Las furias, Renzo Rossello

imagen las furias
****

imagen renzoLa acción transcurre en un mundo de grandes pestes, llamativas subespecies humanas y masivos cataclismos sociopolíticos. El disparador de la novela es la desaparición de Will Hudson, una especie de Ambrose Bierce del Siglo XXI (la asociación con “Bitter” Bierce aparece de forma explícita en las primeras líneas de la obra), quien llega a México desde el norte para luego desvanecerse tras un probable secuestro. Tanto Hudson como el narrador que reconstruye su periplo en busca de respuestas (a no se sabe bien qué preguntas), son periodistas free lance en un mundo donde el periodismo parece ser una ocupación de trincheras, a medio camino entre el compromiso individual y los condicionamientos corporativos de instituciones políticas y religiosas nuevas y viejas. La verdad y la construcción de esa verdad son temas laterales, subyacentes a una trama que se desenvuelve en un tiempo y un espacio global que han sido imaginados por el autor en toda su vastedad.

Esto último es uno de los principales méritos de esta novela: la completitud con la que Rossello ha pensado en este mundo del futuro. Hay allí plagas perfectamente verosímiles (el autor ha hecho de la verosimilitud uno de los ejes de su obra, por eso resulta pertinente reconocerla), enfermedades cuyo surgimiento aparece fundamentado en elementos de la realidad actual y deformaciones de la especie que al lector le resultan no tan lejanas en cuanto a sus posibilidades de realización. Todo esto vuelve a la novela una exponente clara del subgénero de la ciencia ficción. Pero Rossello no solo explica las posibles derivaciones de algunas ciencias experimentales fuera de cualquier intento de control ético o moral. También juega a la formulación de escenarios sociológicos complejos donde predomina un combate entre clases (que involucra tanto a humanos como a otros seres antropomórficos), cada una de ellas con sus respectivas fantasías mesiánicas.

En el entramado de la novela se alternan algunos sucesos que atañen a las generalidades de ese mundo con otros particulares que les suceden a determinados personajes (que pueden ir y venir en el decurso de la narración) pero que ilustran igualmente sobre ese estado general de las cosas. Se apela para ello a la multiplicidad de personajes, al cambio de tono, a la introducción de interesantes lateralidades que refuerzan la idea central de un mundo en proceso de constante destrucción y reciclaje.

Por si esto fuera poco, desde el norte se cierne una amenaza incomprensible para las explicaciones científicas, una amenaza que surge desde el mismo título y que remite a un terror primigenio, mítico, que está por desatarse definitivamente de las cadenas del tiempo.

Sin dudas estamos frente a una de las mejores novelas editadas en Uruguay en estos últimos años.

“La repoblación de Antártida era el destino más buscado por los desplazados. Se habían construido cuatro ciudades después del deshielo y los trabajos continuaban. Pero los requisitos puestos por el supraestado para convertirse en colono eran bastante restrictivos, aun para el personal contratado para obras de construcción. Era prácticamente imposible que una mujer con dos niños fuera aceptada, pensó Limo. Por un instante evaluó la posibilidad de contactar a la red e intentar el rescate; podría llevarla a una comunidad granjera en Minas Geráis. Pero la red no aceptaría los riesgos…”

 (…)

“Los fármacos no lo hacen todo. El sistema de la colonia funciona para destruir todo rasgo de identidad. Por ejemplo, el número de interno lo necesitás para pedir la comida, la ropa de cama y para cualquier consulta que quieras hacer a los monitores. No falta nada, todas las necesidades básicas están cubiertas, los guardias no te maltratan, simplemente te ignoran.”   

 

Calificación: Muy bueno.
Editorial: Estuario Editora, Montevideo, 2012.
ISBN: 978-9974-699-04-5

