Canción de Navidad, Charles Dickens

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Dickens
Dickens
Quizás pudiera afirmarse que “Canción de Navidad” (el primero de una serie de relatos navideños del autor) es, dentro del vasto panorama de la obra de Dickens, una especie de hermana menor de sus novelas más ejemplares. Es una posibilidad. La extensión de sus novelas más notorias le daba al autor la ventaja de explorar de un modo mayor, a conciencia, las determinaciones de los personajes, sus consecuencias y los giros del argumento que tanto acicateaban a los lectores con cada entrega. Sin embargo, ese universo aparece debidamente miniaturizado en “Canción de Navidad”, con la usual dosis de edulcorante y moral que la festividad evocada obliga a ofrecer. No faltan los huérfanos, ni la redención de los pobres, ni la mofa y las descripciones grotescas para quienes representen a la autoridad, ni, menos que menos, un final feliz.
Para algunos anglosajones (caso de Peter Ackroyd), Dickens viene a ser el novelista inglés que pudo ponerle el moño a la narrativa romántica. Baste ese detalle para decir que, animada por los resabios de la imaginería gótica que el Romanticismo reencauzó, “Canción de Navidad” es también una clásica historia de fantasmas.
La historia comienza en una helada tarde de víspera de Navidad, en el despacho del señor Ebenezer Scrooge, un especulador del que, por esa entrañable indiscreción propia de los narradores intrusivos de esta época, pronto sabemos que es un viejo avaro y solitario sin remedio, levemente misántropo. De hecho, hay en el retrato un eco lejano de la figura del judío errante… Al regresar a su casa esa noche, y tras haber desestimado las súplicas de su sobrino para pasar la Navidad en familia, Scrooge recibe la visita del espíritu de su socio, Jacob Marley, fallecido exactamente siete años atrás. Un ciclo se cierra. Marley le advierte que ha vivido en el pecado por demasiado tiempo. La hora de Scrooge ha llegado, y su socio lo exhorta a atender la llegada de tres fantasmas distintos cuyo cometido será enmendar sus faltas. De esta manera, y a lo largo de los capítulos centrales del libro, Scrooge entra en contacto, por separado, con los fantasmas de las Navidades del pasado, del presente y del futuro. Cada uno de estos personajes llevará al protagonista a revisar los momentos cruciales de su existencia y a exponerlo frente al dolor de lo que fue y al de lo que pudo haber sido. Si hay una habilidad dickensiana que abunda en esas páginas, esa es la de ofrecer emociones chocantes o contrastes marcados entre estados de ánimos alegres y tétricos, con el camino allanado para Scrooge hacia una reconciliación con la vida en la que subyace el obvio propósito cristiano (“Ebenezer” significa “piedra de ayuda”, en hebreo).
Pero el hecho de que, como se mencionaba más arriba, “Canción de Navidad” no esté a la altura de otras obras de referencia de Dickens no significa que la grandeza de su autor no haya tocado a estas líneas. Todo lo contrario. Hay detalles magníficos, sutiles y hasta casi dejados por allí como por un aparente descuido. Acá van tres cualesquiera… a) La descripción de la firma de Scrooge en el primer párrafo antes de cualquier descripción acerca de la personalidad o el físico de dicho personaje. Puesto que uno de los conflictos del argumento está en cómo el protagonista observa la diferencia que existe entre la visión que tiene de sí mismo y la que su entorno posee de él, este detalle pasa a revelar la precisión con la que el autor maneja los propósitos más profundos de aquello que escribe. b) Esa campanita que cuelga de la veleta del internado adonde asistió el Scrooge niño y al cual regresa el propio Scrooge en compañía del fantasma de la Navidad del pasado. Se trata de un objeto mencionado al pasar una vez sola, pero que de pronto aumenta en importancia cuando se describe el interior del internado y la vida entre esas paredes con estudiantado y sin estudiantado. La campanita no nombrada (ya “en ausencia”) debería dejarse sentir por el lector que se acerque más a la escena en que el niño Scrooge lee mientras los demás pasan las Navidades con sus familias. c) La escena en que el fantasma de la Navidad del presente deja salir por debajo de su manto a los dos niños que simbolizan la Ignorancia y la Necesidad. Aparte de la primera instancia de sentido alegórico, Dickens demuestra allí una profundidad cultural en lo simbólico que se toca con la referencia del célebre “My heart leaps up” (1804), de William Wordsworth, y su verso “El Niño es el Padre del Hombre”.
Por otra parte, habría que dejar unas palabras acerca de si importa tanto el “sentimiento navideño” en esta obra, o por lo menos qué tanto de religiosa tiene, ya que en sí el tema de la religiosidad de Dickens llevaría otro tiempo… En 1906, G.K. Chesterton publica un ensayo sobre la vida y la obra de Charles Dickens. Se trataba de una de las debilidades del autor de “El hombre que fue Jueves”. En un capítulo titulado justamente “Dickens y la Navidad”, Chesterton comienza con un apunte sobre algo bastante diferente: el viaje de Dickens a Italia en el verano de 1844. La conclusión, por momentos muy graciosa, es que si se revisan las páginas del libro resultante, “Pictures from Italy”, pareciera que Dickens nunca hubiera salido de Inglaterra. Nada de la cuna de la civilización europea o de la magnificencia de los romanos pareció tocar a Dickens. Todo lo miraba a través de su perspectiva isleña, o, al decir de Chesterton, dickensiana. ¿Qué era, pues, la Navidad para Dickens? Esta es su conclusión: “Luchando por la Navidad, él luchaba por una vieja festividad europea, pagana y cristiana; por una trinidad del comer, el beber y el suplicar en un modo irreverente; por el santo día (‘holy day’) que es en realidad una vacación (‘holiday’)”.
En el fondo, “Canción de Navidad” es, siguiendo la idea de Chesterton, más una historia inglesa que una historia navideña; es más una historia que le termina hablando a una particular situación social (la de la desigualdad de la era victoriana producto de la Revolución Industrial) que una historia que corrobora un plan religioso.

