Tres maestros, Stefan Zweig

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Zweig
Zweig
Stefan Zweig reunió en este ensayo una serie de textos que vieron la luz desde comienzos de siglo XX y que se fijan en sus grandes pasiones de la narrativa: Honoré de Balzac, Charles Dickens y Fiodor Dostoievski, en ese orden. Aunque el resultado es notable, hay que decir que la balanza está totalmente inclinada para el lado del ruso; es decir, la extensión que se le dedica al autor de “Crimen y castigo” es mayor que la de sus predecesores. Casi se podría decir que es un ensayo sobre Dostoievski disimulado, o uno en el que la mención de Balzac (a quien el propio Zweig le dedicaría todo un libro) y luego la de Dickens funcionan como apoyaturas para, por comparación, alumbrar mejor los motivos del mundo de Dostoievski. El libro, por otra parte, y sobre todo en los primeros ensayos dedicados al francés y al inglés, sufre un poco de la pasión de utilizar un lenguaje altisonante para querer convencer; puesto que el propio Zweig (austro-húngaro al día de su nacimiento) escribe desde el interior de la lengua alemana, parece una pasión germana menor. Otro aspecto que parecería englobar al estudio de los tres autores es el de considerar que estos grandes hombres son el resultado de una época, o que, de otro modo, la época se expresa a través de ellos (¿otra pequeña pasión germana?).
Balzac… el resultado de una época en la que el Imperio Napoleónico fue el ejemplo de pujanza y del sentimiento de acapararlo todo. Zweig observa que las obras de Balzac pueden concebirse como la expresión de una pasión llevada a sus últimas consecuencias. Las páginas dedicadas al autor de “La comedia humana” no son muy extensas y rebosan de admiración por la fuerza con la que el escritor luchó contra la vida y por su pasión en la escritura, que fue la lucha por imponerse en el mundo.
Dickens… el niño mimado de la época Victoriana. En este pasaje, ya un tanto más largo, Zweig se muestra como un ensayista todavía más preclaro (el que va a desatarse en las páginas sobre Dostoievski) y anota un par de ideas nada despreciables sobre Dickens. Una de ellas, la de que Dickens fue, como casi no sucedió en la historia de los grandes autores, un ejemplo de escritor que no buscó luchar o destruir un orden establecido. Zweig demuestra que las historias dickensianas no tienen como fin minar las costumbres victorianas (como mucho plantear la corrección de un detalle por aquí y otro por allá), sino buscar, como inmejorable ideal burgués, el placer de que el lector se arrellane en su sillón junto a la estufa y con el té a mano. Es decir, la continuidad de lo bien inglés, una idea que ya por esos mismos años Chesterton manejaba sobre el autor de “Grandes esperanzas”. Y el otro buen concepto de Zweig: la comprobación de que Dickens fue de los pocos artistas que pudo, de forma notoria, cambiar, alterar la realidad a través del acto de escribir y encauzarla a su modo, logrando, por si fuera poco, la felicidad probada de los lectores.
Dostoievski… El hijo o el ángel oscuro y terrible de la Rusia mística, innombrable y elemental; el resultado del conflicto entre las culturas eslava y la europea “ilustrada”. Zweig se luce en las páginas sobre el autor ruso y no esconde su debilidad por él, quizás porque, si se revisan sus novelas, caso de “Amok” o de “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, hay mucho de Dostoievsky en el accionar desesperado y aniquilador de sus personajes. Acierta, por ejemplo, cuando analiza las motivaciones de los personajes recurriendo a una lectura convincente de la encrucijada en la que se halla la cultura rusa a fines de siglo XIX y, más en particular, cuando ve en ellos un sentido religioso profundo en el que los conceptos del Bien y del Mal aparecen conjugados de una forma nueva como casi no se había realizado hasta el momento (salvo quizás, y en otra tonalidad, por Baudelaire o Lautréamont, a quienes Zweig no nombra). Es entonces que se entrevé un verdadero plan en estos tres ensayos, y no sólo una yuxtaposición de las afinidades estéticas de un escritor. La concatenación Balzac-Dickens-Dostoievski es en realidad un “in crescendo”. Zweig nos muestra, respectivamente, un escritor cuyo objetivo es sobreponerse a la sociedad, otro que busca acomodarse en ella y un tercero que, como la aparición de un hombre nuevo en el umbral del siglo XX, trasciende los objetivos anteriores y busca, en un exhaustivo ultimátum romántico, estar en cada hombre desde la piedad.

El hombre ruso tiende al todo. Quiere sentirse a sí mismo y sentir la vida, pero no su sombra ni su reflejo, no la realidad exterior, sino lo grande y místicamente elemental, el poder cósmico, el sentimiento de existir. Dondequiera que ahondemos en la obra de Dostoievski, oímos murmurar como un manantial subterráneo este afán de vida totalmente primitivo, fanático y casi vegetativo, este sentimiento vital, este anhelo ancestral, que no quiere dicha ni dolor, que ya son formas particulares de la vida, valoraciones, distinciones, sino el goce total y completo como el que se experimenta al respirar. Quieren beber de la fuente primera, no de los pozos de calles y ciudades, quieren sentir la eternidad, lo infinito y desprenderse de la temporalidad. (…)
Ajenos al mundo por amor al mundo, irreales por su pasión por la realidad, los personajes de Dostoievski parecen al principio algo ingenuos. (…) son rusos, hijos de un pueblo que, viniendo de una inconsciencia bárbara milenaria, cayó en medio de nuestra cultura europea. Arrancados de la vieja patriarcal, no familiarizados todavía con la nueva, están en medio, en una encrucijada, y la inseguridad del individuo es la de todo un pueblo. Los europeos vivimos en nuestra vieja tradición como en una casa cálida y acogedora. El ruso del siglo XIX, el de la época de Dostoievski, ha quemado tras de sí la cabaña de madera de la prehistoria bárbara sin haber construido todavía su nueva casa. Todos son desarraigados, sin dirección fija.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Drei Meister (1920).
Traducción: Joan Fontcuberta.
Editorial: El Acantilado, Barcelona, 2011.
ISBN: 978-84-96136-84-7

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