Cambiar de idea, Zadie Smith

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Smith

Este libro recopila artículos, ensayos y reseñas escritos por Zadie Smith y publicados en diversos medios de prensa y antologías desde que se volvió una de las voces más promisorias de la literatura británica. Como toda recopilación, es despareja. Lo es al punto de que uno está habilitado a pensar, en ciertos pasajes del libro (muy especialmente en “Ver”, la sección dedicada a la crítica y el comentario cinematográfico) que esos artículos se salvaron de ser borrados sólo por un afán de engrosar el volumen. Allí, salvo los artículos dedicados a Katherine Hepburn y a Greta Garbo, lo demás son reseñas de las películas que Smith se vio obligada a ver fin de semana tras fin de semana durante algunos meses para luego escribir 500 palabras para The Sunday Telegraph. El resultado es lo que podríamos llamar “una changa con clase”. No habría nada malo con los artículos si hubieran sido escritos para un blog personal. Yo leería ese blog (de hecho, leo blogs muy parecidos). Pero en el contexto del libro, esa sección desentona. Dejo una muestra antes de continuar:

Curtis 50 Cent Jackson. Mi cerebro te da una estrella, pero mi corazón quiere darte cinco. Quiero que sepas que Get Rich or Die Tryin’ representa para las películas de guetos lo mismo que Para o mi mamá dispara para las películas sobre la mafia, y me encanta, me encanta, me encanta.

A pesar de estos mocos (puedo decir “mocos” porque esto es un blog), el libro tiene puntos realmente altos. De hecho, el comienzo es uno de ellos, la sección “Leer”. Allí, Smith nos ofrece su mirada sobre Zora Neale Hurston, E.M.Forster, George Eliot, Vladimir Nabokov, Roland Barthes, Franz Kafka, y expone una teoría sobre la bifurcación de la novelística anglófona actual a partir de dos novelas de escritores norteamericanos contemporáneos: Joseph O’Neill y Tom McCarthy. Esta sección está llena de buenas ideas y puede llegar a ser muy estimulante. Es algo frecuente: los buenos ensayos nos hacen creer que las ideas que expresan perfectamente podrían habérsenos ocurrido a nosotros, o incluso más, que esas ideas ya estaban en nosotros y que lo que sentimos al leerlas no es un descubrimiento sino un reconocimiento. Iluminan, si se me disculpa por la imagen manida. Otra muestra, esta vez respecto a la muerte del autor, postulada por Barthes, y la figura de Nabokov como ejemplo casi total del autor que reclama su plena existencia como creador de su texto:

La profunda hostilidad de Nabokov hacia Freud no era un capricho, lo que a él lo horrorizaba era la teoría misma del inconsciente. No soportaba reconocer la existencia de una fuerza secundaria que dirigiera y desviara la suya. Pienso en la hermosa idea de Kundera: “Las grandes novelas siempre son un poco más inteligentes que sus autores”. Eso, en parte, es lo que Barthes tenía que decirnos y lo que Nabokov quería cuestionar. Tal vez todos los autores necesiten conservar la fe en Nabokov, y todo los lectores en Barthes. Porque, ¿cómo puede uno escribir si cree en Barthes?

Todo el artículo, titulado “Releer a Barthes y Nabokov” es también una crónica de los cambios de bando de la propia Smith a lo largo de los años, desde su época de universitaria hasta su carrera como novelista. Es también la historia de la búsqueda de un lugar teórico desde el cuál leer y desde el cuál escribir, un lugar que a la larga no es elegido en base a los argumentos, sino a cierta clase de fe, la fe de la novelista que viene a suceder a la convicción de la académica.

El acápite del artículo titulado “Dos direcciones para la novela”, lo dice todo. Se trata de una estrofa de un poema de Wislawa Symborska, titulado “Fin y principio”. Dice así:

Quienes saben
la trama de la historia
tienen que ceder
a quienes apenas la conocen.
Y menos que apenas.
E incluso nada.

