Cuentos, Cesare Pavese

Pavese
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Con los versos que citaré a continuación, Pavese ilustra poéticamente el espíritu y la mirada del mundo que, yo estimo, también logró construir en su narrativa: “Lo spiraglio dell’alba / respira con la tua bocca / in fondo alle vie vuote.”
El aura matinal, su respiración por las calles vacías, son estados del alma (amén de escenarios típicos) en los cuentos que se convocan en esta reseña.
El campo italiano, la campiña, los pequeños pueblos, sirven como punto de partida y, a la vez, de llegada. Los personajes se buscan a sí mismos en esos lugares: buscan su esencia, su huella, algún rastro que, inútilmente, hubieran dejado desperdigado por las calles o los caminos que transitaron en su infancia, y que, en el momento del relato de los cuentos (como adultos que hacen memoria, pero que sienten aún como niños pequeños), trataran de que, como las migas de Hansel y Gretel, los volvieran a conducir a casa, o al menos, a algún lugar familiar, de referencia. Pero no… en el triste mundo de los cuentos de Pavese, las referencias se desdibujan en el trayecto de la vida de los personajes, y cuando están listos y maduros para vivir, o al menos eso parece, “vendrá la muerte y tendrá sus ojos”.
En esa visión desencantada de la vida, en ese eterno canto cuyo estribillo parece comulgar con el refrán “Dios le da pan al que no tiene dientes”; allí, decía, los personajes viven y se desviven por relacionarse y lograr la felicidad.
Si bien casi todos los cuentos funcionan, hay dos que merecen un tratamiento especial en esta reseña: “El nombre” y el mejor del volumen, llamado “El ermitaño”.
En “El nombre” la búsqueda de ese pasado glorioso, el intento por recuperar el paraíso perdido, se da con el recuerdo del narrador ante la reconstrucción de su infancia junto a su amigo Pale. Mientras este último huía de su casa, y su madre lo llamaba a gritos desesperados todas las tardes, ambos ansiaban el momento de encontrar a la víbora, de cuya existencia dudan, pero aún así la respeta y le temen, como sucede con todo mito infantil.
En “El ermitaño”, Nino, un pequeño niño, establece una relación de padre a hijo con un veterano ermitaño que la sociedad mira de soslayo y con desprecio. El niño aprenderá mucho de este señor, y el padre del párvulo, y a la vez todo el pueblo, tendrán que aceptar que no se trata de un loco vagabundo, sino de alguien a quien temen, como suele suceder con todo excluido, a causa del desconocimiento que recae sobre su modo de vida y sus valores.

Era mediodía y volvía a casa fatigado bajo el agua, cuando desembocó sobre la plaza un gigante hirsuto y rubio, envuelto en una desteñida capa militar. Cuando estuvo en el umbral, abrió la capa y allí estaba Nino, cabeza y piernas colgando como un cabrito, que se puso de pie avergonzado.–Este muchacho está embarrado –dijo con una voz alegre y ronca. Le corrían gotitas por la barba rubia y la capa exhalaba el olor de las cañas mojadas. Niño lo miraba encantado, aunque se le veían bajo las gotas rastros de lágrimas recientes.–Si con el buen tiempo quieren venir a respirar un poco de aire –dijo el gigante muy serio– no digo que no, pero cada cual tiene su casa, hasta los animales.Me saludó con una inclinación de la cabeza, y se fue con los pies enormes de barro.

Calificación: bueno.
Título original: –
Traducción: Rodolfo Alonso.
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971.
ISBN: –

El rey pálido, David Foster Wallace

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Wallace
Wallace

David Foster Wallace se suicidó el 12 de setiembre de 2008. Tenía 46 años. Entre sus proyectos inconclusos había uno que le había llevado especial trabajo y atención. Estaba dedicado a él al menos desde 2006. Se trataba de una novela que se ambientaría en un Centro Regional de Examen de la Agencia Tributaria de los Estados Unidos. Tras su deceso, a Michael Pietsch, amigo y editor de Wallace (trabajaron juntos en la edición de La broma infinita), le fue encargada la tarea de convertir “cientos de páginas de su novela en progreso, designada con el título El rey pálido; discos duros, carpetas de archivador, carpeta de anillas, cuadernos de espiral y disquetes que contenían capítulos impresos, fajos de páginas manuscritas, notas y más” en algo publicable. El resultado es este libro, cuyo carácter fragmentario, incongruente y errático es propio de una obra monumental que ha sido detenida en seco en un momento bastante temprano de su composición, y ni siquiera de su composición lineal, lo que nos habría dejado con una obra simplemente trunca. No es posible imaginar la novela en la que este embrión habría podido convertirse, pues más allá de la planificación de Wallace (se incluyen, al final, notas que permiten ver de forma bastante desnuda cuáles eran las direcciones que las historias podían tomar, pero ninguna posee el aire de lo definitivo) lo que es evidente es que la inmensidad y complejidad del mundo creado por Wallace estaba en constante crecimiento y bifurcación. Lograr contener esa fuerza y otorgarle una coherencia y consistencia capaz de soportar sobre sí el cuerpo central de la novela (un cuerpo para siempre ausente), parece ser el siguiente paso en el esquema de Wallace, un paso que el lector sólo podrá conjeturar. Así que hablemos de lo que existe.