Equilibrio, L. S. Garini

Garini
Garini
*****
*****

Este año se conmemoran 110 años del nacimiento (y 30 de la muerte) de uno de los escritores más extraños de la literatura uruguaya. Nos referimos a L. S. Garini (seudónimo de Héctor Urdangarín). Preocupado más por su escritura de sintaxis pulida, rupturista y extravagante que por un perfil de intelectual comprometido o de figura pública, Garini construye una obra que conjuga las manifestaciones vanguardistas y el incipiente existencialismo, ambos probablemente adquiridos de su estadía parisina ocurrida del 1937 al 1938.
Pablo Rocca expone en el prólogo a “Equilibrio” (escrita entre 1950 y 1951) que, siguiendo el mismo destino que, por ejemplo, Felisberto Hernández o Armonía Somers, la crítica literaria coetánea no pudo comprender totalmente la obra de Garini con las herramientas hermenéuticas y valorativas usuales. De ahí que Rama, más adelante, tenga que establecer la denominación de “raros” para todo el que no siguiera una cierta tradición escritural.
Benedetti opinó que el uso abusivo e inusual del etc. o de las comillas terminaba por establecer un distanciamiento con el lector.
De todos modos, la narrativa de Garini, a la luz de la filosofía existencialista o del psicoanálisis, será dotada de una nueva valoración, atendiendo, por ejemplo, a la relación de ciertos elementos estético-discursivos con síntomas del narrador, entendido como sujeto lingüístico; o proponiendo, bajo una óptica sartreana, que las distintas acciones de los personajes giran en torno a la angustia que nace de la imposibilidad de escapar de la libertad; o, de un modo más kafkiano, establecer que el relato es una alegoría de la frialdad y la tristeza del hombre moderno, dado su estado de alienación con respecto a la sensibilidad esencial del alma humana.
En la primera parte del relato, el narrador, anónimo, se siente obligado a marcharse de su casa al constatar, mediante una observación algo trunca, que su esposa lo engaña. La angustia, en realidad, comienza a nacer a partir de la constatación de que nadie, excepto él, es, podríamos decir, un sujeto consciente: del amante solo se conocen sus piernas, velludas y fuertes como las de un animal (en un sueño, el narrador representa al amante como un caballo ciego que lo defeca encima, y en la vigilia, con las ladillas que le contagió); Joaquinita, al salirse de los límites valóricos dentro de los cuales el narrador supone que la conoce, también se convierte en un Otro incomprensible; los individuos con los que se va topando el narrador durante su autoexilio (dedicado a interpretar su situación existencial) son toscos, irreflexivos, carentes, al parecer, de un alma, una conciencia o una subjetividad: el granjero lo agrede gratuitamente, los hombres del bar se burlan de su soledad, las prostitutas que lleva al hotel lo agreden psicológicamente mientras le roban. Y él, receptáculo de todo el mal del mundo, termina por convencerse de que la culpa de dicho mal es suya. Cuando todo parece volver a la normalidad, podemos leer la siguiente reflexión:

Por la mañana era yo otro hombre. Mi cabeza empezó a trabajar con gran actividad. Se sucedieron varios proyectos de reforma en el apartamento. Tendría, además, que hacerle un obsequio valioso a Joaquinita. Reconozco, aun cuando me duela mucho pensarlo, que todo esto ha sido una válvula de escape para ella. Lo necesitaba tal vez. Un hombre como yo, siempre a su lado. Hay una diferencia en nuestras vidas. Lo veo con claridad. Es una diferencia muy grande. Joaquinita llena mi vida por completo. En cambio, yo creo estar muy lejos de satisfacer todas sus aspiraciones. Le quedan muchas horas libres durante el día y piensa mucho. Lo he notado. Debe ser una mujer con mucha imaginación. Hay que llenar esas horas, hay que buscar algo para que se entusiasme, me dije: hay que espantar los malos pensamientos.Y fue entonces que se me ocurrió lo del piano.

De este modo, el piano pasa a representar un intento de escisión del Yo. A la vez que pretende culturizar el instinto de Joaquinita (y cambiar el objeto de sus pulsiones: del amante al piano), sirve como objeto que convierta en presencia los momentos de ausencia del marido. El piano, en su doble presencia (presencia de la Cultura frente a las pulsiones, y presencia simbólica del marido frente a la ausencia real del mismo), opera como un Superyó encargado de moralizar a Joaquinita, como en una estupenda escena de “Un perro andaluz” en la que el individuo no puede acercarse a la mujer de sus deseos debido al peso de un piano, un burro muerto y unos curas que lleva a cuestas, amarrado a estos por una soga.
En la segunda parte del relato, la voz narrativa (y por tanto, la nueva conciencia organizadora) pasa a pertenecer a un presunto vecino del edificio que habría percibido, en el mismo momento que el protagonista-narrador de la primera parte, el engaño de la esposa y todo el éxodo del protagonista, su estadía en el hotel y su regreso al hogar con el piano de obsequio. En esta segunda parte, vemos cómo el personaje que al principio narraba y que, por tanto, tenía conciencia de sí (era, digamos, un sujeto) y que, además, se distinguía de la animalidad-objetivación con que calificaba a los Otros, pasa a integrar la narración de una conciencia externa, la del presunto vecino, que es a la vez una especie de espía-escritor, o posiblemente, representa la tutela de Garini en su propio relato. Una vista panóptica. Entonces el protagonista, depurado de su conciencia y de su voz, también va a formar parte de los Otros incomprensibles, objetivables o animalizables. Pasa a pertenecer a las representaciones de la mirada de un Otro que organiza y califica a los entes que, como él, tan solo participarán, de ahí en más, pasivamente de la historia.
Se puede concluir que ese juego de subjetivación consciente y objetivación impulsiva o irracional al que acude Garini corresponde a la ilustración de un vacío, de una obturación, inherente al conocimiento humano del “Otro”: no se puede conocer totalmente al Otro, y de esa imposibilidad surge la angustia. Entonces, del mismo modo que el narrador primero se pregunta:

