El pequeño monje budista, César Aira

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Aira
Aira
No pude con este Aira. Si, como se suele decir, la “máquina Aira de producir historias” tiene como cometido llenar el universo de libros (lo que en sí podría ser un argumento en sí mismo, un supra-argumento), es probable que los resultados sean muy buenos, buenos, regulares y hasta malos. El caso de “El pequeño monje budista” parece ser de estos últimos, aunque, creo, un juicio de valor ni le haga mella al procedimiento de escritura aireano. Sólo que en esta brevísima nouvelle la máquina se quedó andando sola, sin vigilancia, y parió un monstruito de esos que abundan en las ficciones de Aira y con los que nadie sabe bien qué hacer (“La costurera y el viento”, “Yo era una chica moderna”, etc.). A lo que voy, y que no se vea como una forma de zafar de que el libro no me haya gustado, es que una escritura tan demencial y desaforada como la de Aira, el proceso en sí, soporta sin despeinarse este tipo de textos, le es indiferente.
La historia comienza (si “comienza” es el término) con uno de esos exotismos típicos de Aira, una suerte de inversión irónica del reduccionismo decimonónico. En las primeras páginas, un pequeño, casi invisible monje budista de Corea del Sur sueña con conocer la gran cultura de Occidente. Toda su vida está dirigida hacia ese objetivo: estudia historia, geografía e idiomas. Un buen día entra en conversación con un atribulado matrimonio de artistas franceses que justo salen de un hotel. Dan inicio a un peregrinaje hacia un templo en el que el hombre francés quiere tomar una fotografía de larga exposición. Se suben a un tren, pasan por montañas, saben de la leyenda de unas brujas que arrebatan a los pasajeros, etc. Puede decirse que la tonalidad es en cierto modo onírica: las pérdidas de referencias o de perspectivas, como en los sueños, donde un sitio lejano es cercano, o donde los desplazamientos son abruptos y retardados a la vez, impregnan a estas líneas de una materialidad particular. Sin embargo, ese desvarío no se sostiene, aun cuando aceptemos que la narración no tiene porqué cerrar o reclamar retorno alguno. La deriva (y lo dice un amante de “Pez soluble”, de André Breton) no se sostiene porque el lenguaje no la soporta; el lenguaje no le da razón desde su centro a esa sinrazón. La sensación es la de que la prosa avanza porque ya no sabe qué hacer o cómo aceptar un principio que comprometió demasiado al resto.
Si la prosa de Aira (su continuidad, su resistencia a la corrección y su publicación indefectible) es como un fraseo que se arma y especula consigo mismo, puede observarse una impronta musical. Si en un fraseo de jazz las desenvolturas, la recurrencia a un tema y el apartarse del mismo tema, son una marca de la libertad de la expresión, esta historia de Aira parece un solo registrado una noche cualquiera, una noche que se pierde de pronto en la inmensidad de un conjunto, lo que muestra otra curiosidad… El gran conjunto de narraciones de Aira esconde estos puntos imperfectos, los vuelve solidarios con un todo mayor, como una desviación, una parte de una fuga que asciende y se pierde en la resonancia general.

Como el trípode giraba solo, Napoleón Chirac no tenía nada que hacer y se dejó llevar a una ensoñación que generalizaba estas últimas reflexiones, en el sentido de que el Destino también podía estar fijando en muecas grotescas una vida que corría a una velocidad que ninguna emulsión (el ojo siempre abierto de Dios) podía fijar. Y todo gracias a pequeñas repeticiones sin objeto.
Sintió frágil su arte, y se sintió frágil él, y lo embargó un temor que le hizo espantar los pensamientos.
¿Cuántas veces tenía que decirse que era preferible gozar el instante y olvidar las preocupaciones? Tomar distancia y perderse en lo que había, que era bastante más que un instante: una tarde sublime suspendida de los árboles, el gorjeo de los pájaros, el bajo profundo de la brisa inmóvil. Pero era más fácil decirlo que hacerlo. Su ansiedad estaba ligada precisamente al instante, brotaba de él y volvía a él.
Los fuelles de papel, de los colores más hirientes, seguían fijándose en la foto, seguían “apareciendo”, mientras él trataba de pensar y trataba de sentir y trataba de vivir en el tiempo.

Calificación: Malo.
Editorial: Mansalva, Buenos Aires, 2005.
ISBN: 987-22648-4-8

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