Esta es una obra sobre el aburrimiento, la atención y la conciencia del yo. Para empezar asistimos a una serie de magistrales relatos que constituyen los antecedentes de un grupo de personajes (Claude Sylvanshane, David Cusk, Chris Fogle, Shane Drinion, Lane Dean Jr., Leonard Stecyck, Toni Ware, el propio David Wallace –que se presenta a sí mismo como “el autor”-, etc.). que confluirán en el Centro Regional de Examen (CRE) de Peoria, Illinois, de la Agencia. Muchos de ellos se convertirán en Examinadores (también llamados “pasapáginas”). La tarea de los pasapáginas es revisar una por una miles de declaraciones de impuestos para encontrar errores y decidir cuáles han de ser archivadas y cuáles se procesarán para un análisis más detenido o para una posible auditoría. A medida que Wallace introduce a sus personajes en la complicada maquinaria del CRE, no escatima páginas y páginas llenas con términos hiper-específicos relativos a la burocracia contable y tributaria sobre asuntos tan áridos que leerlos puede tener un efecto narcoléptico casi inmediato. De hecho, durante las dos semanas que me llevó la lectura, muchas veces no podía leer más de cinco o seis páginas por sesión sin quedarme dormido. Estas partes, que bien podrían ser consideradas innecesarias o excesivas, están conectadas con el espíritu mismo del libro, y cumplen una función muy precisa: hacernos partícipes del tedio de los personajes, su rutina mecánica y repetitiva. Suena a paparruchadas o a justificación, pero no lo es. Entre otras cosas, por eso este es un libro exigente para con su lector. No sólo exige el esfuerzo de mantener un alto nivel de concentración a lo largo de muchas páginas difíciles de digerir, sino que exige que mantengamos ese nivel de concentración como muestra de una especie de confianza (casi mística) en la intención que subyace a las palabras. Si el lector consigue quitarse de la cabeza la idea de que necesita recompensas constantes, si se olvida de su necesidad de ser espoleado para avanzar, y simplemente avanza con convicción, ya no gracias a estímulos externos, sino empujado por su propia fuerza, algo en su forma de leer también cambiará. En este sentido, El rey pálido es (o habría sido) una obra a contrapelo, una obra que tomaba sobre sí muchos riesgos, por ejemplo, ensalzar el aburrimiento como algo deseable. En una cultura dedicada ferozmente al entretenimiento, el tedio es un valor contracultural, y siempre hay una salida disponible para huir de él, un desvío, una diversión. Entonces, la pregunta es ¿qué pasaría si no tomáramos todos los desvíos que nos ofrecen? ¿Qué pasaría en nuestra mente si decidiéramos afrontar la quietud y el silencio? Si decidiéramos conscientemente en qué objeto, persona o idea, fijar nuestra atención. Por eso uno de los grandes temas de la novela es la concentración como forma de la libertad de una voluntad para decidir en qué parte del mundo enfocarse. Y es que en cierta forma, el aburrimiento te da la oportunidad de elegir, mientras que la diversión siempre te lleva a otra parte. De hecho, actualmente, la diversión es más un imperativo que una opción. Las infinitas posibilidades de huir del aburrimiento se han convertido en una obligación. Y si la diversión funciona como un anestésico, atravesar el tedio puede ser algo así como abrir los ojos a las cosas que están más allá de ese “ab horrore”. Para hablar de esto, Wallace utiliza la palabra éxtasis, una experiencia trascendente:

Resulta que el éxtasis –un placer sentido segundo a segundo y acompañado de gratitud por el don de estar vivo y ser consciente- se encuentra al otro lado del aburrimiento absolutamente letal. Presta atención a la cosa más tediosa que puedas encontrar (las declaraciones de la renta, el golf retransmitido por televisión) y un aburrimiento como no hayas visto nunca se te echará encima en oleadas y a punto estará de matarte. Si consigues capear esas olas, será como si pasaras del blanco y negro al color. Como encontrar agua después de pasar varios días en el desierto. Un éxtasis constante en todos y cada uno de tus átomos.