Al abrir la puerta al sobrino de Scrooge, aquel lunático franqueó la entrada a dos personas, dos caballeros de aspecto serio y agradable que, en esos momentos, permanecían de pie, con la cabeza descubierta, en el despacho de Scrooge, con papeles y libros en las manos en actitud de reverencia.
-Tengo entendido que esta es la firma Scrooge y Marley –dijo uno de ellos, tras consultar una lista-. ¿Con quién tengo el gusto de hablar, con el señor Scrooge o con el señor Marley?
-El señor Marley murió hace siete años –respondió Scrooge -. Esta noche precisamente se cumplen siete años de su fallecimiento.
-Estamos seguros de que su generosidad en nada se verá mermada gracias al socio que lo ha sobrevivido –comentó el caballero al tiempo que le entregaba una tarjeta.
Por supuesto: no en vano ambos habían sido como dos almas gemelas. Al escuchar el ominoso término de “generosidad”, Scrooge frunció el ceño, meneó la cabeza y le devolvió la tarjeta.
-En esta época del año en que celebramos la Navidad, señor Scrooge –continuó el caballero, levantando una pluma -, resulta más que deseable que prestemos alguna ayuda a los pobres y a los indigentes, que tan mal lo pasan en estas fechas. Muchos miles carecen de lo más necesario y cientos de millares no tienen con qué celebrarlo.
-¿Acaso no hay ya cárceles? –preguntó Scrooge.
-Muchísimas –contestó el caballero, bajando la pluma.
-¿Y los asilos de pobres? –insistió Scrooge -. ¿Funcionan todavía?
-Por supuesto –respondió el caballero -, pero ojalá pudiera decir que ya no es así.
-De modo que, ¿la asistencia a los indigentes y la ley de asistencia pública continúan siendo vigentes?
-Y se aplican a discreción, señor.
-Por lo que usted comentaba al principio, temí que hubiese sucedido algo que impidiese su útil aplicación –repuso Scrooge -. Celebro mucho oír eso.

Calificación: Bueno.
Título original: A Christmas carol (1843).
Traducción: Gregorio Cantera.
Editorial: Edhasa, Buenos Aires, 2009.
ISBN: 978-987-628-075-4

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