¿Cómo ha podido llegar a esto? […] Joaquinita que es tan limpia, ¿cómo admite a ese hombre en su intimidad?, no salgo de mi asombro.

el segundo (¿vecino con respecto al protagonista?, ¿Garini con respecto a los personajes?, ¿Urdangarín con respecto a Garini?) confiesa, analizando al primero:

Me estaba prohibido conocer los límites de su desdicha, y la hondura de su sufrimiento  […] Nada de eso lograría saber, y es lo que más me hubiera interesado.

Calificación: excelente.
Editorial: Banda Oriental, Montevideo, 2013.
ISBN: 978-9974-1-0129-6

Rabia, Sergio Bizzio

Bizzio
Bizzio
*****
*****

Rabia (2004) transcurre en un universo modesto y realista. Acá no hay héroes ni antihéroes. Hay, en principio, una historia de amor entre un obrero de la construcción y una empleada doméstica. Hasta ahí la misma fábula de siempre. La historia de amor es un pretexto, un motivo desde donde partir para crear una novela en la que las acciones están más ligadas a la elaboración de una representación, a una postura; que a un acto genuino desprovisto de camuflaje.

José maría, el obrero de la construcción que se enamora de Rosa, mata al capataz de la obra donde está contratado. Al convertirse en prófugo decide esconderse en la buhardilla de la mansión de recoleta donde trabaja su novia. Desde entonces la fábula relativiza el tópico del amor convencional y deja lugar a la construcción de un simulacro: José María convertido en un hombre-fantasma, un voyeur que agazapado en los recovecos de la mansión, contempla la vida cotidiana de su objeto de deseo, se entera de que Rosa será madre y ve crecer a su hijo como si mirara un programa de televisión. Sin esfinges ni oráculos, Bizzio prepara el decorado en un barrio de Buenos Aires y monta allí la tragedia ontológica de aquel que siendo, no es.

“ Sus prevenciones, combinadas con su agilidad natural lo hacían desplazarse en la oscuridad con la sutileza de un fantasma. (…) en realidad parecía una imagen de cine mudo proyectada hacia afuera de la pantalla”.

En Rabia la poética del espacio maneja un código de encierro y de guarida -tópico recurrente en otros libros del autor: Realidad (2009), El Escritor comido (2010), Borgestein (2012)- , desde donde el protagonista construye su virtualidad. José María está sostenido, contenido y seguro allí entre las paredes que albergan su invención. Así como no hay súperhéroe sin guarida, tampoco parece haber creadores de simulacros sin ellas. En su proceso de camuflaje en la mansión, el protagonista aprende a vivir tratando de eliminar de su nuevo universo todos aquellos signos – desde un olor, hasta una cáscara de banana olvidada en una escalera) que atenten contra su virtual existencia.

“Decir que leía, se masturbaba y hacía gimnasia en su tiempo libre puede sonar disparatado, pero lo que presupone es razonable: realmente tenía mucho trabajo, alimentarse y satisfacer sus necesidades biológicas básicas eran actividades en las que invertía buena parte del día. En la aventura de bajar desde la mansarda hasta la cocina para robar un poco de comida estaba en juego la libertad, su libertad. Y para eso debía dominarse a sí mismo, más que a la casa”.

Rabia elabora un escenario en donde todas las acciones ocurren en un plano de segundo orden, o de mímesis. Bizzio no recurre a estructuras grandilocuentes, ni a claves de ciencia ficción (género en donde los esquemas del simulacro pugnan por hacerse visibles) que acabarían por robarle el verosímil de la historia; sino más bien todo lo contrario: se ocupa de que la idea de simulación impregne la novela de forma solapada (diálogos permanentes acerca de fingir; Rosa y José María disimulando su romance en el barrio; el entrenamiento a escondidas de José María quien se camufla en la casa como un fantasma) para lograr sobre el final, un golpe de efecto sin arbitrariedades argumentales.