En la etapa embrionaria de la novela que ha llegado a nosotros, la línea fundamental de la trama está apenas dibujada: el enfrentamiento entre Merril Lehrl y DeWitt Glendenning (quien es ni más ni menos que “El rey pálido”), en el seno de la Agencia. Esquemáticamente podemos decir que Lehrl representa la búsqueda de la rentabilidad, mientras Glendenning cree que la Agencia como una institución que no puede ser separada de su finalidad moral. Este enfrentamiento es el que aglutina a los personajes mencionados más arriba en el CRE de Peoria. Todos ellos poseen una capacidad especial (muchas veces se trata de aptitudes que han obtenido como consecuencia de alguna patología; otras, directamente parecen ser dones sobrenaturales), para mantener un nivel de concentración sobrehumano por periodos muy largos de tiempo, lo que los vuelve especialmente capaces como pasapáginas. Así es que conocemos a Shane Drinion un sujeto con las habilidades sociales de un androide programado por un alienígena (probablemente padezca Asperger, me refiero a Drinion, no al alienígena, aunque quién sabe), prácticamente asexuado, capaz de levitar cuando su atención se focaliza en exceso. Por otro lado tenemos a David Cusk, un hombre que sufre espantosos episodios de sudoración, episodios torrenciales. Lo cruel del caso es que la atención de Cusk hacia la posibilidad de sufrir un ataque es lo que suele desencadenar el ataque, por lo que toda su vida se ha convertido en el ejercicio de mantener su atención fuera de sí mismo. En tanto Claude Sylvanshine es un médium de datos. Esto significa que su cerebro recibe información todo el tiempo, información irrelevante en el 99,9% de los casos. Por ejemplo: “El porcentaje de deidades que tienen caras de animales en vez de caras humanas. La longitud y el diámetro del intestino delgado del secretario de Defensa Caspar Weinberger. La altura exacta (no la estimada) del monte Erebus, aunque no lo que es el monte Erebus ni dónde está”. Para bloquear el aluvión casi constante de información impertinente, Sylvanshine debe hacer un esfuerzo permanente de filtrado y focalización.

La galería de personajes siempre al borde del absurdo es mucho más nutrida, claro, el racconto anterior intenta dejar claro que si bien El rey pálido es en gran parte una novela sobre el aburrimiento, no se trata de una novela aburrida si uno está dispuesto a jugar su juego. Las irrupciones de lo extraño, ya sea en forma de espectros surgidos del tedio, fantasmas propiamente dichos o alucinaciones provocadas por algún tipo de intoxicación son una buena muestra de lo que la imaginación de Wallace era capaz de elaborar, páginas tan fantásticas que sería una pena perdérselas sólo por tener que leer, entre tanto, cómo está diagramado un formulario de declaración 1040 previo a 1977. Y ahí hay una concepción del mundo, una concepción que se escurre por los bordes de los mecanismos casi perfectamente ensamblados de un sistema que puede llegar a parecer un organismo, pero que no lo es, porque no está vivo, y cuya única preocupación es perpetuarse, y hacia ese fin dirige toda su energía, que es la energía de todos los hombres que lo mantienen en movimiento.

Lo aprendí con solamente veintiún o veintidós años, en el Centro Regional de Examen de la Agencia Tributaria de Peoria, donde me pasé dos veranos trabajando como chico del carrito. Y aquello, de acuerdo con los tipos que me consideraron apto para hacer carrera en la Agencia, me puso por encima de la media, del hecho de entender aquella verdad a una edad en que la mayoría de la gente solamente está empezando a sospechar los principios básicos de la vida adulta: el hecho de que la vida no te debe nada; de que el sufrimiento adopta muchas formas; de que nadie te cuidará jamás como lo hacía tu madre; de que el corazón humano está chiflado.
Aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy en día es una burocracia. Se trata de una verdad obvia, por supuesto, aunque también es una verdad que causa enorme sufrimiento a quienes no la conocen.
Pero lo que es más importante, descubrí –de la única manera en que un hombre aprende realmente las cosas importantes- el verdadero talento que se requiere para triunfar en la burocracia. Me refiero a triunfar de verdad: a que te vaya bien, a marcar la diferencia, a servir. Descubrí la clave. La clave no es la eficiencia, ni la probidad, ni la reflexión, ni la sabiduría. No es la astucia política, el don de gentes, el cociente intelectual puro y duro, la lealtad, la amplitud de miras ni ninguna de esas cualidades que el mundo burocrático llama virtudes y que busca con sus test. La clave es cierta capacidad que subyace a todas esas cualidades, más o menos igual que la capacidad de respirar y bombear la sangre subyace a todos los pensamientos y acciones.
La clave burocrática subyacente es la capacidad de soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire.
La clave es la capacidad, ya sea innata o condicionada, para encontrar el otro lado del trabajo de a pie, de lo nimio, de lo que no tiene sentido, de lo repetitivo y de lo absurdamente complejo. Para ser, en pocas palabras, inmune al aburrimiento. Y en los años 1984 y 1985 conocí a dos hombres que lo eran.
Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir.

