El existencialismo y la sabiduría popular, Simone de Beauvoir

de Beauvoir
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Es un hecho tan plausible como infrecuente que no podamos encontrar, en un libro de ensayos filosóficos, dos de las mayores virtudes que puede haber en este tipo de libros: 1) claridad en las ideas expuestas, sin por eso perder su profundidad; 2) estilo y belleza en la escritura, mediante ejemplificaciones y un manejo casi artístico de la sintaxis, el léxico y las expresiones.

En el caso de la francesa Simone de Beauvoir (1908-1986) este encuentro de virtudes es moneda corriente. Al igual que Jean Paul Sartre, su compañero de ruta, Simone de Beauvoir se preocupó sobremanera por comunicar de forma óptima las ideas de la filosofía existencialista, dado que siempre habían tenido problemas con la recepción un tanto desfigurada que los lectores se iban haciendo de dicha escuela de pensamiento.

Esta es la intención y el tono principal del primer ensayo del libro, que da título al conjunto (recopilación de textos publicados originalmente en la revista Les Temps Moderns, durante 1945 y 1946): romper con las falsas ideas preconcebidas en torno a la filosofía existencialista.

El primer punto, entonces, al que responde agudamente la filósofa francesa, es al que pretende corresponder al existencialismo con una filosofía pesimista que solo se ocupara de resaltar las miserias humanas. De Beauvoir dice que no hay nada más optimista que afirmar que el hombre es libre, que no está atado a ningún tipo de determinismo. Lo que le causa repulsión a la gente, en realidad, son las consecuencias de ser libre: son muy pocos los que podrían encarar toda una vida siendo permanentemente responsables de sus actos. Además deberán enriquecer de un sentido subjetivo y arbitrario una vida que no posee ningún valor o sentido en sí misma, a priori de nuestra existencia. Estas dos preocupaciones, la responsabilidad ante la libertad y el sentido subjetivo de la vida, despojan a los hombres de la comodidad en la que están sumidos en tanto conciben ciertas reglas de juego como límites ya dispuestos, infranqueables, inmodificables.

Si el hombre no puede modificar su esencia, si no puede asir su destino, no le queda sino aceptarlos con indulgencia ahorrándose las fatigas de la lucha. El existencialismo, poniendo su suerte en sus propias manos, viene a turbar ese reposo.

En el segundo ensayo, “Idealismo moral y realismo político”, la autora se ocupa de enfrentar dos posiciones con respecto a la filosofía práctica: el idealismo moral y el realismo político. Ejemplifica ambas posturas con los personajes trágicos de Antígona y Creón. En Antígona, vemos al idealismo que necesita que haya principios trascendentes que ordenen lo que ocurre acá abajo, así como tranquilicen la conciencia del que actúa. En Creón, por el contrario, se encarna la figura del realista, que, preocupado por los intereses de la ciudad, no vacilará en recurrir a cualquier medio para cubrirlos.

De Beauvoir no escatima al enjuiciar los vicios de las dos formas de pensar la ética: “En el primer caso, eligen obedecer a una necesidad interior, se encierran en la pura subjetividad; en el segundo caso, deciden someterse a la necesidad de las cosas: se pierden en la objetividad.”

Pero lamentablemente para quienes, de una forma u otra, se ubican en una de estas categorías para ahorrarse el trabajo de pensar por ellos mismos la moral, la filósofa propone que:

…la política no puede dejar de decidir, de elegir. No encuentra en las cosas, ni en el plano del ser, ni en el de los valores, ninguna respuesta definitiva. En cada nueva situación es necesario que nuevamente se interrogue sobre sus fines, que los elija y los justifique sin ayuda. Pero precisamente es en ese libre compromiso que reside la moral.

En el tercer ensayo, llamado “Literatura y metafísica”, la autora de “El segundo sexo” nos cuenta su experiencia como lectora y los conflictos que la lectura generaba en ella. Este conflicto partía de reconocerle valor tanto a la literatura como a la filosofía, puesto que ambas son formas divergentes y necesarias para llegar a la verdad. Realiza una dura crítica contra las llamadas “novelas filosóficas” en tanto estas subsumen el hecho literario a la mera transmisión de contenido conceptual.

En el valor particular de cada una de las dos formas de escritura es que el existencialismo ha completado su sistema: considérese que desde Kierkegaard, los filósofos de la existencia han sentido la necesidad de escribir tanto ficción como tratados y ensayos complejos.

No es por azar que el pensamiento existencialista intenta ahora expresarse tanto por tratados teóricos como por ficciones: es que se trata de un esfuerzo por conciliar lo objetivo y lo subjetivo, lo absoluto y lo relativo, lo intemporal y lo histórico; pretende captar la esencia en el corazón de la existencia; y si la descripción de la esencia revela la filosofía propiamente dicha, sólo la novela permite evocar en su verdad completa, singular, temporal, el surgimiento original de la existencia. No se trata aquí para el escritor, de explotar en un plano literario verdades previamente establecidas en un plano filosófico, sino de manifestar un aspecto de la experiencia metafísica que no puede manifestarse de otro modo.

En el último ensayo, “Ojo por ojo”, de Beauvoir analiza minuciosamente la imposibilidad de lograr la justicia mediante el odio y la venganza que se desatan de un acto criminal. Tanto el impulso de la justicia por mano propia (que, para la autora, no es expresión reflejante de una subjetividad racional ni libre, además de que es una amenaza constante que implicaría el surgimiento de la tiranía) como la frialdad distante del mundo que conforma la burocracia judicial y sus “sanciones”, están limitados en su búsqueda eterna por lograr la plenitud justiciera. Sin embargo, no se debe renunciar a hacer justicia debido a esa imposibilidad, pues en el gesto mismo de la justicia está desarrollándose la libertad.

…todo castigo comporta una parte de fracaso. Pero tanto como el odio y la venganza, el amor, la acción, implican siempre un fracaso, y eso no debe impedirnos actuar, amar; pues no tenemos solamente que comprobar nuestra condición sino, en el seno mismo de su ambigüedad, elegirla. Sabemos suficientemente, al presente, que es preciso renunciar a mirar la venganza como la conquista serena de un orden razonable y justo. Y, no obstante, debemos aún querer el castigo de los auténticos criminales. Pues castigar es reconocer al hombre como libre, en el mal como en el bien; es distinguir el mal del bien en el uso que el hombre hace de su libertad; es querer el bien.

Calificación: Bueno.
Título original: “L`existencialisme et la sagesse des nations” (1948).
Traducción: Juan José Sebreli.
Editorial: Siglo Veinte, Buenos Aires, 1969.
ISBN: –

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