“Volvió una hora después. La ventana de su cuarto seguía abierta. El cielo estaba despejado y muy de vez en cuando pasaba un auto, nadie a pie. La luna brillaba como una piedra radiactiva. Se acostó. Estaba a punto de quedarse dormido cuando oyó unos ruiditos en la parte superior del placard. No se movió. No siquiera pareció importarle que la rata no hubiera salido, que siguiera en el cuarto. Ahora sabía dónde estaba el hueso.
-Buenas noches- dijo.
Se oyó y se sorprendió. Hacía mucho tiempo que no escuchaba su propia voz”.

Calificación: Excelente.
Editorial: De bolsillo, Buenos Aires, 2004.
ISBN: 978-987-566-351-0

Rebeldes, soñadores y fugitivos, Osvaldo Soriano

***
***
Soriano
Soriano
Esta es una recopilación de textos sin un género preciso: hay cuentos, hay reportajes que giran en torno a la figura de una personalidad (ya sea política, literaria o deportiva), hay crónicas e investigaciones y hasta semblanzas y apuntes costumbristas. Incluso sostener que en estas páginas coexisten la ficción y la no ficción es un problema, porque los cuentos que ocupan el principio del libro están asimismo teñidos por circunstancias de la experiencia vital de su autor, tal como lo asume el propio Soriano en los prefacios que acompañan a cada texto. Por lo tanto, podría pensarse que aquí el género es Soriano mismo, ya que se aprecia en cada ejemplo una dicción particular o un tono plenamente reconocible, un tono que más que de Soriano es del “Gordo” Soriano, o sea: una capacidad empática como pocos autores generaron por estas latitudes.
Los cuentos (salvo por la intercalación de una crónica periodística: “La leyenda de la rusa María”) son la apertura de este libro, y principalmente aquellos que tienen, al menos en su superficie, al fútbol como tema. Se sabe que en su juventud Osvaldo Soriano fue un centrodelantero, un nueve grande de área, como los que parecería que hoy fueran relegados. Las anécdotas grotescas y de un realismo delirado de las que parten los relatos “El Míster Peregrino Fernández” o “Gallardo Pérez, referí”, son intercambiables por varios de tantos sucesos que el Soriano jugador protagonizó. (Muchos de ellos muestran una época ya romántica de un fútbol salvaje, una era previa al influjo de las multinacionales y las teconologías, de la que todavía podría haber algún resabio hoy día en el interior tanto de Argentina como de Uruguay.) De todos ellos, quizás el más elaborado y hasta entrañable, el que trasciende más una anécdota de juego que ya de por sí es muy buena, es “El penal más largo del mundo”.
Luego vendría, a golpe de vista, la sección de los grandes personajes, semblanzas de artistas cuya influencia es inocultable para el escritor: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Carlos Gardel, Stanley Laurel, Oliver Hardy, Erskine Caldwell… En algunos casos, como en los textos dedicados a Gardel, Cortázar o Borges (así como un poco atrás en uno que se ocupaba de Diego Maradona), Soriano realiza retratos sentidos, pero a la vez poco alejados de un aire condescendiente, que a su vez refracta algún que otro lugar común del ‘ser argentino’. (Antes, sin embargo, está la vertiginosa investigación sobre la historia de la Coca-Cola, un texto tan bueno que hace que uno se quede pensando qué habría hecho con dicha materia un escritor como David Foster Wallace, a la luz de lo que había realizado a partir de McDonald’s en “Hacia el oeste, el avance del imperio continúa”.) El libro levanta sobre el final con la serie de textos vinculados con los procesos revolucionarios y con los dictatoriales en América Latina, como “Nicaragua, la revolución más vigilada del mundo” y, principalmente, de un modo conmovedor y en el que se revela la agudeza visual de Soriano, en las descripciones del Buenos Aires de la dictadura que hay tanto en “Buenos Aires después del largo insomnio” como en “Recuerdos de los años de plomo”.
Al final de “Rebeldes, soñadores y fugitivos”, con las últimas páginas dedicadas a la política y en las que el presidente Alfonsín pasa a ser el centro, comienza a formarse como una cierta nube de desencanto en las reflexiones de Soriano. La reapertura democrática no es suficiente; y aun cuando resta hacer justicia con los crímenes de la dictadura, la Argentina que se ve en el horizonte es menos auspiciosa. Un atisbo de tono profético parece advertir la llegada de un problema de difícil resolución, tanto como la controvertida o fatal estabilidad del gobierno de Menem en la que Soriano vio irse sus últimos días de vida.