Calificación: muy bueno.
Título original: The Pale King (2011).
Traducción: Javier Calvo.
Random House Mondadori, Buenos Aires, 2012.
ISBN: 978-987-658-113-4

Sin destino, Imre Kertész

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Kertész
Kertész
En esta novela, la primera publicación de Imre Kertész, su autor afronta el problema de escribir sobre la Shoah y supera las exigencias principalmente en base a un precepto implícito en el libro: no limitarse a la enumeración y la descripción de las peripecias del protagonista y, por lo tanto, pasar por ellas para delinear al final un lenguaje, una estructura que le dé valor a la experiencia toda.
La historia comienza aproximadamente un año y medio antes de la derrota de los nazis. El protagonista, un adolescente húngaro y judío de unos catorce años, se dispone a despedirse de su padre, quien es obligado a prestar servicio en un campo de trabajo. Son instantes de duda, de desconocimiento de la información que se maneja en el mundo de los adultos, y el muchacho no logra entrar o hacerse eco de las preocupaciones del resto de su familia. Es en este punto que comienza a percibirse uno de los rasgos característicos de esta narración: el hecho de que el personaje principal sabe menos que su entorno adulto. Sin embargo, es posible que en la obra haya indicios de que el propósito de la misma exceda al de la novela de iniciación en su alcance, porque aquí el detalle de la inocencia está demarcado por el horror del exterminio y parecería entrar en otra lógica… Con el tiempo, el protagonista logra trabajar en una fábrica. Una mañana, el ómnibus en el que va hacia su trabajo es detenido y todos sus ocupantes, la mayoría muchachos como él, son obligados a descender y a recorrer un largo trecho hasta ser encerrados en un galpón. De allí, sin concesiones, a Auschwitz en tren. Más tarde, de Auschwitz a Buchenwald y de allí a otros sitios hasta recalar de nuevo en Buchenwald. Las peripecias, los detalles y las reacciones de los personajes no son novedosos ni ajenos a quienes están familiarizados con este aspecto de la Historia. La cuestión es que aquí empieza a tallar el lenguaje, porque todo el recorrido del protagonista es narrado de forma despojada, casi sin sobresaltos, como un pasaje hacia otro punto en el que cabría detenerse más adelante. Sobre todo porque el recorrido por los campos de concentración y sus sufrimientos perfilan la idea de que no hay una motivación o un entramado aparente o que este se halla difuminado. Y acá se hace presente, en esa indolencia del personaje de dejarse llevar, la consumación de la clarividencia kafkiana de “El proceso”, o “América”, y su horror incognoscible.
Pero Kertész no es Kafka, en el sentido de que si bien Kafka le tomó el pulso a un estado de la cultura europea de pre-guerra con una figuración particular, Kertész (también él un sobreviviente de campos de exterminio) está en condiciones de pasar a una explicación. “Sin destino” no es, por lo tanto, una obra que le sea indiferente al planteo de que “no hay explicación” para lo que fue la Shoah. Todo lo contrario. Y es en las últimas páginas, cuando el personaje regresa a su pueblo natal, en que se revela una tentativa de explicación, sobrecogedora y luminosa a la vez, pero también impactante, porque es un lenguaje que permite la entrada de la felicidad.

De aquella manera sólo podíamos haber estado viendo el paso del tiempo. Sin embargo, un solo beso podía tener la misma importancia que un día inmóvil en el edificio de la aduana o las cámaras de gas. Así es: si mirábamos hacia atrás nos equivocábamos; y también nos equivocábamos si mirábamos hacia delante, las dos cosas estaban equivocadas. Al fin y al cabo, veinte minutos son bastante tiempo, de manera relativa y también de hecho. Cada uno de aquellos minutos empezó, transcurrió y acabó; y después empezó el siguiente. Ahora, seguí explicándome, cada uno de aquellos momentos en realidad habría podido traer algo nuevo. No trajeron nada, claro que no, pero habrían podido hacerlo. Había que reconocer que cada instante hubiera podido traer algo nuevo, algo diferente de lo que trajo, en Auschwitz y también en casa, por ejemplo en la noche que habíamos despedido a mi padre.
Entonces el viejo Steiner se removió en su asiento y observó. “Pero, ¿qué es lo que habríamos podido hacer?”, pronunciando la frase con una expresión de enfado y de queja a la vez. Le dije que nada, por supuesto, o algo, cualquier cosa, lo que hubiera sido una locura, otra locura, como la locura de no hacer nada, claro, la locura de no hacer nada. “En realidad –traté de explicarles- tampoco es eso.” “Entonces ¿qué es?”, me preguntaron, casi perdiendo la paciencia, y yo seguí hablando más enfadado que ellos. Son los pasos. Todos habíamos estados dando pasos, yo también, y no sólo en la fila de Auschwitz sino antes, en casa. (…) Yo había vivido un destino determinado; no era ése mi destino pero lo había vivido. No comprendía cómo no les entraba en la cabeza que ahora tendría que vivir con ese destino, tendría que relacionarlo con algo, al fin y al cabo ya no podía bastar con decir que había sido un error, una equivocación, un caso fortuito o que simplemente no había ocurrido.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Sorstalanság (1975).
Traducción: Judith Xantus.
Editorial: El Acantilado, Barcelona, 2001.
ISBN: 978-84-95359-53-7

