Disturbio en Julio, Erskine Caldwell

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Si somos conscientes de que entre la abolición de la esclavitud “de derecho” en los Estados Unidos, en 1863 bajo la dirigencia de Abraham Lincoln, y la “de hecho”, acontecida recién en los años 60 del siglo pasado (si tomamos las campañas de desegregación como fenómeno válido para hablar de una verdadera “abolición” de desigualdades civiles) pasaron más de cien años, entenderemos mejor la hipótesis de la “larga duración” que sostenía Braudel. Y debido a algunos hechos ocurridos no hace mucho en Uruguay, y, sobre todo, debido a las respuestas populares, entre irónicas y burlescas, que desataron tales hechos, podemos decir que el racismo es un tema que no ha acabado, y que una novela como “Disturbio en Julio” (1940) aún tiene mucho que comunicarle no solo a Uruguay sino también al resto del mundo.

Si bien algunos personajes saben, y muchos otros sospechan, que la acusación de la activista religiosa Mrs. Narcissa Calhoum hacia el cultivador negro Sonny Clark es una acusación falsa, inventada por ella para llevar a cabo una campaña cuya misión es juntar firmas para excomulgar a todos los negros al África a fin de culminar con la circulación de “biblias negras” entre los negros de Georgia; el pueblo decide perseguir y castigar al acusado de violación a una mujer blanca les cueste lo que les cueste. La búsqueda la encabeza el padre de la presunta violada, Shep Barlow, arrendatario de una parcela importante de un gran terrateniente. Como las elecciones se acercan, el sheriff McCourtain no quiere entrometerse en un proceso legal para con el acusado, pues sabe que perderá votos: la gente quiere ver morir ahorcado al negro “violador”, no tras las rejas como la ley indica. Pero el sheriff no podrá seguir en el molde cuando las hordas bestiales que buscan a Sonny, deciden tomar de rehén a Sam Brinson, un negro inocentón amigo del sheriff, que pasaba algunas temporadas en la prisión de McCurtain debido a negociar autos cuyas matrículas no habían sido saldadas antes de su transacción. Nada grave para ese contexto histórico, por cierto. Entonces, la amenaza del pueblo de aniquilar a Sam si no lograban encontrar a Sonny pone a McCurtain en acción.

Horacio Bernardo, en un artículo reciente, comenzó a operar con ciertas hipótesis interesantes bajo algunos conceptos propios como “la falacia de las minorías”, la cual obedece, entre otros, al siguiente punto: dado un hecho individual reprobable que tiene como víctima a un integrante de alguna minoría, el hecho se tomará como ataque al colectivo minoritario y no a la víctima individual. Si bien esta hipótesis puede tener cierta actualidad en nuestra sociedad, en el tiempo y el país de Caldwell la ley tenía muchos matices: dado un acto reprobable (haya sido real o achacado falsamente) de un negro hacia la comunidad blanca, el hecho es interpretado, bajo una óptica racista, como un síntoma de discapacidad de la población negra en su totalidad, no como un hecho de mala fe o de equivocación del individuo particular que lo comete.

Es innegable, no obstante, que el mismo prejuicio que la población sureña tuvo con los negros, nosotros lo estamos experimentando con los planchas o, en léxico político-espectacular, con los “menores infractores”.

La excelencia de esta novela radica, además de en la maestría de la prosa o del desarrollo paciente de la irrevocable trama (cuya estética cruel, realista y grotesca varía mucho del estilo, por ejemplo, de la narrativa cuasi-fantástica de Robert Nathan, neoyorkino que escribió y publicó durante el mismo período), radica sobre todo en la vigencia del tema de la violencia y el racismo que describió, tristemente, la mayoría de los hechos históricos de América del Norte.

Desde allí, les era posible ver el cuerpo del negro, balanceándose sin vida de una rama que había sido desgarrada por los disparos. Todavía quedaban cuarenta o cincuenta hombres, por lo menos, diseminados en pequeños grupos, alrededor del árbol. Otros se marchaban. Se oyó el motor de un par de coches que partían desde las proximidades del puente hacia algún sitio.

(…)

Desde la otra orilla, Katy Barlow estaba vadeando las aguas. Ninguno de los hombres que estaban alrededor de los árboles se había percatado de su proximidad, pero ella se encontraba ya a menos de media docena de metros. Se detuvo y miró el cuerpo de Sonny, que giraba lentamente en la cuerda.

– Él no lo hizo –gritó la muchacha de modo discordante, con el registro más agudo de su voz.

Calificación: Excelente.
Título original: “Trouble in July” (1940).
Traducción: –
Editorial: Libros Plaza, Barcelona, ¿año?
ISBN: –

Nota: La falta de datos bibliográficos que me aqueja en esta reseña se debe a la ausencia de las páginas iniciales de mi ejemplar, así como también se debe a la inexistencia de datos en internet sobre la edición que manejo. Las disculpas del caso.

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