Nat King Cole. La voz inolvidable, Daniel Mark Epstein

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Epstein
Epstein
Este libro (que también puede hallarse bajo el mismo sello con un título diferente: “Inolvidable. La deslumbrante vida de Nat King Cole”) contiene varios puntos notables. El primero de ellos, en un plano más bien general, está constituido por la perspicacia con la que su autor separa alrededor de una docena o algo más de circunstancias vitales del músico y las desarrolla a fondo en su delicadeza, humorismo o tragedia, pero nunca sin algo que el lector podría calificar como una fuerte simpatía. Nat King Cole, de hecho, fue un artista carismático, capaz de arrebatarle la sonrisa a cualquiera; y si estas páginas de Daniel Mark Epstein renuevan el sentimiento por el cantante, entonces se trata de un logro no menor.
Un siguiente punto destacable estaría en cómo el biógrafo presenta el entorno en el que se desarrolla la carrera de Cole. Para los amantes del jazz se vuelve inapreciable. Epstein elude las típicas fórmulas de inicio en las que aparece un bebé chillando que sale del vientre de su madre para recibir una palmada en el culo y etcétera, etcétera… La palmada, o aquel momento en el que Nat King Cole comienza a respirar es el inicio del libro: una noche de 1935 en Chicago en la que un imberbe mocoso de dieciséis años se sienta al piano y desafía con su conjunto al otro conjunto que aguardaba su turno, que era nada más ni nada menos que el su ídolo, el pianista Earl Hines. La inteligencia de Epstein al abordar esta escena no radica sólo en conocer que se trata del clásico enfrentamiento parricida, sino que tiene un alcance por lo menos doble. Epstein lee y hace leer en esa noche de 1935 un instante único en la historia del jazz, el instante en que el virtuosismo, encarnado en Hines, y el sentimiento, revalorizado por Cole, dividen las aguas y nace el swing como un movimiento que se centró algo más en atender a quienes estaban expectantes en la pista. Además, Nat King Cole continúa siendo “la parte por el todo” al ejemplificar a través de su peripecia particular las migraciones que se produjeron en el jazz y sus consecuencias. Si bien la salida de King Oliver de New Orleans a Chicago (emulada pocos años después por su discípulo dilecto, Louis Armstrong), representó un cambio o un salto cualitativo que se vería aumentado con el tránsito a su vez de Chicago a New York, esta biografía toma a Cole como el abanderado de un movimiento alterno: el de Chicago a la costa oeste, más precisamente a Los Ángeles.
Llegados a este punto, el libro cumple con todos los requisitos de las historias de iniciación del artista: sueños que se rompen y renacen, hambre, pobreza, incomprensión, soledad… El protagonista se casa con una bailarina diez años mayor… Nace el fenomenal Nat King Cole Trio junto a Oscar Moore en guitarra y Wesley Prince en contrabajo… Aparece el determinante agente Carlos Gastel… Comienzan las giras… Cada una de estas partes no tienen desperdicio y describen a la perfección la difícil vida del creador, la soledad en la que se ve confinado y sus difíciles elecciones. Pero hay que ver la vuelta que tiene esta biografía: no es una biografía de un artista común y corriente, sino la biografía de músico excepcional resistido por ser negro. Por lo tanto, el libro se vuelve emblemático, nuevamente una “parte por el todo”. Nat King Cole es el afroamericano libre bajo la palabra de la Constitución pero despreciado por una parte alarmante de la población. Pese a las acusaciones de su conducta ambigua frente a hechos de discriminación, Cole aparece como un hombre que utilizó su arte, lo único de lo cual podía fiarse, para combatir a su modo el racismo. El capítulo sobre cómo logró ser el primer presentador negro de un programa de televisión en la NBC es un pequeño libro en sí mismo para quien quiera investigar el fenómeno de la discriminación a través de la industria del entretenimiento.
Cole pareció haber sido un individuo que a lo largo de toda su vida luchó contra algo con lo que muchos otros artistas no tuvieron que haber luchado (caso de su gran amigo Frank Sinatra). Quizás eso explique porque, con el pasar de los años, se fue apartando de la ejecución y la composición en el piano (cuando, por ejemplo, se había adelantado en unas tempranas sesiones a lo que fue el be bop) y se recluyó en el trabajo de su propia voz. Por lo tanto, Epstein relativiza la tesis de que una opción de ese tipo se hubiera debido a la presión del éxito o de conseguir más dinero para saciar al fisco. Ejemplo: la aparición de nuevos públicos y el auge del rock and roll llevaron a Cole a transformarse en más de una oportunidad, como cuando persistió en llegar a Broadway con un espectáculo propio. No es tozudez mezquina o ansia de gloria desmedida. Epstein nos sugiere todo el tiempo que Cole buscaba otra cosa, como si la materia de su arte fuera un delicado vuelo de Ícaro, algo fatal y hermoso. Así, Cole trascendió el jazz y fue uno de los pocos hombres de la cultura norteamericana que tuvo más de una vez la infrecuente habilidad de estar en el momento justo y en el lugar indicado. Su sonrisa de gato de Cheshire, que se describe largamente casi en cada capítulo, parecería ser la seña o la comprobación de ese fenómeno.

