Cumpleaños, César Aira

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Aira
Aira
Si bien en las breves novelas de César Aira suele haber un reducto de la ficción acerca del mecanismo de la ficción, o, dicho de otra forma, un espacio en el que la novela se pone a explicar cómo es novelar o transigir con la experiencia, “Cumpleaños” (2000) es, en el marco de su vasta obra, el “arte poética” más declarada y extensa. El libro consta en realidad de una serie de cortos capítulos meditativos, a medias entre el diario, el costumbrismo y la reflexión literaria y artística, que son escritos a partir de un hecho puntual: la llegada de su autor a los cincuenta años de edad. La cifra redonda da paso a una escritura menos celebrativa que revulsiva y hasta, por instantes, amarga.
Es significativo, además, que una gran parte de los capítulos haya sido redactada en una visita que Aira realizó a Coronel Pringles, su pueblo originario, al sur de la provincia de Buenos Aires, un pueblo que sus lectores conocen bien y cuyos inviernos, como el invierno que se describe en el libro, son muy duros. El regreso al punto de origen completa un ciclo que la cifra subraya. Aira repasa su vida como intelectual, sus logros y la idea que pudo haber tenido de lo que serían sus logros treinta años atrás. Ahí se produce un hueco. Aunque al inicio amaga con lo anodino al referir un par de anécdotas familiares en las que se descubre ignorante de algunos aspectos que supuestamente todo el mundo tiene claro, el autor de a poco abre una buena cantidad de consideraciones sobre sus fijaciones, como son el problema de la verosimilitud y, sobre todo, la traducción en un sentido amplio del término. Si la tarea del escritor es, de manera radical, un acto de traducción, es decir de traspaso de una forma del sentido a otra forma, el tema pasa a ser crucial con el avance de los capítulos porque Aira comienza a insistir con más avidez sobre cómo vive un artista o intelectual en su transacción con lo real, con aquello que es, a grandes rasgos, denominado como la “vida”. Aira llega a sus cincuenta años y descubre la paradoja de haber sido un narrador, el extravío inherente al intelectual. ¿Cómo comprender el mundo si para hacerlo uno tiene que suspenderse un determinado tiempo en el diálogo con el otro, con ese mundo? ¿Cómo efectuar la pausa y cuál es su duración? (“Siempre estamos volviendo. Y mientras no estuvimos, pasaron las cosas” (…) La humanidad sigue siendo mi exacta contemporánea. Pero los demás piensan exactamente al revés que cuando los dejé, hace treinta años o media hora, y no muestran ningún asombro por la mudanza, ni siquiera advierten que haya habido ninguna mudanza”).
Sobre el final del libro se llega a una especie de conclusión que se adivina. ¿Y cómo inciden esas preocupaciones en su escritura? Aira desarrolla entonces, con sus fascinantes ejemplos o circunloquios, una explicación del propósito de sus obras. Aunque se trata de un escritor que es resistido y amado por igual, y de un modo incondicional en ambos casos, hay que admitir la franqueza y la falta de fanfarronería de sus argumentos. De hecho, su descripción de la ley de lo “decreciente” abreva en un conocimiento profundo del acto creativo, con lo que su escritura, en la que aparecen disminuidos detalles como la corrección y la extensión, pasa a verse con una nueva luz, insuficiente o no, según sea el lector. Más allá de todas estas apreciaciones, “Cumpleaños” es, por si fuera poco, una obra triste, de una tristeza serena y lúcida, lo que la vuelve algo más irresistible.

Antes yo escribía mis novelas con el solo objeto de que salieran bien: que fueran buenas, mejores que otras, etcétera. Los motivos para hacer eso son psicológicos, es decir que entran en un vago y atiborrado cajón de sastre donde no hay más que elegir, a gusto, entre la ambición, la adaptación, el complejo de inferioridad, la megalomanía, la compensación… (…) Lo único cierto es que escribía para escribir bien, con lo cual llegaría a ser un buen escritor, que era lo único que me importaba. En contraste con la innumerable variedad de sobredeterminaciones en la vida de un individuo, lo mío tenía algo de idea fija. (…) Uno quiere hacerlo bien, y a ese objetivo sacrifica todos los demás; oscuramente, uno sabe que logrado eso, todo lo demás se dará por añadidura. A un buen escritor siempre se le van a poder encontrar excusas; al malo, ninguna le sirve.
Pues bien, al llegar a cierto punto, con unos veinte libros publicados, fue necesario que me pusiera a pensar seriamente. No se puede seguir aprendiendo por siempre, digan lo que digan. Es decir, es cierto que se sigue aprendiendo, pero también se van solidificando los hábitos viciosos, y lo malo compensa lo bueno. Las esperanzas comienzan a quedar fuera de lugar: la esperanza siempre tiene por objeto genuino lo nuevo; hasta los que quieren volver al pasado tienen en vista un pasado nuevo. En la literatura sobre todo, lo bueno se identifica con lo nuevo; creo que en mis momentos más lúcidos yo no quería tanto escribir algo bueno como escribir algo nuevo, algo que nunca se hubiera escrito antes. Y lo nuevo está sujeto a la ley de los rendimientos decrecientes, que yo venero. Lo que no salió en el primer intento, es cada vez más difícil que salga. (…)
Y el arte no hay que hacerlo bien. Si se lo quiere hacer bien es una artesanía, algo para vender y por ello sujeto al gusto del comprador, que por supuesto va a querer algo bueno. El arte crea su propio paradigma; no es “bueno” de acuerdo a patrones preexistentes sino que lo que venga después (las artesanías que vengan después) serán juzgadas de acuerdo con él. Ésa es la creación, a diferencia de la producción.

Calificación: Muy bueno.
Editorial: De Bosillo, Buenos Aires, 2013.
ISBN: 978-987-566-862-1

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