Una minúscula rueda dentada, Eduardo Aguirre

Aguirre
Aguirre
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En “Una minúscula rueda dentada” aparecen todos los elementos narrativos que consagran a un buen aprendiz de Mario Levrero: el gusto por el policial, el minimalismo fragmentario de las “Irrupciones”, el tono absurdo y delirante de la literatura fantástica o, por lo menos, extraña.
Eduardo (protagonista homónimo al autor), un escritor frustrado y reciente ex esposo, encuentra a su gato muerto en la heladera, con un tenedor en la cabeza, y se dispone, junto a su amigo Gutiérrez, a resolver el caso. Luego de repensar todas las hipótesis, y matar al mayordomo (primer sospechoso) y luego a Gutiérrez, su único amigo, Eduardo se queda solo.
Esa soledad lo hace darse cuenta de su patética condición como individuo. Por lo tanto, se decide a combatir la insoportable languidez: desentierra al cadáver de Gutiérrez para sentarlo frente a él y hablarle. Obviamente, el resultado de este intento, mejor dicho, de este manotazo de ahogado, es mucho más deprimente. Ser testigo de la descomposición del cadáver lo hunde aún más en la depresión e inacción. En este punto, el personaje se destruye lenta pero irrevocablemente: recuerda a cada uno de los integrantes de la trágica familia de “El séptimo continente” de Michael Haneke; o también, por supuesto, nos recuerda a los neuróticos personajes de Levrero y Polleri (indiscutida línea hereditaria de Aguirre), con tintes de cine gore y de terror clase B.
Al fin, la aparición del personaje de Adela es lo que hace emerger al relato de la profundidad pasiva en la que se había hundido. Desde la intromisión de esta mujer gorda y paranoide el cuento expone, sin dudas, su mejor color.
Con su segundo libro publicado, Eduardo Aguirre se posiciona en terreno firme y aporta su vuelta de tuerca a la maquinaria de la literatura fantástica uruguaya.

Cuando finalmente nos deshicimos de Gutiérrez, llevándolo a la cocina, y después de que ella buscara en los estantes unos cuchillos muy afilados, me fue explicando los sectores donde debía cortar y triturar cada articulación de mi amigo para achicar su figura. Parecía una profesional. Mis manos se llenaban de sustancias viscosas al igual que el delantal celeste que ella llevaba puesto. Cada tanto llevaba la mano hacia la frente, se secaba el sudor y se manchaba la cara con esas sustancias. No era sangre. Ya hacía tiempo que ni una gota le quedaba a mi amigo. Se trataba de otro tipo de sustancia viscosa muy parecida a la baba.
La parte que más dio trabajo fue la cabeza, y de esa parte se encargó ella. Cuando terminamos el trabajo y pusimos los pedazos de mi amigo en una bolsa de residuos, ella me miró a los ojos y me dijo, “Mi nombre es Adela, y ya le aviso que los fines de semana no trabajo”.

Calificación: Bueno.
Trópico Sur Editor, Maldonado, 2013.
ISBN: 978-9974-8386-2-8

Cartas de un joven escritor, Juan Carlos Onetti

Onetti
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Tengo una relación muy ambigua con los libros de esta clase. Por un lado, me generan la misma curiosidad que a la mayoría de los lectores, un impulso malsano de voyeur. Por otro, reconozco que en la mayoría de los casos se trata de libros surgidos directamente de una pura necesidad económica y que no hay que esperar grandes cosas de ellos. También pienso que si los autores saqueados se enterasen de las habas que se cuecen a sus espaldas muertas, encontrarían, fuera como fuera, el camino de regreso al mundo de los vivos y los avivados, para hacernos pagar en nombre de la Diosa de la Discreción, el Decoro, el Piadoso Silencio y el Justo Olvido. Por otro lado, la lógica del mercado se impone, y si el muerto es lo bastante célebre como para generar la curiosidad de la que hablaba, existirá el editor que quiera proveer el medio para satisfacer ese impulso. Así es el negocio y no vamos a asombrarnos por eso. Poner “Onetti” en la tapa de un libro debe ser una tentación muy difícil de resistir para cualquier editor uruguayo, y si se trata, como en este caso, de una selección de la correspondencia entre Onetti y un amigo íntimo (Julio E. Payró), compuesta por 67 cartas enviadas a lo largo de un periodo de casi 30 años, mejor que mejor.

Muchas veces, estos libros se apoyan en la justificación de ofrecer “el lado humano” del genio y, así, aportar más información para enriquecer nuestra comprensión de su obra. Habría que preguntarse si esta información es realmente necesaria para nuestra comprensión. ¿No era suficiente la obra? O, en todo caso, ¿el hecho de que un hombre o mujer haya dedicado su vida a una labor que ha de ejecutarse en el delgado puente entre lo íntimo y lo público habilita la minuciosa inspección postrera de esa vida? Respuesta: evidentemente, sí. Es la pasión por la biografía. Y también es la presunción de que “más es más”, que mientras más información, más cerca estamos de la verdad, aunque lo cierto sea que muchas veces la información es justamente lo que nos mantiene apartados de la verdad (lamento que suene místico pero no es este el lugar para aclararlo).

