Entre los indios, César Aira

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Aira
Aira
Esta reciente (no podemos decir “la última”) breve novela de César Aira, más allá de su argumento particular, debe tenerse también como una traducción, o como, pensándolo de modo más sutil, una ficción de la traducción y no (sin caer en el juego de palabras per se) una traducción ficticia.
La historia comienza en una noche patagónica, mientras una población de mapuches pasa de borrachera. En un determinado sitio, surge desde la tierra la cabeza de Pillán, el diablo. La aparición del diablo tiene bastante de graciosa y recurre a una serie de gags con los que se atenúa la gravedad referencial del personaje. Los niños hallan la cabeza a medio salir y la confunden con una piedra o una protuberancia cualquiera y saltan sobre ella, etcétera. Eso en el primero de una serie de cinco capítulos. El diablo aparece, se le presenta a los pocos mapuches espabilados a esas horas y listo. En el siguiente capítulo, leemos sobre el amanecer del cacique Cafulcurá al otro día y su repaso de la tranquilidad que reina en las tolderías mientras él lucha contra la resaca. En el tercero, se produce el concejo de los machis (los brujos) al que asiste también Cafulcurá. Los numerosos machis de la tribu no saben cómo transmitirle a su jefe la aparición que tuvo lugar en la noche anterior (quizás el momento más divertido del libro, pleno de disparates, juegos de palabras y grandilocuencias absurdas). Hasta este punto, cabría realizar una consideración. Si en el capítulo primero se observa la representación de lo que está por encima del Hombre, una presencia del más allá, en el segundo atendemos a la presentación y las reflexiones del cacique, el representante, en la tierra, de un poder capaz de unir a todos los vivos. En el tercer capítulo, el capítulo del medio, el concejo de los machis es la intercesión entre ambos mundos, entre un orden y otro. Ahí está la clave de la historia. Y si esto no tiene un tinte de tradición clásica… No es nada descabellado, por lo tanto, traducir “capítulos” por “actos” cuando se recuerda que “Entre los indios” consta de cinco capítulos y que, además, su tema es el del encuentro del Hombre con el Diablo, pero a su modo. Porque lo que Aira ha hecho es, y sobre todo llegando al desenlace, escribir una suerte de Fausto en el que sus valores se hallan en plena inversión. En este libro el Hombre, representado por Cafulcurá, no busca y ni le importa acceder a iluminación o conocimiento alguno, como se lee en sus reflexiones (¿existencialistas?) del segundo capítulo. Por eso la cultura podría ser otro de los temas de estas páginas. En tanto hay un saber (enciclopédico, místico, etc.), Cafulcurá no lo persigue, ha vencido esa pretensión. El que está necesitado, el que se halla a los pies del Hombre, es el Diablo, porque Cafulcurá se encuentra en un estado en el que se rehusaría a caer en la tentación del “conocimiento absoluto”.
Y de esto último hay que dirigirse al aspecto de la “ficción de la traducción” esbozado más arriba. Aira parece acechar los principios de su lector. Ya en “Cumpleaños” había escrito lo siguiente: “Yo sostengo, con una convicción que me viene de lo más profundo, que eso es falso: no hay primitivos, no hay salvajes, o en todo caso, si queremos darle ese nombre a civilizaciones distintas de la nuestra, no tenemos ningún derecho a suponerles menos inteligencia que la que nos arrogamos. Estúpidos, crédulos, ignorantes, siempre hubo, y no faltan entre nosotros. (…) el error, alentado por un racismo latente hasta en los biempensantes más escrupulosos, proviene de un error de traducción, o más precisamente de una traducción a medias, que en realidad no es una traducción”. El amanecer de Cafulcurá y sus reflexiones sobre el estado de la cultura en el capítulo dos se despegan de lo que había hecho Aira, por ejemplo, con los mapuches fumados divagando sobre los presocráticos o Platón en “La liebre” (1991). A través de la ficción Aira ejemplifica un punto de inflexión en una cultura y para narrarlo no desconoce que lo que hace es una traducción, una búsqueda de un parecido con el que poder representar los pensamientos de Cafulcurá, más allá de las consideraciones humorísticas que hay de por medio.
Por otra parte, leer a Aira es, si se sigue la idea de su mecanismo de escritura, constatar todo el tiempo la presencia de un fraseo que se forma a partir de un tema, como en la música. Por supuesto, el lector a veces puede abismarse en la idea de que se trata de una improvisación, de que es una narrativa en la que se observa un grado de improvisación. Y sí, podría sospecharse que sí, y que eso es el fraseo, dado en esas construcciones sintácticas con derivadas, subordinadas, espinosas de a ratos, en las que la materia descripta llega a un grado en que los objetos se tornan impropios.

Mientras tanto, Ancatruz seguía combatiendo con las palabras. La lengua mapuche, sonora y majestuosa cuando convenía, carecía de la flexibilidad necesaria para transmitir algo tan impalpable como una imagen flotando en el aire de la noche. Maldecía para sus adentros la mala memoria o falta de atención del borrachín que tenían de cacique. Con los demás se había entendido sin tener que decir nada. Claro que le quedaba la duda de que los otros hubieran visto lo mismo que él. Pero eso no impedía que los hechos avanzaran; nunca lo habían impedido.
Probó con alusiones al viento, a la luz, a los delicados huevecitos de las hormigas, a los humores desprendidos del cuerpo, al vapor, a las resinas. Y como a cada uno de estos elementos lo introducía con largas disculpas de incompetencia y encomio a su eminente interlocutor, se le hacía eterno a él mismo. Al fin renunció a ir por ese lado. ¿Cómo transmitir la cualidad liviana y flotante de lo que no existía? Pero en una inspiración que debió de venirle del agotamiento, se le ocurrió que también estaba la posibilidad de describir la aparición no en su aspecto y sus concomitancias visuales, sino en su actividad. Lo cual se decía solo, sin florituras: era un hombrecito que pedía. Como siempre que se llega a una solución largamente buscada, se preguntó cómo no se le había ocurrido antes. El hombrecito pedía. Ya lo había dicho. Se quedó mudo e inmóvil, con la boca abierta como la efigie de un verdadero idiota, mirando fijo a Cafulcurá. No podía decir nada más. Ya lo había intentado todo. Los otros lo imitaban en la expectativa de la reacción del cacique.
Cafulcurá, interrumpiendo por el momento las preguntas que se hacía, dejó que el concepto entrara en él por los vasos elásticos.
-¿Qué hombre? –preguntó.
-Un completo desconocido.
-Y me dice que… ¿pedía?
-Así es, honorable mapuche.
-¿Qué pedía?
Aquí el diálogo apenas entablado tuvo un marcado tropiezo. En la lengua mapuche no había palabras diferentes para las preguntas “qué”, “cómo”, “por qué”, “cuándo”, “dónde”, etcétera. Había una sola palabra para todas ellas. Y si no había palabras que diferenciaran esas (para otros) diferentes interrogaciones era porque para ellos no existía diferencia alguna.

Calificación: Bueno.
Editorial: Mansalva, Buenos Aires, 2012.
ISBN: 978-987-1474-73-8

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