El rey pálido, David Foster Wallace

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Wallace
Wallace

David Foster Wallace se suicidó el 12 de setiembre de 2008. Tenía 46 años. Entre sus proyectos inconclusos había uno que le había llevado especial trabajo y atención. Estaba dedicado a él al menos desde 2006. Se trataba de una novela que se ambientaría en un Centro Regional de Examen de la Agencia Tributaria de los Estados Unidos. Tras su deceso, a Michael Pietsch, amigo y editor de Wallace (trabajaron juntos en la edición de La broma infinita), le fue encargada la tarea de convertir “cientos de páginas de su novela en progreso, designada con el título El rey pálido; discos duros, carpetas de archivador, carpeta de anillas, cuadernos de espiral y disquetes que contenían capítulos impresos, fajos de páginas manuscritas, notas y más” en algo publicable. El resultado es este libro, cuyo carácter fragmentario, incongruente y errático es propio de una obra monumental que ha sido detenida en seco en un momento bastante temprano de su composición, y ni siquiera de su composición lineal, lo que nos habría dejado con una obra simplemente trunca. No es posible imaginar la novela en la que este embrión habría podido convertirse, pues más allá de la planificación de Wallace (se incluyen, al final, notas que permiten ver de forma bastante desnuda cuáles eran las direcciones que las historias podían tomar, pero ninguna posee el aire de lo definitivo) lo que es evidente es que la inmensidad y complejidad del mundo creado por Wallace estaba en constante crecimiento y bifurcación. Lograr contener esa fuerza y otorgarle una coherencia y consistencia capaz de soportar sobre sí el cuerpo central de la novela (un cuerpo para siempre ausente), parece ser el siguiente paso en el esquema de Wallace, un paso que el lector sólo podrá conjeturar. Así que hablemos de lo que existe.

Esta es una obra sobre el aburrimiento, la atención y la conciencia del yo. Para empezar asistimos a una serie de magistrales relatos que constituyen los antecedentes de un grupo de personajes (Claude Sylvanshane, David Cusk, Chris Fogle, Shane Drinion, Lane Dean Jr., Leonard Stecyck, Toni Ware, el propio David Wallace –que se presenta a sí mismo como “el autor”-, etc.). que confluirán en el Centro Regional de Examen (CRE) de Peoria, Illinois, de la Agencia. Muchos de ellos se convertirán en Examinadores (también llamados “pasapáginas”). La tarea de los pasapáginas es revisar una por una miles de declaraciones de impuestos para encontrar errores y decidir cuáles han de ser archivadas y cuáles se procesarán para un análisis más detenido o para una posible auditoría. A medida que Wallace introduce a sus personajes en la complicada maquinaria del CRE, no escatima páginas y páginas llenas con términos hiper-específicos relativos a la burocracia contable y tributaria sobre asuntos tan áridos que leerlos puede tener un efecto narcoléptico casi inmediato. De hecho, durante las dos semanas que me llevó la lectura, muchas veces no podía leer más de cinco o seis páginas por sesión sin quedarme dormido. Estas partes, que bien podrían ser consideradas innecesarias o excesivas, están conectadas con el espíritu mismo del libro, y cumplen una función muy precisa: hacernos partícipes del tedio de los personajes, su rutina mecánica y repetitiva. Suena a paparruchadas o a justificación, pero no lo es. Entre otras cosas, por eso este es un libro exigente para con su lector. No sólo exige el esfuerzo de mantener un alto nivel de concentración a lo largo de muchas páginas difíciles de digerir, sino que exige que mantengamos ese nivel de concentración como muestra de una especie de confianza (casi mística) en la intención que subyace a las palabras. Si el lector consigue quitarse de la cabeza la idea de que necesita recompensas constantes, si se olvida de su necesidad de ser espoleado para avanzar, y simplemente avanza con convicción, ya no gracias a estímulos externos, sino empujado por su propia fuerza, algo en su forma de leer también cambiará. En este sentido, El rey pálido es (o habría sido) una obra a contrapelo, una obra que tomaba sobre sí muchos riesgos, por ejemplo, ensalzar el aburrimiento como algo deseable. En una cultura dedicada ferozmente al entretenimiento, el tedio es un valor contracultural, y siempre hay una salida disponible para huir de él, un desvío, una diversión. Entonces, la pregunta es ¿qué pasaría si no tomáramos todos los desvíos que nos ofrecen? ¿Qué pasaría en nuestra mente si decidiéramos afrontar la quietud y el silencio? Si decidiéramos conscientemente en qué objeto, persona o idea, fijar nuestra atención. Por eso uno de los grandes temas de la novela es la concentración como forma de la libertad de una voluntad para decidir en qué parte del mundo enfocarse. Y es que en cierta forma, el aburrimiento te da la oportunidad de elegir, mientras que la diversión siempre te lleva a otra parte. De hecho, actualmente, la diversión es más un imperativo que una opción. Las infinitas posibilidades de huir del aburrimiento se han convertido en una obligación. Y si la diversión funciona como un anestésico, atravesar el tedio puede ser algo así como abrir los ojos a las cosas que están más allá de ese “ab horrore”. Para hablar de esto, Wallace utiliza la palabra éxtasis, una experiencia trascendente:

Resulta que el éxtasis –un placer sentido segundo a segundo y acompañado de gratitud por el don de estar vivo y ser consciente- se encuentra al otro lado del aburrimiento absolutamente letal. Presta atención a la cosa más tediosa que puedas encontrar (las declaraciones de la renta, el golf retransmitido por televisión) y un aburrimiento como no hayas visto nunca se te echará encima en oleadas y a punto estará de matarte. Si consigues capear esas olas, será como si pasaras del blanco y negro al color. Como encontrar agua después de pasar varios días en el desierto. Un éxtasis constante en todos y cada uno de tus átomos.

