Equilibrio, L. S. Garini

Garini
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Este año se conmemoran 110 años del nacimiento (y 30 de la muerte) de uno de los escritores más extraños de la literatura uruguaya. Nos referimos a L. S. Garini (seudónimo de Héctor Urdangarín). Preocupado más por su escritura de sintaxis pulida, rupturista y extravagante que por un perfil de intelectual comprometido o de figura pública, Garini construye una obra que conjuga las manifestaciones vanguardistas y el incipiente existencialismo, ambos probablemente adquiridos de su estadía parisina ocurrida del 1937 al 1938.
Pablo Rocca expone en el prólogo a “Equilibrio” (escrita entre 1950 y 1951) que, siguiendo el mismo destino que, por ejemplo, Felisberto Hernández o Armonía Somers, la crítica literaria coetánea no pudo comprender totalmente la obra de Garini con las herramientas hermenéuticas y valorativas usuales. De ahí que Rama, más adelante, tenga que establecer la denominación de “raros” para todo el que no siguiera una cierta tradición escritural.
Benedetti opinó que el uso abusivo e inusual del etc. o de las comillas terminaba por establecer un distanciamiento con el lector.
De todos modos, la narrativa de Garini, a la luz de la filosofía existencialista o del psicoanálisis, será dotada de una nueva valoración, atendiendo, por ejemplo, a la relación de ciertos elementos estético-discursivos con síntomas del narrador, entendido como sujeto lingüístico; o proponiendo, bajo una óptica sartreana, que las distintas acciones de los personajes giran en torno a la angustia que nace de la imposibilidad de escapar de la libertad; o, de un modo más kafkiano, establecer que el relato es una alegoría de la frialdad y la tristeza del hombre moderno, dado su estado de alienación con respecto a la sensibilidad esencial del alma humana.
En la primera parte del relato, el narrador, anónimo, se siente obligado a marcharse de su casa al constatar, mediante una observación algo trunca, que su esposa lo engaña. La angustia, en realidad, comienza a nacer a partir de la constatación de que nadie, excepto él, es, podríamos decir, un sujeto consciente: del amante solo se conocen sus piernas, velludas y fuertes como las de un animal (en un sueño, el narrador representa al amante como un caballo ciego que lo defeca encima, y en la vigilia, con las ladillas que le contagió); Joaquinita, al salirse de los límites valóricos dentro de los cuales el narrador supone que la conoce, también se convierte en un Otro incomprensible; los individuos con los que se va topando el narrador durante su autoexilio (dedicado a interpretar su situación existencial) son toscos, irreflexivos, carentes, al parecer, de un alma, una conciencia o una subjetividad: el granjero lo agrede gratuitamente, los hombres del bar se burlan de su soledad, las prostitutas que lleva al hotel lo agreden psicológicamente mientras le roban. Y él, receptáculo de todo el mal del mundo, termina por convencerse de que la culpa de dicho mal es suya. Cuando todo parece volver a la normalidad, podemos leer la siguiente reflexión:

Por la mañana era yo otro hombre. Mi cabeza empezó a trabajar con gran actividad. Se sucedieron varios proyectos de reforma en el apartamento. Tendría, además, que hacerle un obsequio valioso a Joaquinita. Reconozco, aun cuando me duela mucho pensarlo, que todo esto ha sido una válvula de escape para ella. Lo necesitaba tal vez. Un hombre como yo, siempre a su lado. Hay una diferencia en nuestras vidas. Lo veo con claridad. Es una diferencia muy grande. Joaquinita llena mi vida por completo. En cambio, yo creo estar muy lejos de satisfacer todas sus aspiraciones. Le quedan muchas horas libres durante el día y piensa mucho. Lo he notado. Debe ser una mujer con mucha imaginación. Hay que llenar esas horas, hay que buscar algo para que se entusiasme, me dije: hay que espantar los malos pensamientos.Y fue entonces que se me ocurrió lo del piano.

De este modo, el piano pasa a representar un intento de escisión del Yo. A la vez que pretende culturizar el instinto de Joaquinita (y cambiar el objeto de sus pulsiones: del amante al piano), sirve como objeto que convierta en presencia los momentos de ausencia del marido. El piano, en su doble presencia (presencia de la Cultura frente a las pulsiones, y presencia simbólica del marido frente a la ausencia real del mismo), opera como un Superyó encargado de moralizar a Joaquinita, como en una estupenda escena de “Un perro andaluz” en la que el individuo no puede acercarse a la mujer de sus deseos debido al peso de un piano, un burro muerto y unos curas que lleva a cuestas, amarrado a estos por una soga.
En la segunda parte del relato, la voz narrativa (y por tanto, la nueva conciencia organizadora) pasa a pertenecer a un presunto vecino del edificio que habría percibido, en el mismo momento que el protagonista-narrador de la primera parte, el engaño de la esposa y todo el éxodo del protagonista, su estadía en el hotel y su regreso al hogar con el piano de obsequio. En esta segunda parte, vemos cómo el personaje que al principio narraba y que, por tanto, tenía conciencia de sí (era, digamos, un sujeto) y que, además, se distinguía de la animalidad-objetivación con que calificaba a los Otros, pasa a integrar la narración de una conciencia externa, la del presunto vecino, que es a la vez una especie de espía-escritor, o posiblemente, representa la tutela de Garini en su propio relato. Una vista panóptica. Entonces el protagonista, depurado de su conciencia y de su voz, también va a formar parte de los Otros incomprensibles, objetivables o animalizables. Pasa a pertenecer a las representaciones de la mirada de un Otro que organiza y califica a los entes que, como él, tan solo participarán, de ahí en más, pasivamente de la historia.
Se puede concluir que ese juego de subjetivación consciente y objetivación impulsiva o irracional al que acude Garini corresponde a la ilustración de un vacío, de una obturación, inherente al conocimiento humano del “Otro”: no se puede conocer totalmente al Otro, y de esa imposibilidad surge la angustia. Entonces, del mismo modo que el narrador primero se pregunta:

¿Cómo ha podido llegar a esto? […] Joaquinita que es tan limpia, ¿cómo admite a ese hombre en su intimidad?, no salgo de mi asombro.

el segundo (¿vecino con respecto al protagonista?, ¿Garini con respecto a los personajes?, ¿Urdangarín con respecto a Garini?) confiesa, analizando al primero:

Me estaba prohibido conocer los límites de su desdicha, y la hondura de su sufrimiento  […] Nada de eso lograría saber, y es lo que más me hubiera interesado.

Calificación: excelente.
Editorial: Banda Oriental, Montevideo, 2013.
ISBN: 978-9974-1-0129-6

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8 comentarios en “Equilibrio, L. S. Garini

  1. mmm… Es un buen texto, sin duda. Lo leí hace más diez años y lo disfruté, incluso me divirtió bastante el momento en que descubre la mancha en la ropa de su amante. Pero en esa época me acuerdo que me deslumbraba mucho “lo raro”, lo “fantástico”, y ahora la verdad es que no, hasta me aburre, salvo notables excepciones.

    PD: Encará con las fotos de tapa porque el patrón se va a calentar en serio.

    Sinceramente suyo…

    1. Ups, yo pensé que había quedado bastante prolija la tapa. Me llevó laburo, porque no se conseguía en Internet 😦

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