Esa misma noche, un Renault 12 toma la avenida Corrientes a contramano: tres muchachos bajan del auto, empujan a cuatro paseantes contra la vitrina de un negocio y enseguida, de casi todos los bares, salen otros hombres armados para participar del operativo. Todo es muy lento: uno de los tipos del Renault cruza la calle, entra en el bar donde estamos nosotros y va hacia el mostrador rascándose la nariz con el caño de la pistola. Pide el teléfono y hace un par de llamadas mientras recorre el salón con una mirada insolente.
En esos pocos minutos se puede escuchar hasta el vuelo de una mosca; los clientes han interrumpido sus conversaciones y desvían las miradas hacia el pocillo del café. Hacía mucho que yo no escuchaba un silencio tan cargado de temor, de rencor. Al fin el hombre sale del bar y vuelve a atravesar la calle. Entonces las conversaciones se reanudan en voz baja, con un tono de impotencia y de culpa. “Llegaste justo”, me dice uno de mis amigos, “hace un año que ya no se veían estas cosas.” Más tarde, en el taxi, comenta en voz baja: “Lo que más miedo me da no es la cana, sino nuestro silencio”.
Dos días más tarde viajo a Mar del Plata. Regreso al amanecer, bajo una llovizna terca. A la altura de Quilmes, en medio de la ruta desierta, hay un Ford Falcon parado, con las luces prendidas. Tres hombres se empapan, ametralladora en mano, vigilantes, mientras el otro trata de cambiar una goma pinchada. El tipo, gordo y pelado, se ha quitado el saco: de su cuello cuelga un chaleco antibalas amarillo con el cinturón desatado.
Ver un grupo de paramilitares sudando en una tarea tan poco heroica es un espectáculo que vale la pena. Nuestro coche aminora la velocidad con prudencia y observamos a los tres hombres que acompañan nuestro paso con los caños de las metralletas. De pronto se los ve como deben ser en los momentos más insignificantes de sus vidas: tienen un aire de impotencia, miedo de estar allí, a la intemperie, fuera del auto que ha sembrado el miedo durante tantos años. No olvidaré nunca esta breve imagen de una Argentina en la que hasta los criminales pueden sufrir un percance.

(de “Buenos Aires después del largo insomnio”)

Calificación: Bueno.
Editorial: Seix Barral, Buenos Aires, 2010.
ISBN: 978-950-731-630-2

Todas las cosas deben suceder, Luis Fernando Iglesias

Iglesias
Iglesias
***/*
***/*

La prosa narrativa de Luis Fernando Iglesias ha ido afianzándose con el correr del tiempo. No está claro si estos relatos representan una fase última de su labor creativa, pero sí que son los mejores que haya publicado hasta el momento.

Tras la lectura de Canciones de otoño, la sensación era de morosidad. Un narrador con cierta práctica en el oficio, que conoce procedimientos y que los practica, anclado a la admiración de autores como Cortázar. Un artífice de relatos cuyas tramas, ideas o procedimientos podrían leerse antes en la obra del argentino o de algún otro. Después de Historias infieles, en cambio, predominaba la sensación de que se había quebrado un tiempo narrativo en la obra de su autor. De corte más realista y con una marcada presencia del tema sexual, es un libro más interesante que el anterior, aunque todavía no llegue a la plenitud.

La distancia que hay entre Todas las cosas deben suceder y los dos libros anteriores es grande. Aquí estamos frente a un narrador sólido, reconocible por la amplitud de tonos y capaz de abordar diversos ejes temáticos y diversos subgéneros. Entre los últimos, destacaré básicamente tres: el relato realista, el relato sobre fútbol (que no deja de pertenecer a la categoría anterior, pero puede catalogarse como autónomo) y el relato fantástico.

Entre los primeros destaca el abordaje a un tipo de relaciones amorosas donde la infidelidad y el vértigo que poco a poco se apaga son el común denominador. Surgen personajes problematizados por una normalidad insulsa que creen que el cambio, el engaño o la pasión todavía pueden salvarles de una vida predecible y estúpida. “Mañana con sol” es el relato que representa mejor esta categoría.