En el artículo, Joseph O’Neill representa a los que “saben la trama” y Tom McCarthy a los que “apenas la conocen” o directamente la ignoran. La novela de O’Neill, Netherland, representa para Smith un acabado ejemplo de cierto realismo lírico que, según ella, se ha vuelto hegemónico, obstruyendo otras formas narrativas. La crítica de Smith a la novela de O’Neill podría resumirse en estas líneas: “nuestros canales receptivos se hallan tan sólidamente establecidos que al leer la novela uno experimenta una sensación de reconocimiento poderosa, aunque algo desalentadora. Está perfecamente escrita; en cierto modo, ese es el problema. Es una imagen tan precisa de lo que nos enseñaron a valorar en la narrativa que causa a esa imagen una especie de crisis existencial, igual que la fotografía provoca una crisis nerviosa al retrato pintado”. Aún sin haber leído la novela en cuestión, podemos imaginarnos por dónde van los tiros. Se trata del agotamiento de un modelo que ha dejado de tener cosas para decir, pero que puede seguir siendo reproducido perfectamente, siguiendo ciertas pautas predeterminadas. La repetición de lo ya probado, la insistencia en lo ya dicho y en las formas antiguas apenas actualizadas, el juego dentro de parámetros clásicos, eso es lo que Smith le achaca a O’Neill, una objeción que no es necesariamente estética, sino que tiene una dimensión ética, y que lleva en su interior una pregunta moral: ¿por qué seguir escribiendo así? Smith identifica el lirismo de esta clase de realismo con un exceso de literatura (“El mundo está cubierto de lenguaje”, dice) que aumenta la opacidad del texto, que no está hecho para comunicar, sino, probablemente, para empañar la verdad: que no hay ningún motivo para seguir escribiendo así, pero suena bien y es un lugar agradable para visitar, un lugar conocido en el que nos sentimos bien. Smith lo dice así:

…el último hombre que se mantiene en pie es el modelo Balzac-Flaubert, siendo prueba de ello su extraordinaria persistencia. Pero las críticas también persisten. ¿Es realmente el modelo más cercano a nuestra condición que tenemos? ¿O simplemente es el cuento que más nos reconforta a la hora de irnos a dormir?

El libro avanza hacia su tercera sección: “Ser”, donde el texto de una conferencia para estudiantes de escritura creativa de la Universidad de Columbia, se articula con la crónica de una visita a Liberia y luego con otra conferencia acerca de las diferentes modalidades del habla de la propia Smith (su habla familiar jamaiquina, su habla de académica). El artículo periodístico sobre Liberia es bueno y duro. Aquí tengo una objeción personal (quizá ni siquiera sea una objeción), y es que cada vez que leo algo así, o veo un documental o un reportaje que pretende informar/sensibilizar respecto a la situación (casi calcada) de tantos países de África, no puedo evitar pensar que los autores de la nota, el reportaje, el documental, están sacando algo de África en lugar de dárselo. Y en este buen artículo no puedo dejar de pensar en Smith como la joven literata que juega a poner su arte al servicio de la crónica, cuando en realidad lo que hace es tomar el material y ponerlo al servicio de su talento. Un fugaz flirteo con el periodismo comprometido. Bien escrito, pero de vuelo rasante, como un pájaro que desciende a la superficie del lago, pesca un pez y vuelve a las alturas. Quizá, después de todo, sí era una objeción.

La sección “Sentir” es la más íntima y consta de tres artículos que dan cuenta de los recuerdos de la infancia de Smith y de un puñado de anécdotas de su familia poco convencional. En estos textos en los que la figura del padre es predominante, parecería que Smith ha preferido mantenerse a prudencial distancia de la sensiblería y el melodrama. El resultado es frío, como si en el proceso de extirpar toda sensibilidad excesiva, se hubiera perdido algo más.

La última sección, “Recordar”, está compuesta por un solo texto extenso: “Entrevistas breves con hombres repulsivos: los obsequios difíciles de David Foster Wallace”, muy recomendable por la forma en que las apreciaciones de Smith bosquejan un mapa de las fijaciones más notorias de Foster Wallace, a quien admiraba y de quien fue amiga personal. Además, para encarar la lectura de la obra del norteamericano, la ayuda nunca puede ser demasiada.

Hay una extraña semejanza ambiental en la obra de Wallace. Él siempre planteaba esencialmente la misma pregunta: ¿cómo reconozco que las demás personas son reales como yo? Y la respuesta extraña, casi mística, siempre era también la misma: puede que tengas que renunciar a tu apego al “yo”. (…) La lucha con el ego, la lucha con el yo, la lucha para dejar que los demás existan en su genuina “otredad”: esos eran los aspectos de la lucha del propio Wallace.

Calificación: buena.
Título original: Changind My Mind: Ocassional Essays (2009)
Traducción: Isabel Ferrer.
Ediciones Salamandra, Barcelona, 2011.
ISBN: 978-84-9838-399-7

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