Ted Heath y su orquesta de dieciocho músicos ejecutaron los compases iniciales de “Little Girl”, y Cole abrió los brazos en cruz, con los ojos entornados. Por fin, abrió la boca en una gran sonrisa y empezó a cantar. Tras el primer coro, los caballeros blancos de Anniston tuvieron bastante. Uno de ellos aulló como un lobo –la señal convenida-, y los hombres corrieron hacia la figura iluminada en escena, dos de ellos por un lado, los otros tres por el otro. (…)
Adams y los hermanos Vinson cruzaron el espacio entre la primera fila y el escenario, treparon al entarimado de poco más de un metro de altura y se abalanzaron sobre el cantante. Por obra de las luces atenuadas, Nathaniel tan sólo vio que un hombre de pronto emergía de la oscuridad. Willis Vinson le soltó un puñetazo, y Nat salió trastabillando de espaldas hasta caer sentado sobre la banqueta del piano, que se hizo trizas bajo su peso. (…)
En el escenario seguían peleándose, y a uno de los policías le rompieron las gafas de un golpe. A otro de los agentes le fracturaron la nariz de un puñetazo, y su rostro empezó a sangrar. En aquellos días, si en un bar estallaba una trifulca, los músicos tenían por costumbre tocar “The Star-Spangled Banner”, pues la interpretación del himno siempre conseguía que todo el mundo dejara lo que estaba haciendo y saludara militarmente.
Pero Ted Heath era inglés, de modo que hizo que su banda empezase a tocar “God Save the Queen”, melodía que en Estados Unidos lleva el título de “My Country, ‘Tis of Thee” y que no resulta de particular eficacia durante un tumulto.
“¡No, no! –gritó Dick LaPalm-, ¡el himno americano! ¡El himno de Estados Unidos! ¡Que se vaya al diablo la reina de Inglaterra! (…)
Al cabo de unos segundos, Nat se levantó del suelo. Los ocho policías por fin habían terminado de inmovilizar a los cinco asaltantes (…).

En Los Ángeles, Maria había estado cenando con unos amigos. Nada más llegar a casa, el teléfono sonó. Era uno de los hombres de Sinatra.
-¿Maria Cole? Frank quisiera hablar con usted.
Maria se sentó. No sabemos lo que Frank tardó en ponerse al aparato, pero para ella tuvo que ser una eternidad. Sinatra no acostumbraba a llamar a Maria Cole para hablar de tonterías.
Por fin escuchó la voz fatigada de Frank al otro lado. Tras asegurarle que Nathaniel estaba bien, Sinatra le explicó lo que había pasado en Birmingham. Maria respiró hondo. Sabía lo suficiente sobre Alabama para entender que su marido no iba a estar seguro hasta que se encontrara a cientos de kilómetros del estado. Al momento le preguntó a Sinatra cuándo y por qué medio se iba a ir su esposo de Birmingham.
-No te preocupes, guapa –dijo Frank-. Vamos a sacarlo de allí.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Nat King Cole (1999).
Traducción: Antonio Padilla.
Editorial: Global Rythm Press, Barcelona, 2008.
ISBN: 978-84-96879-24-9

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