Todas las cosas deben suceder, Luis Fernando Iglesias

Iglesias
Iglesias
***/*
***/*

La prosa narrativa de Luis Fernando Iglesias ha ido afianzándose con el correr del tiempo. No está claro si estos relatos representan una fase última de su labor creativa, pero sí que son los mejores que haya publicado hasta el momento.

Tras la lectura de Canciones de otoño, la sensación era de morosidad. Un narrador con cierta práctica en el oficio, que conoce procedimientos y que los practica, anclado a la admiración de autores como Cortázar. Un artífice de relatos cuyas tramas, ideas o procedimientos podrían leerse antes en la obra del argentino o de algún otro. Después de Historias infieles, en cambio, predominaba la sensación de que se había quebrado un tiempo narrativo en la obra de su autor. De corte más realista y con una marcada presencia del tema sexual, es un libro más interesante que el anterior, aunque todavía no llegue a la plenitud.

La distancia que hay entre Todas las cosas deben suceder y los dos libros anteriores es grande. Aquí estamos frente a un narrador sólido, reconocible por la amplitud de tonos y capaz de abordar diversos ejes temáticos y diversos subgéneros. Entre los últimos, destacaré básicamente tres: el relato realista, el relato sobre fútbol (que no deja de pertenecer a la categoría anterior, pero puede catalogarse como autónomo) y el relato fantástico.

Entre los primeros destaca el abordaje a un tipo de relaciones amorosas donde la infidelidad y el vértigo que poco a poco se apaga son el común denominador. Surgen personajes problematizados por una normalidad insulsa que creen que el cambio, el engaño o la pasión todavía pueden salvarles de una vida predecible y estúpida. “Mañana con sol” es el relato que representa mejor esta categoría.

Entre los segundos, destaco “Jasito” y “El hincha por la ventana”. La pasión nacionalófila del autor no le impide, en el segundo de los relatos mencionados, crear un narrador que es hincha de Peñarol y cuenta la historia de su mejor amigo, un hincha de Nacional que a su vez es jugador profesional de fútbol y que, irónicamente, solo llegará a la cúspide de su carrera en las tiendas rivales. En “Jasito”, otra vez un narrador en primera persona, testigo de los hechos, se explaya sobre la carrera futbolística del Mono, quien desde un principio es mostrado como un negado del deporte que sucumbe ante la habilidad de otros mejor dotados. Pero el azar hace de las suyas. Y a veces el azar se acompaña con una pasión tan fuerte que derriba obstáculos. No se puede evitar pensar en aquello de “los crá que no llegaron”.

Entre los terceros destaco sobre todo al cuento “Trenes”, uno de los más extensos e intensos del libro. El mérito de este relato es la pericia en la creación de una atmósfera enrarecida donde las palabras de los personajes permanentemente remiten a otro nivel de la realidad. El balneario de la Paloma, particularmente su estación, se presta de forma notable para un cierre extraño y perfecto, que se ha venido trabajando desde la primera palabra.

Otros temas podrían ensanchar las categorizaciones propuestas. Hay relatos que abordan lo estrictamente literario (como “Hotel Cervantes”, una clara referencia) o la música (en el relato que da título a todo el volumen, por ejemplo, aunque este bien podría ser un eje transversal a toda la obra). Esta variedad de posibilidades, junto a un manejo mucho más afinado de cuestiones de estilo (aunque subsista algún elemento que podría, como en casi toda obra, ser mejorable), hacen que este libro pueda ser tomado como posible punto de inflexión en la obra de un autor que últimamente ha sido reconocido con varios premios literarios de importancia (1er Premio MEC de narrativa inédita en 2008 y 2012, finalista del premio de cuentos juan Rulfo en 2011).

La pieza donde dormía Silvia daba a la calle. La larga ventana que llegaba al piso protegía la intimidad del cuarto con dos viejos postigones. Tras ellos hacíamos el amor a la hora de la siesta. Es indiscutible que esta es la mejor hora para hacerlo. El día ya ha acomodado sus ritmos cuando uno recibe esas inesperadas vacaciones del cuerpo como un regalo inmerecido. Ese placer era aun mayor cuando lo hacíamos con los postigones entreabiertos, de forma que se podía ver lo que pasaba afuera. (…) Gozaba como solo se puede gozar a esa edad, sabiendo que la gente seguía con sus urgencias inútiles, mientras yo amaba de contrabando (…). El desprecio que me despertaban esas otras vidas que nos ignoraban tras los postigones era tan grande como los nervios que me causaba la posible entrada de la celadora.
Ya con la nerviosa felicidad concluida, y para aparentar ante los no tan lejanos oídos de la vieja mujer, sacaba la guitarra y me ponía a desentonar alguna canción sentado en la cama, la que podía ser perfectamente “My Sweet Lord”, como cree recordar Silvia. Con esa música mitigaba la desazón y el deseo de escapar que usualmente le nacen al hombre después de hacer el amor.

Calificación: Bueno a Muy bueno.
Editorial: Estuario Editora (HUM), Montevideo. 2012.
ISBN: 978 9974 699 01 4

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s