Una minúscula rueda dentada, Eduardo Aguirre

Aguirre
Aguirre
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En “Una minúscula rueda dentada” aparecen todos los elementos narrativos que consagran a un buen aprendiz de Mario Levrero: el gusto por el policial, el minimalismo fragmentario de las “Irrupciones”, el tono absurdo y delirante de la literatura fantástica o, por lo menos, extraña.
Eduardo (protagonista homónimo al autor), un escritor frustrado y reciente ex esposo, encuentra a su gato muerto en la heladera, con un tenedor en la cabeza, y se dispone, junto a su amigo Gutiérrez, a resolver el caso. Luego de repensar todas las hipótesis, y matar al mayordomo (primer sospechoso) y luego a Gutiérrez, su único amigo, Eduardo se queda solo.
Esa soledad lo hace darse cuenta de su patética condición como individuo. Por lo tanto, se decide a combatir la insoportable languidez: desentierra al cadáver de Gutiérrez para sentarlo frente a él y hablarle. Obviamente, el resultado de este intento, mejor dicho, de este manotazo de ahogado, es mucho más deprimente. Ser testigo de la descomposición del cadáver lo hunde aún más en la depresión e inacción. En este punto, el personaje se destruye lenta pero irrevocablemente: recuerda a cada uno de los integrantes de la trágica familia de “El séptimo continente” de Michael Haneke; o también, por supuesto, nos recuerda a los neuróticos personajes de Levrero y Polleri (indiscutida línea hereditaria de Aguirre), con tintes de cine gore y de terror clase B.
Al fin, la aparición del personaje de Adela es lo que hace emerger al relato de la profundidad pasiva en la que se había hundido. Desde la intromisión de esta mujer gorda y paranoide el cuento expone, sin dudas, su mejor color.
Con su segundo libro publicado, Eduardo Aguirre se posiciona en terreno firme y aporta su vuelta de tuerca a la maquinaria de la literatura fantástica uruguaya.

Cuando finalmente nos deshicimos de Gutiérrez, llevándolo a la cocina, y después de que ella buscara en los estantes unos cuchillos muy afilados, me fue explicando los sectores donde debía cortar y triturar cada articulación de mi amigo para achicar su figura. Parecía una profesional. Mis manos se llenaban de sustancias viscosas al igual que el delantal celeste que ella llevaba puesto. Cada tanto llevaba la mano hacia la frente, se secaba el sudor y se manchaba la cara con esas sustancias. No era sangre. Ya hacía tiempo que ni una gota le quedaba a mi amigo. Se trataba de otro tipo de sustancia viscosa muy parecida a la baba.
La parte que más dio trabajo fue la cabeza, y de esa parte se encargó ella. Cuando terminamos el trabajo y pusimos los pedazos de mi amigo en una bolsa de residuos, ella me miró a los ojos y me dijo, “Mi nombre es Adela, y ya le aviso que los fines de semana no trabajo”.

Calificación: Bueno.
Trópico Sur Editor, Maldonado, 2013.
ISBN: 978-9974-8386-2-8

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