2012.
ISBN: 978-950-731-742-2

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