La humillación, Philip Roth

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Simon Axler pierde la capacidad de subir al escenario. Actor sexagenario, de profusa carrera teatral y exitosas incursiones en el cine, a sus sesenta y pico, Axler está acabado. La idea de enfrentarse al público lo horroriza; es incapaz de entrar en el trance de la fantasía, está demasiado despierto, demasiado consciente de su falsedad. Separado definitivamente de su esposa (nuestro divo no ha sido precisamente un modelo de fidelidad), luego de un par de sonados fracasos de crítica que parecen destinados a empañar su espléndida carrera justo sobre el final, Axler juguetea cada vez más en serio con la idea de un mutis digno: el suicidio. Cuando se da cuenta de que ya no es sólo una idea, decide internarse en una clínica psiquiátrica. Asistimos a los veintiséis días de Axler en la clínica. Para este entonces ya hemos notado el ánimo de Roth, el ánimo lúgubre y un poco mordaz de alguien que escribe una historia “de taquito”, sin verdadera entrega a su novela, o como si admitiese desde el comienzo ambiciones mucho más modestas que las de sus obras más importantes. Esto no convierte a “La humillación” en una novela mala, pues es improbable que a esta altura Roth sea capaz de escribir una novela que pueda ser calificada así (el oficio, que le dicen), pero sí se trata de una historia, digamos, revisitada, esa novela crepuscular que guarda, en medio del panorama general de desaliento, el espacio para un último destello, una vindicación o, tal vez, la última probada de una fruta jugosa. Ahora destripo los recovecos de la trama. Axler participa de terapia de grupo junto a personas que han intentado suicidarse. Abandona la clínica. Se va a vivir al campo. Un día va a visitarlo la hija de una pareja de antiguos amigos, Pegeen (40 años, lesbiana). La relación amorosa con Pegeen (la tuvo en brazos cuando ella era apenas una bebé), avanza a todo vapor. El viagra hace maravillas. También hace maravillas el despecho que Pegeen siente por su anterior pareja, Priscilla, quien la abandonó para hacerse una operación de cambio de sexo. No se pierdan, esto sigue. Más tarde, Pegeen entabló una relación con su nueva jefa, Louise, que se obsesionó con ella a tal punto que no acepta su decisión de poner fin al affaire. Louise alterna rachas de súplicas y amenazas. Mientras, Pegeen comienza a asentarse en la casa de campo de Axler, que le compra ropa femenina, le paga la peluquería y la convierte en la mujercita que ella nunca fue y nunca quiso ser. Pero la novedad la seduce. Y así sigue todo durante un tiempo breve e idílico. Axler incluso llega a tomarse en serio la (loca, loquísima e impulsiva) idea de Pegeen de tener un hijo con él. Pero la intervención de los padres de Pegeen, comienza a resquebrajar la precaria y tardía primavera erótica de Axler, aunque el que acaba de arruinarla es él mismo, cuando una noche, en un restorán, decide seducir a Tracy, una chica bastante borracha, para que se una a Pegeen y a él en una velada íntima. No hace falta ser un lector muy perspicaz para intuir cuál lado del triángulo Pegeen-Axler-Tracy será expulsado cuando llegue el momento. Y eso es todo. Un esquema sencillo. Sencillo y de lectura ágil (la novela es brevísima), pero que nunca supera el horizonte de su anécdota desencantada: la última oportunidad de un hombre de acercarse a la fuerza de la vida (el sexo, el amor, el arte), su fracaso, su fin.

“No hay nada que tenga una buena razón para ocurrir –le dijo al doctor aquel mismo día-. Pierdes, ganas… todo es caprichoso. La omnipotencia del capricho. La probabilidad del cambio total. Sí, el impredecible cambio total y el poder que tiene”.

Calificación: regular.
Título original: The humbling (2009).
Traducción: Jordi Filba.
Random House Mondadori, Barcelona, 2010.
ISBN: 978-987-658-041-0

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