Entre los segundos, destaco “Jasito” y “El hincha por la ventana”. La pasión nacionalófila del autor no le impide, en el segundo de los relatos mencionados, crear un narrador que es hincha de Peñarol y cuenta la historia de su mejor amigo, un hincha de Nacional que a su vez es jugador profesional de fútbol y que, irónicamente, solo llegará a la cúspide de su carrera en las tiendas rivales. En “Jasito”, otra vez un narrador en primera persona, testigo de los hechos, se explaya sobre la carrera futbolística del Mono, quien desde un principio es mostrado como un negado del deporte que sucumbe ante la habilidad de otros mejor dotados. Pero el azar hace de las suyas. Y a veces el azar se acompaña con una pasión tan fuerte que derriba obstáculos. No se puede evitar pensar en aquello de “los crá que no llegaron”.

Entre los terceros destaco sobre todo al cuento “Trenes”, uno de los más extensos e intensos del libro. El mérito de este relato es la pericia en la creación de una atmósfera enrarecida donde las palabras de los personajes permanentemente remiten a otro nivel de la realidad. El balneario de la Paloma, particularmente su estación, se presta de forma notable para un cierre extraño y perfecto, que se ha venido trabajando desde la primera palabra.

Otros temas podrían ensanchar las categorizaciones propuestas. Hay relatos que abordan lo estrictamente literario (como “Hotel Cervantes”, una clara referencia) o la música (en el relato que da título a todo el volumen, por ejemplo, aunque este bien podría ser un eje transversal a toda la obra). Esta variedad de posibilidades, junto a un manejo mucho más afinado de cuestiones de estilo (aunque subsista algún elemento que podría, como en casi toda obra, ser mejorable), hacen que este libro pueda ser tomado como posible punto de inflexión en la obra de un autor que últimamente ha sido reconocido con varios premios literarios de importancia (1er Premio MEC de narrativa inédita en 2008 y 2012, finalista del premio de cuentos juan Rulfo en 2011).

La pieza donde dormía Silvia daba a la calle. La larga ventana que llegaba al piso protegía la intimidad del cuarto con dos viejos postigones. Tras ellos hacíamos el amor a la hora de la siesta. Es indiscutible que esta es la mejor hora para hacerlo. El día ya ha acomodado sus ritmos cuando uno recibe esas inesperadas vacaciones del cuerpo como un regalo inmerecido. Ese placer era aun mayor cuando lo hacíamos con los postigones entreabiertos, de forma que se podía ver lo que pasaba afuera. (…) Gozaba como solo se puede gozar a esa edad, sabiendo que la gente seguía con sus urgencias inútiles, mientras yo amaba de contrabando (…). El desprecio que me despertaban esas otras vidas que nos ignoraban tras los postigones era tan grande como los nervios que me causaba la posible entrada de la celadora.
Ya con la nerviosa felicidad concluida, y para aparentar ante los no tan lejanos oídos de la vieja mujer, sacaba la guitarra y me ponía a desentonar alguna canción sentado en la cama, la que podía ser perfectamente “My Sweet Lord”, como cree recordar Silvia. Con esa música mitigaba la desazón y el deseo de escapar que usualmente le nacen al hombre después de hacer el amor.

Calificación: Bueno a Muy bueno.
Editorial: Estuario Editora (HUM), Montevideo. 2012.
ISBN: 978 9974 699 01 4