Dicho esto, si usted, lector, quiere leer sobre las penurias económicas de Onetti, sus sueños isleños, sus ocho horas de trabajo, el whisky, las aventurillas eróticas con jóvenes de dieciséis años, sus pedidos de favores a su amigo más influyente, sus amarguras por los concursos perdidos, los avatares de sus manuscritos, las dudas sobre su talento, la convicción sobre su talento, y todos los detalles, arrebatos, disculpas, confesiones, declaraciones y opiniones que conforman el fragmento del personaje epistolar que Onetti construía para diversión de su amigo Payró, este es, sin duda alguna, su libro.

La novela (Para esta noche) tiene que estar lista para el primero de septiembre. Marcha bien. Creí que era absurda y artificiosa por tratar de tipos en una ciudad sitiada por el fascismo. Pero me enteré de que Juancito Steinbeck publicó algo llamado “Puesta de luna” (The moon is down, 1942) que tiene algo de eso y está también situada en un lugar no determinado. Me asusté, además, al saberlo; pero, por lo leído, la novela de Juancito es mala. La mía es buena, todo lo que escribo es bueno aunque no puesto a punto por falta de tiempo para dedicarle. Tierra de nadie la hice a las patadas para llegar a tiempo al concurso de Losada. El pozo, de un tirón para epatar al amigo editor y agregándole además páginas para que diera las galeras necesarias. Ésta que todavía no tiene nombre, para llegar a tiempo a otro concurso. De manera que no existo. Me tiene metido en esta vida donde yo actúo y escribo pero no existo (…).
4 de julio de 1942

Calificación: regular.
Ediciones Trilce, Montevideo, 2009.
ISBN: 978-9974-32-512-8

Cambiar de idea, Zadie Smith

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Smith

Este libro recopila artículos, ensayos y reseñas escritos por Zadie Smith y publicados en diversos medios de prensa y antologías desde que se volvió una de las voces más promisorias de la literatura británica. Como toda recopilación, es despareja. Lo es al punto de que uno está habilitado a pensar, en ciertos pasajes del libro (muy especialmente en “Ver”, la sección dedicada a la crítica y el comentario cinematográfico) que esos artículos se salvaron de ser borrados sólo por un afán de engrosar el volumen. Allí, salvo los artículos dedicados a Katherine Hepburn y a Greta Garbo, lo demás son reseñas de las películas que Smith se vio obligada a ver fin de semana tras fin de semana durante algunos meses para luego escribir 500 palabras para The Sunday Telegraph. El resultado es lo que podríamos llamar “una changa con clase”. No habría nada malo con los artículos si hubieran sido escritos para un blog personal. Yo leería ese blog (de hecho, leo blogs muy parecidos). Pero en el contexto del libro, esa sección desentona. Dejo una muestra antes de continuar:

Curtis 50 Cent Jackson. Mi cerebro te da una estrella, pero mi corazón quiere darte cinco. Quiero que sepas que Get Rich or Die Tryin’ representa para las películas de guetos lo mismo que Para o mi mamá dispara para las películas sobre la mafia, y me encanta, me encanta, me encanta.

A pesar de estos mocos (puedo decir “mocos” porque esto es un blog), el libro tiene puntos realmente altos. De hecho, el comienzo es uno de ellos, la sección “Leer”. Allí, Smith nos ofrece su mirada sobre Zora Neale Hurston, E.M.Forster, George Eliot, Vladimir Nabokov, Roland Barthes, Franz Kafka, y expone una teoría sobre la bifurcación de la novelística anglófona actual a partir de dos novelas de escritores norteamericanos contemporáneos: Joseph O’Neill y Tom McCarthy. Esta sección está llena de buenas ideas y puede llegar a ser muy estimulante. Es algo frecuente: los buenos ensayos nos hacen creer que las ideas que expresan perfectamente podrían habérsenos ocurrido a nosotros, o incluso más, que esas ideas ya estaban en nosotros y que lo que sentimos al leerlas no es un descubrimiento sino un reconocimiento. Iluminan, si se me disculpa por la imagen manida. Otra muestra, esta vez respecto a la muerte del autor, postulada por Barthes, y la figura de Nabokov como ejemplo casi total del autor que reclama su plena existencia como creador de su texto:

La profunda hostilidad de Nabokov hacia Freud no era un capricho, lo que a él lo horrorizaba era la teoría misma del inconsciente. No soportaba reconocer la existencia de una fuerza secundaria que dirigiera y desviara la suya. Pienso en la hermosa idea de Kundera: “Las grandes novelas siempre son un poco más inteligentes que sus autores”. Eso, en parte, es lo que Barthes tenía que decirnos y lo que Nabokov quería cuestionar. Tal vez todos los autores necesiten conservar la fe en Nabokov, y todo los lectores en Barthes. Porque, ¿cómo puede uno escribir si cree en Barthes?

Todo el artículo, titulado “Releer a Barthes y Nabokov” es también una crónica de los cambios de bando de la propia Smith a lo largo de los años, desde su época de universitaria hasta su carrera como novelista. Es también la historia de la búsqueda de un lugar teórico desde el cuál leer y desde el cuál escribir, un lugar que a la larga no es elegido en base a los argumentos, sino a cierta clase de fe, la fe de la novelista que viene a suceder a la convicción de la académica.