En la etapa embrionaria de la novela que ha llegado a nosotros, la línea fundamental de la trama está apenas dibujada: el enfrentamiento entre Merril Lehrl y DeWitt Glendenning (quien es ni más ni menos que “El rey pálido”), en el seno de la Agencia. Esquemáticamente podemos decir que Lehrl representa la búsqueda de la rentabilidad, mientras Glendenning cree que la Agencia como una institución que no puede ser separada de su finalidad moral. Este enfrentamiento es el que aglutina a los personajes mencionados más arriba en el CRE de Peoria. Todos ellos poseen una capacidad especial (muchas veces se trata de aptitudes que han obtenido como consecuencia de alguna patología; otras, directamente parecen ser dones sobrenaturales), para mantener un nivel de concentración sobrehumano por periodos muy largos de tiempo, lo que los vuelve especialmente capaces como pasapáginas. Así es que conocemos a Shane Drinion un sujeto con las habilidades sociales de un androide programado por un alienígena (probablemente padezca Asperger, me refiero a Drinion, no al alienígena, aunque quién sabe), prácticamente asexuado, capaz de levitar cuando su atención se focaliza en exceso. Por otro lado tenemos a David Cusk, un hombre que sufre espantosos episodios de sudoración, episodios torrenciales. Lo cruel del caso es que la atención de Cusk hacia la posibilidad de sufrir un ataque es lo que suele desencadenar el ataque, por lo que toda su vida se ha convertido en el ejercicio de mantener su atención fuera de sí mismo. En tanto Claude Sylvanshine es un médium de datos. Esto significa que su cerebro recibe información todo el tiempo, información irrelevante en el 99,9% de los casos. Por ejemplo: “El porcentaje de deidades que tienen caras de animales en vez de caras humanas. La longitud y el diámetro del intestino delgado del secretario de Defensa Caspar Weinberger. La altura exacta (no la estimada) del monte Erebus, aunque no lo que es el monte Erebus ni dónde está”. Para bloquear el aluvión casi constante de información impertinente, Sylvanshine debe hacer un esfuerzo permanente de filtrado y focalización.

La galería de personajes siempre al borde del absurdo es mucho más nutrida, claro, el racconto anterior intenta dejar claro que si bien El rey pálido es en gran parte una novela sobre el aburrimiento, no se trata de una novela aburrida si uno está dispuesto a jugar su juego. Las irrupciones de lo extraño, ya sea en forma de espectros surgidos del tedio, fantasmas propiamente dichos o alucinaciones provocadas por algún tipo de intoxicación son una buena muestra de lo que la imaginación de Wallace era capaz de elaborar, páginas tan fantásticas que sería una pena perdérselas sólo por tener que leer, entre tanto, cómo está diagramado un formulario de declaración 1040 previo a 1977. Y ahí hay una concepción del mundo, una concepción que se escurre por los bordes de los mecanismos casi perfectamente ensamblados de un sistema que puede llegar a parecer un organismo, pero que no lo es, porque no está vivo, y cuya única preocupación es perpetuarse, y hacia ese fin dirige toda su energía, que es la energía de todos los hombres que lo mantienen en movimiento.

Lo aprendí con solamente veintiún o veintidós años, en el Centro Regional de Examen de la Agencia Tributaria de Peoria, donde me pasé dos veranos trabajando como chico del carrito. Y aquello, de acuerdo con los tipos que me consideraron apto para hacer carrera en la Agencia, me puso por encima de la media, del hecho de entender aquella verdad a una edad en que la mayoría de la gente solamente está empezando a sospechar los principios básicos de la vida adulta: el hecho de que la vida no te debe nada; de que el sufrimiento adopta muchas formas; de que nadie te cuidará jamás como lo hacía tu madre; de que el corazón humano está chiflado.
Aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy en día es una burocracia. Se trata de una verdad obvia, por supuesto, aunque también es una verdad que causa enorme sufrimiento a quienes no la conocen.
Pero lo que es más importante, descubrí –de la única manera en que un hombre aprende realmente las cosas importantes- el verdadero talento que se requiere para triunfar en la burocracia. Me refiero a triunfar de verdad: a que te vaya bien, a marcar la diferencia, a servir. Descubrí la clave. La clave no es la eficiencia, ni la probidad, ni la reflexión, ni la sabiduría. No es la astucia política, el don de gentes, el cociente intelectual puro y duro, la lealtad, la amplitud de miras ni ninguna de esas cualidades que el mundo burocrático llama virtudes y que busca con sus test. La clave es cierta capacidad que subyace a todas esas cualidades, más o menos igual que la capacidad de respirar y bombear la sangre subyace a todos los pensamientos y acciones.
La clave burocrática subyacente es la capacidad de soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire.
La clave es la capacidad, ya sea innata o condicionada, para encontrar el otro lado del trabajo de a pie, de lo nimio, de lo que no tiene sentido, de lo repetitivo y de lo absurdamente complejo. Para ser, en pocas palabras, inmune al aburrimiento. Y en los años 1984 y 1985 conocí a dos hombres que lo eran.
Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir.

Calificación: muy bueno.
Título original: The Pale King (2011).
Traducción: Javier Calvo.
Random House Mondadori, Buenos Aires, 2012.
ISBN: 978-987-658-113-4

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