La humillación, Philip Roth

**
**
Roth
Roth

Simon Axler pierde la capacidad de subir al escenario. Actor sexagenario, de profusa carrera teatral y exitosas incursiones en el cine, a sus sesenta y pico, Axler está acabado. La idea de enfrentarse al público lo horroriza; es incapaz de entrar en el trance de la fantasía, está demasiado despierto, demasiado consciente de su falsedad. Separado definitivamente de su esposa (nuestro divo no ha sido precisamente un modelo de fidelidad), luego de un par de sonados fracasos de crítica que parecen destinados a empañar su espléndida carrera justo sobre el final, Axler juguetea cada vez más en serio con la idea de un mutis digno: el suicidio. Cuando se da cuenta de que ya no es sólo una idea, decide internarse en una clínica psiquiátrica. Asistimos a los veintiséis días de Axler en la clínica. Para este entonces ya hemos notado el ánimo de Roth, el ánimo lúgubre y un poco mordaz de alguien que escribe una historia “de taquito”, sin verdadera entrega a su novela, o como si admitiese desde el comienzo ambiciones mucho más modestas que las de sus obras más importantes. Esto no convierte a “La humillación” en una novela mala, pues es improbable que a esta altura Roth sea capaz de escribir una novela que pueda ser calificada así (el oficio, que le dicen), pero sí se trata de una historia, digamos, revisitada, esa novela crepuscular que guarda, en medio del panorama general de desaliento, el espacio para un último destello, una vindicación o, tal vez, la última probada de una fruta jugosa. Ahora destripo los recovecos de la trama. Axler participa de terapia de grupo junto a personas que han intentado suicidarse. Abandona la clínica. Se va a vivir al campo. Un día va a visitarlo la hija de una pareja de antiguos amigos, Pegeen (40 años, lesbiana). La relación amorosa con Pegeen (la tuvo en brazos cuando ella era apenas una bebé), avanza a todo vapor. El viagra hace maravillas. También hace maravillas el despecho que Pegeen siente por su anterior pareja, Priscilla, quien la abandonó para hacerse una operación de cambio de sexo. No se pierdan, esto sigue. Más tarde, Pegeen entabló una relación con su nueva jefa, Louise, que se obsesionó con ella a tal punto que no acepta su decisión de poner fin al affaire. Louise alterna rachas de súplicas y amenazas. Mientras, Pegeen comienza a asentarse en la casa de campo de Axler, que le compra ropa femenina, le paga la peluquería y la convierte en la mujercita que ella nunca fue y nunca quiso ser. Pero la novedad la seduce. Y así sigue todo durante un tiempo breve e idílico. Axler incluso llega a tomarse en serio la (loca, loquísima e impulsiva) idea de Pegeen de tener un hijo con él. Pero la intervención de los padres de Pegeen, comienza a resquebrajar la precaria y tardía primavera erótica de Axler, aunque el que acaba de arruinarla es él mismo, cuando una noche, en un restorán, decide seducir a Tracy, una chica bastante borracha, para que se una a Pegeen y a él en una velada íntima. No hace falta ser un lector muy perspicaz para intuir cuál lado del triángulo Pegeen-Axler-Tracy será expulsado cuando llegue el momento. Y eso es todo. Un esquema sencillo. Sencillo y de lectura ágil (la novela es brevísima), pero que nunca supera el horizonte de su anécdota desencantada: la última oportunidad de un hombre de acercarse a la fuerza de la vida (el sexo, el amor, el arte), su fracaso, su fin.

“No hay nada que tenga una buena razón para ocurrir –le dijo al doctor aquel mismo día-. Pierdes, ganas… todo es caprichoso. La omnipotencia del capricho. La probabilidad del cambio total. Sí, el impredecible cambio total y el poder que tiene”.

Calificación: regular.
Título original: The humbling (2009).
Traducción: Jordi Filba.
Random House Mondadori, Barcelona, 2010.
ISBN: 978-987-658-041-0

Esperando a los bárbaros, J.M.Coetzee

Nos sentamos en la mejor habitación de la posada con una botella y un cuenco de nueces entre nosotros. No abordamos la razón de su presencia en este lugar. Se encuentra aquí a causa del estado de emergencia y con eso basta.

***
***
Coetzee
Coetzee

A muchos días de camino de la capital del imperio, un pueblo de la llanura en los límites de la civilización, lleva adelante su existencia sin sobresaltos. La ley es ejecutada por un magistrado que tiene a sus órdenes un reducido destacamento de guardias y vigías encargados, básicamente, de estar atentos al desierto, ante un eventual avance de los bárbaros, amenaza fantasmal que se cierne sobre el imperio. El magistrado (narrador de la novela) vive una vida apacible. Cumple sus funciones sin problemas, tiene ciertas distracciones (las prostitutas de la posada del pueblo, las excavaciones en el desierto, la lectura de los clásicos), etc. Podemos decir que es un hombre satisfecho; un hombre afortunado, también. Cierto día, llega al pueblo desde la capital el Coronel Joll, un hombre de pocas palabras, con perpetuas gafas oscuras cubriéndole los ojos. Joll ha sido encargado de llevar adelante incursiones en la frontera contra las tribus bárbaras que –siempre supuestamente- han comenzado a aliarse para ejecutar un ataque conjunto. Las diferencias entre el magistrado y Joll comienzan siendo apenas las diferencias entre el hombre de poder del pueblo pequeño que debe ponerse al servicio del forastero para ayudarlo a cumplir con su tarea. Sin embargo, la brecha comienza a ensancharse hasta partir el mundo del magistrado en dos cuando queda claro que los métodos de Joll son marciales e incluyen la captura arbitraria de sospechosos y la obtención de confesiones a través de la tortura. Y así comienza a articularse la novela, alrededor de una cuestión que bien podría resumirse con este fragmento:

Los imperios han creado el tiempo de la historia. Los imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular, recurrente y uniforme de las estaciones, sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe. Los imperios se condenan a vivir en la historia y a conspirar contra la historia. La inteligencia oculta de los imperios sólo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir, cómo prolongar su era. De día persiguen a sus enemigos. Son taimados e implacables, envían a sus sabuesos por doquier. De noche se alimentan de imágenes de desastre: saqueo de ciudades, aniquilamiento de poblaciones, pirámides de huesos, hectáreas de desolación.