El acápite del artículo titulado “Dos direcciones para la novela”, lo dice todo. Se trata de una estrofa de un poema de Wislawa Symborska, titulado “Fin y principio”. Dice así:

Quienes saben
la trama de la historia
tienen que ceder
a quienes apenas la conocen.
Y menos que apenas.
E incluso nada.

En el artículo, Joseph O’Neill representa a los que “saben la trama” y Tom McCarthy a los que “apenas la conocen” o directamente la ignoran. La novela de O’Neill, Netherland, representa para Smith un acabado ejemplo de cierto realismo lírico que, según ella, se ha vuelto hegemónico, obstruyendo otras formas narrativas. La crítica de Smith a la novela de O’Neill podría resumirse en estas líneas: “nuestros canales receptivos se hallan tan sólidamente establecidos que al leer la novela uno experimenta una sensación de reconocimiento poderosa, aunque algo desalentadora. Está perfecamente escrita; en cierto modo, ese es el problema. Es una imagen tan precisa de lo que nos enseñaron a valorar en la narrativa que causa a esa imagen una especie de crisis existencial, igual que la fotografía provoca una crisis nerviosa al retrato pintado”. Aún sin haber leído la novela en cuestión, podemos imaginarnos por dónde van los tiros. Se trata del agotamiento de un modelo que ha dejado de tener cosas para decir, pero que puede seguir siendo reproducido perfectamente, siguiendo ciertas pautas predeterminadas. La repetición de lo ya probado, la insistencia en lo ya dicho y en las formas antiguas apenas actualizadas, el juego dentro de parámetros clásicos, eso es lo que Smith le achaca a O’Neill, una objeción que no es necesariamente estética, sino que tiene una dimensión ética, y que lleva en su interior una pregunta moral: ¿por qué seguir escribiendo así? Smith identifica el lirismo de esta clase de realismo con un exceso de literatura (“El mundo está cubierto de lenguaje”, dice) que aumenta la opacidad del texto, que no está hecho para comunicar, sino, probablemente, para empañar la verdad: que no hay ningún motivo para seguir escribiendo así, pero suena bien y es un lugar agradable para visitar, un lugar conocido en el que nos sentimos bien. Smith lo dice así:

…el último hombre que se mantiene en pie es el modelo Balzac-Flaubert, siendo prueba de ello su extraordinaria persistencia. Pero las críticas también persisten. ¿Es realmente el modelo más cercano a nuestra condición que tenemos? ¿O simplemente es el cuento que más nos reconforta a la hora de irnos a dormir?

El libro avanza hacia su tercera sección: “Ser”, donde el texto de una conferencia para estudiantes de escritura creativa de la Universidad de Columbia, se articula con la crónica de una visita a Liberia y luego con otra conferencia acerca de las diferentes modalidades del habla de la propia Smith (su habla familiar jamaiquina, su habla de académica). El artículo periodístico sobre Liberia es bueno y duro. Aquí tengo una objeción personal (quizá ni siquiera sea una objeción), y es que cada vez que leo algo así, o veo un documental o un reportaje que pretende informar/sensibilizar respecto a la situación (casi calcada) de tantos países de África, no puedo evitar pensar que los autores de la nota, el reportaje, el documental, están sacando algo de África en lugar de dárselo. Y en este buen artículo no puedo dejar de pensar en Smith como la joven literata que juega a poner su arte al servicio de la crónica, cuando en realidad lo que hace es tomar el material y ponerlo al servicio de su talento. Un fugaz flirteo con el periodismo comprometido. Bien escrito, pero de vuelo rasante, como un pájaro que desciende a la superficie del lago, pesca un pez y vuelve a las alturas. Quizá, después de todo, sí era una objeción.

La sección “Sentir” es la más íntima y consta de tres artículos que dan cuenta de los recuerdos de la infancia de Smith y de un puñado de anécdotas de su familia poco convencional. En estos textos en los que la figura del padre es predominante, parecería que Smith ha preferido mantenerse a prudencial distancia de la sensiblería y el melodrama. El resultado es frío, como si en el proceso de extirpar toda sensibilidad excesiva, se hubiera perdido algo más.

La última sección, “Recordar”, está compuesta por un solo texto extenso: “Entrevistas breves con hombres repulsivos: los obsequios difíciles de David Foster Wallace”, muy recomendable por la forma en que las apreciaciones de Smith bosquejan un mapa de las fijaciones más notorias de Foster Wallace, a quien admiraba y de quien fue amiga personal. Además, para encarar la lectura de la obra del norteamericano, la ayuda nunca puede ser demasiada.

Hay una extraña semejanza ambiental en la obra de Wallace. Él siempre planteaba esencialmente la misma pregunta: ¿cómo reconozco que las demás personas son reales como yo? Y la respuesta extraña, casi mística, siempre era también la misma: puede que tengas que renunciar a tu apego al “yo”. (…) La lucha con el ego, la lucha con el yo, la lucha para dejar que los demás existan en su genuina “otredad”: esos eran los aspectos de la lucha del propio Wallace.

