Cuentos, Cesare Pavese

Pavese
Pavese
***
***

Con los versos que citaré a continuación, Pavese ilustra poéticamente el espíritu y la mirada del mundo que, yo estimo, también logró construir en su narrativa: “Lo spiraglio dell’alba / respira con la tua bocca / in fondo alle vie vuote.”
El aura matinal, su respiración por las calles vacías, son estados del alma (amén de escenarios típicos) en los cuentos que se convocan en esta reseña.
El campo italiano, la campiña, los pequeños pueblos, sirven como punto de partida y, a la vez, de llegada. Los personajes se buscan a sí mismos en esos lugares: buscan su esencia, su huella, algún rastro que, inútilmente, hubieran dejado desperdigado por las calles o los caminos que transitaron en su infancia, y que, en el momento del relato de los cuentos (como adultos que hacen memoria, pero que sienten aún como niños pequeños), trataran de que, como las migas de Hansel y Gretel, los volvieran a conducir a casa, o al menos, a algún lugar familiar, de referencia. Pero no… en el triste mundo de los cuentos de Pavese, las referencias se desdibujan en el trayecto de la vida de los personajes, y cuando están listos y maduros para vivir, o al menos eso parece, “vendrá la muerte y tendrá sus ojos”.
En esa visión desencantada de la vida, en ese eterno canto cuyo estribillo parece comulgar con el refrán “Dios le da pan al que no tiene dientes”; allí, decía, los personajes viven y se desviven por relacionarse y lograr la felicidad.
Si bien casi todos los cuentos funcionan, hay dos que merecen un tratamiento especial en esta reseña: “El nombre” y el mejor del volumen, llamado “El ermitaño”.
En “El nombre” la búsqueda de ese pasado glorioso, el intento por recuperar el paraíso perdido, se da con el recuerdo del narrador ante la reconstrucción de su infancia junto a su amigo Pale. Mientras este último huía de su casa, y su madre lo llamaba a gritos desesperados todas las tardes, ambos ansiaban el momento de encontrar a la víbora, de cuya existencia dudan, pero aún así la respeta y le temen, como sucede con todo mito infantil.
En “El ermitaño”, Nino, un pequeño niño, establece una relación de padre a hijo con un veterano ermitaño que la sociedad mira de soslayo y con desprecio. El niño aprenderá mucho de este señor, y el padre del párvulo, y a la vez todo el pueblo, tendrán que aceptar que no se trata de un loco vagabundo, sino de alguien a quien temen, como suele suceder con todo excluido, a causa del desconocimiento que recae sobre su modo de vida y sus valores.

Era mediodía y volvía a casa fatigado bajo el agua, cuando desembocó sobre la plaza un gigante hirsuto y rubio, envuelto en una desteñida capa militar. Cuando estuvo en el umbral, abrió la capa y allí estaba Nino, cabeza y piernas colgando como un cabrito, que se puso de pie avergonzado.–Este muchacho está embarrado –dijo con una voz alegre y ronca. Le corrían gotitas por la barba rubia y la capa exhalaba el olor de las cañas mojadas. Niño lo miraba encantado, aunque se le veían bajo las gotas rastros de lágrimas recientes.–Si con el buen tiempo quieren venir a respirar un poco de aire –dijo el gigante muy serio– no digo que no, pero cada cual tiene su casa, hasta los animales.Me saludó con una inclinación de la cabeza, y se fue con los pies enormes de barro.

Calificación: bueno.
Título original: –
Traducción: Rodolfo Alonso.
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971.
ISBN: –

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s