Joll es un sabueso, y el magistrado aprende rápidamente en qué consiste el trabajo del sabueso. Enfrentado a los resultados de la tortura, el magistrado intenta subsanar de alguna forma, mediante un ritual, con la finalidad de purgar su culpa por no haber hecho nada para detener a Joll y sus hombres (aunque eso escapase a sus posibilidades, no es este el asunto, pero allí radica el punto trágico del magistrado): el ritual comienza cuando el magistrado lleva a su casa a una mujer bárbara que ha sobrevivido a la tortura (aunque ciega y con los tobillos rotos), la alimenta, le da un techo, un trabajo, y por las noches la lleva a su cama para lavarle los pies, ungírselos en aceite, frotarla, masajearla, y dormirse junto a ella, castamente. Una forma de pedir perdón, una forma que él mismo reconocerá más tarde como inútil, vergonzosa, pues el placer que obtiene de ella no está tan lejano –descubre- al placer que pudieron sentir los torturadores de la mujer. La caída en desgracia del magistrado ocurrirá como resultado de su primera acción real y significativa: la restitución de la mujer bárbara con los de su tribu.

Kafka y Beckett, cuando menos, están poderosamente presentes en esta novela, que no intenta eludir su condición de parábola, de historia cuyos elementos simbólicos pueden ser sustituidos uno a uno hasta configurar una mirada crítica del racismo, la explotación y la dominación de los grandes imperios coloniales europeos sobre los vastos territorios de África y Asia durante los siglos XIX y XX. De hecho, el escenario de la novela podría ser Sudáfrica, la India, China, o cualquier región con llanuras, grandes lagos, montañas nevadas. Pero más allá de esta crítica, que hoy podría ser vista apenas como una voz que se pliega al discurso políticamente correcto acerca de la perversidad del imperio y la victimización del aborigen, lo más interesante de la obra es el narrador, la forma en la que él queda ubicado en un punto de tensión y la forma en que sufre ese tironeo ético, el de pertenecer –quiéralo o no- a esa civilización que defiende con crueldad lo que entiende como su derecho a persistir, y es esa pertenencia la que no le permite ir más allá de una postura bienpensante, de una pose indignada. No, al menos, hasta su ya citada caída en desgracia. Sólo cuando el magistrado es apresado a su vez y tratado como a un bárbaro, cuando pasa hambre y frío, cuando sufre la tortura y el escarnio, cuando aprende, como él mismo lo dice “a ser un cuerpo”. Porque esa es la lección que le enseña el dolor, la de su última realidad física que pone a la mente y el espíritu en subordinación. Pues bien, así es como la cuestión es colocada en su justa perspectiva: ¿de cuánto vale la solidaridad intelectual con los oprimidos? ¿De cuánto vale, sobre todo, cuando razonar con el opresor está más allá de toda posibilidad? Entonces, ¿cuál es el límite de la teoría, de la idea? ¿Cuál es la utilidad de la idea de la justicia si no es convertida en acto? El acto político no de compadecerme y sufrir moralmente por el otro, sino de dar un paso y ser el otro. Y ese es el acto de fe civil que el magistrado ejecuta en este libro laico.

Pues yo no era, como me gustaba creer, el indulgente amante del placer opuesto al frío y severo coronel. Yo era la mentira que un Imperio se cuenta a sí mismo en los buenos tiempos; él, la verdad que un Imperio cuenta cuando corren malos vientos. Dos caras de la dominación imperial, ni más ni menos. Pero yo contemporizaba, me recreaba en esta apartada frontera, este pequeño remanso con sus polvorientos veranos y sus carreteras de albaricoques y largas siestas y su indolente guarnición y las aves acuáticas que descienden hasta la superficie deslumbrante e inmóvil del lago para desde ella reemprender el vuelo año tras año, y me decía a mí mismo, “ten paciencia, uno de estos días se irá, uno de estos días volverá la tranquilidad” (…) Así me convencía a mí mismo, tomando una de las muchas desviaciones equivocadas que he seguido en un camino aparentemente acertado pero que me ha conducido al corazón de un laberinto.

Calificación: buena.Título original: Waiting for the Barbarians (1980)
Traducción: Concha Manella y Luis Martínez Victorio.
Debolsillo, 2010.
ISBN: 9788497593359