Esperando a los bárbaros, J.M.Coetzee

Nos sentamos en la mejor habitación de la posada con una botella y un cuenco de nueces entre nosotros. No abordamos la razón de su presencia en este lugar. Se encuentra aquí a causa del estado de emergencia y con eso basta.

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Coetzee
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A muchos días de camino de la capital del imperio, un pueblo de la llanura en los límites de la civilización, lleva adelante su existencia sin sobresaltos. La ley es ejecutada por un magistrado que tiene a sus órdenes un reducido destacamento de guardias y vigías encargados, básicamente, de estar atentos al desierto, ante un eventual avance de los bárbaros, amenaza fantasmal que se cierne sobre el imperio. El magistrado (narrador de la novela) vive una vida apacible. Cumple sus funciones sin problemas, tiene ciertas distracciones (las prostitutas de la posada del pueblo, las excavaciones en el desierto, la lectura de los clásicos), etc. Podemos decir que es un hombre satisfecho; un hombre afortunado, también. Cierto día, llega al pueblo desde la capital el Coronel Joll, un hombre de pocas palabras, con perpetuas gafas oscuras cubriéndole los ojos. Joll ha sido encargado de llevar adelante incursiones en la frontera contra las tribus bárbaras que –siempre supuestamente- han comenzado a aliarse para ejecutar un ataque conjunto. Las diferencias entre el magistrado y Joll comienzan siendo apenas las diferencias entre el hombre de poder del pueblo pequeño que debe ponerse al servicio del forastero para ayudarlo a cumplir con su tarea. Sin embargo, la brecha comienza a ensancharse hasta partir el mundo del magistrado en dos cuando queda claro que los métodos de Joll son marciales e incluyen la captura arbitraria de sospechosos y la obtención de confesiones a través de la tortura. Y así comienza a articularse la novela, alrededor de una cuestión que bien podría resumirse con este fragmento:

Los imperios han creado el tiempo de la historia. Los imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular, recurrente y uniforme de las estaciones, sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe. Los imperios se condenan a vivir en la historia y a conspirar contra la historia. La inteligencia oculta de los imperios sólo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir, cómo prolongar su era. De día persiguen a sus enemigos. Son taimados e implacables, envían a sus sabuesos por doquier. De noche se alimentan de imágenes de desastre: saqueo de ciudades, aniquilamiento de poblaciones, pirámides de huesos, hectáreas de desolación.

Joll es un sabueso, y el magistrado aprende rápidamente en qué consiste el trabajo del sabueso. Enfrentado a los resultados de la tortura, el magistrado intenta subsanar de alguna forma, mediante un ritual, con la finalidad de purgar su culpa por no haber hecho nada para detener a Joll y sus hombres (aunque eso escapase a sus posibilidades, no es este el asunto, pero allí radica el punto trágico del magistrado): el ritual comienza cuando el magistrado lleva a su casa a una mujer bárbara que ha sobrevivido a la tortura (aunque ciega y con los tobillos rotos), la alimenta, le da un techo, un trabajo, y por las noches la lleva a su cama para lavarle los pies, ungírselos en aceite, frotarla, masajearla, y dormirse junto a ella, castamente. Una forma de pedir perdón, una forma que él mismo reconocerá más tarde como inútil, vergonzosa, pues el placer que obtiene de ella no está tan lejano –descubre- al placer que pudieron sentir los torturadores de la mujer. La caída en desgracia del magistrado ocurrirá como resultado de su primera acción real y significativa: la restitución de la mujer bárbara con los de su tribu.

Kafka y Beckett, cuando menos, están poderosamente presentes en esta novela, que no intenta eludir su condición de parábola, de historia cuyos elementos simbólicos pueden ser sustituidos uno a uno hasta configurar una mirada crítica del racismo, la explotación y la dominación de los grandes imperios coloniales europeos sobre los vastos territorios de África y Asia durante los siglos XIX y XX. De hecho, el escenario de la novela podría ser Sudáfrica, la India, China, o cualquier región con llanuras, grandes lagos, montañas nevadas. Pero más allá de esta crítica, que hoy podría ser vista apenas como una voz que se pliega al discurso políticamente correcto acerca de la perversidad del imperio y la victimización del aborigen, lo más interesante de la obra es el narrador, la forma en la que él queda ubicado en un punto de tensión y la forma en que sufre ese tironeo ético, el de pertenecer –quiéralo o no- a esa civilización que defiende con crueldad lo que entiende como su derecho a persistir, y es esa pertenencia la que no le permite ir más allá de una postura bienpensante, de una pose indignada. No, al menos, hasta su ya citada caída en desgracia. Sólo cuando el magistrado es apresado a su vez y tratado como a un bárbaro, cuando pasa hambre y frío, cuando sufre la tortura y el escarnio, cuando aprende, como él mismo lo dice “a ser un cuerpo”. Porque esa es la lección que le enseña el dolor, la de su última realidad física que pone a la mente y el espíritu en subordinación. Pues bien, así es como la cuestión es colocada en su justa perspectiva: ¿de cuánto vale la solidaridad intelectual con los oprimidos? ¿De cuánto vale, sobre todo, cuando razonar con el opresor está más allá de toda posibilidad? Entonces, ¿cuál es el límite de la teoría, de la idea? ¿Cuál es la utilidad de la idea de la justicia si no es convertida en acto? El acto político no de compadecerme y sufrir moralmente por el otro, sino de dar un paso y ser el otro. Y ese es el acto de fe civil que el magistrado ejecuta en este libro laico.

Pues yo no era, como me gustaba creer, el indulgente amante del placer opuesto al frío y severo coronel. Yo era la mentira que un Imperio se cuenta a sí mismo en los buenos tiempos; él, la verdad que un Imperio cuenta cuando corren malos vientos. Dos caras de la dominación imperial, ni más ni menos. Pero yo contemporizaba, me recreaba en esta apartada frontera, este pequeño remanso con sus polvorientos veranos y sus carreteras de albaricoques y largas siestas y su indolente guarnición y las aves acuáticas que descienden hasta la superficie deslumbrante e inmóvil del lago para desde ella reemprender el vuelo año tras año, y me decía a mí mismo, “ten paciencia, uno de estos días se irá, uno de estos días volverá la tranquilidad” (…) Así me convencía a mí mismo, tomando una de las muchas desviaciones equivocadas que he seguido en un camino aparentemente acertado pero que me ha conducido al corazón de un laberinto.

Calificación: buena.Título original: Waiting for the Barbarians (1980)
Traducción: Concha Manella y Luis Martínez Victorio.
Debolsillo, 2010.
ISBN: 9788497593359

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3 comentarios en “Esperando a los bárbaros, J.M.Coetzee

  1. buena reseña. Maravillosa síntesis. Esto demuestra que leer es un placer y que los reseñadores, al contrario del arte de los ilustradores islámicos deben firmar las reseñas. Gracias mil por tenerme en cuenta.

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