Calificación: buena.
Título original: Changind My Mind: Ocassional Essays (2009)
Traducción: Isabel Ferrer.
Ediciones Salamandra, Barcelona, 2011.
ISBN: 978-84-9838-399-7

Truman Capote en Kansas, Ande Parks y Chris Samnee

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Pocas veces ocurre que el interés sobre una obra literaria excede los límites de aquello que acontece dentro de la ficción, y abarca también la situación de enunciación del escritor. A sangre fría (1966) de Truman Capote es una de esas obras. Y quizás sea porque se trata de un libro fundacional para el género No-fiction, ese que, un ratito antes y con menos reflectores, había inaugurado Rodolfo Walsh en Argentina con Operación Masacre (1957).

El género no-fiction supone, a grandes rasgos, convertir la crónica en literatura y valerse para ello, de todos los recursos de ambos géneros: del primero, se trata de extraer el hecho, de construir lo verdadero atendiendo al dato, a la percepción in situ, a la reconstrucción más que a la recreación, al documento, a la investigación; del segundo, se trata de aportar a la historia el verosímil, lo creíble ficcional, de tomarse licencias metafóricas y metonímicas, de generar un in crescendo en la tensión de la fábula.

Truman Capote en Kansas (TKC) no es estrictamente la adaptación al cómic del libro A sangre fría, sino más bien una suerte de homenaje con pocas pretensiones de un guionista que en el epílogo de su historieta se confiesa fan del libro de Capote. Una aclaración del autor que, por sincera, acota las expectativas del lector y que, por ese mismo motivo, funcionaría mejor como un prefacio que como un cierre.

Aunque es históricamente precisa tanto en la línea temporal como en la estructura. Truman Capote en Kansas no es siempre un reflejo fiel de las acciones de los personajes involucrados. He sido un poco injusto en mis intentos de narrar la batalla creativa de Truman por concebir lo que yo considero su obra maestra.

Con guión de Ande Parks y dibujos de Chris Samnee esta “No graphic novel” tiene aciertos que se apoyan más en alguna de sus ilustraciones y en un timing respetable en sus viñetas. No obstante, se advierten carencias en un guión que se centra demasiado -en un evidente sacrificio a la hora de elegir cuál será el eje principal de la historia- en los fantasmas que persiguen a Capote mientras realiza su investigación, en vez de completar aquellos huecos sustanciales que, de no haber leído previamente el libro o haber visto alguna de las películas sobre el escritor, no se llenarían. Truman Capote en Kansas es un libro fetiche, dirigido a lectores fieles para los que Perry y Dick no son dos nombres, sino los asesinos de la familia Clutter.

Cuando en la transposición de un género a otro se pierden aspectos esenciales de la obra germen algo falló: la subjetividad o capricho del adaptador le ganó al argumento de la obra. En el caso de Truman Capote en Kansas, que establece desde el vamos una clara intención de mostrar el proceso creativo de Capote, deja por completo de lado el conflicto ético y nudo del verdadero proceso creativo que el escritor tuvo respecto a la historia. Una vez que Dick y Perry fueron condenados a muerte, Capote intercedió una y otra vez ante la justicia para que les aplazaran la pena. El fin era lograr lo que hasta el momento le faltaba: escuchar el final de su libro de la boca de Perry Smith. El día que por fin tuvo el final de su libro, no volvió a interceder ante la justicia. Si bien TCK podría destacarse precisamente por haber obviado el eje de la historia, y preferir centrarse en acciones periféricas de la misma, sus desvíos no funcionan, precisamente, por omitir de la narración aspectos que el lector reclama por claves.

TCK hace una mala elección de las excusas para contar la historia y pone innecesariamente en evidencia sus fallas. Desaprovecha las posibilidades del género historieta, en donde la elipsis pocas veces se percibe como una falla, sino como un recurso que pugna por quitarle redundancia a una forma de contar que incluye texto e imagen. La viñeta es una porción de historia cuyo potencial -el de establecer una relación complementaria entre texto e imagen- puede ser fácilmente desaprovechado: la viñeta que carece de texto debe ser lo suficientemente concluyente como para hablar por sí sola. En TCK, la sensación es que, cuando existen omisiones de texto, la historia se desfragmenta en la percepción del lector.

En definitiva, Truman Capote en Kansas es una historieta para fánaticos de Capote, más un fetiche que una obra imprescindible de la novela gráfica. Si se quiere leer una adaptación a la que no le falta ni le sobra nada, buscar en alguna librería (porque Anagrama tuvo el tino de editarla) la adaptación al cómic de Ciudad de Cristal de Paul Auster. Otro acierto de Art Spiegelman, un guionista que entendió que las transposiciones de una obra suponen la sinergia entre esa obra, las ilustraciones y el nuevo guión, y que jamás debería ser la sumatoria de esos tres factores.

Calificación: regular.