Quemar los días, James Salter

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James Salter publicó Quemar los días, su libro de memorias, en 1997, a sus 72 años de edad. En orden cronológico, Salter nos pasea a lo largo de los momentos más determinantes de su vida, que bien podría ser la vida arquetípica de cierta clase de hombre occidental del siglo XX, y es que algo en Salter parece funcionar como síntesis de una forma de existir, una ambición vital que cambia de forma y de maneras a través de las décadas: la violencia, la hombría, el honor, las grandes acciones, el deseo, el amor, el arte, lo perdurable. La entrada en la vida adulta de Salter está fuertemente marcada por su experiencia en la academia militar más encumbrada de los EEUU, West Point. El rigor marcial de esos años forja su carácter, lo templa y lo prepara para sus siguientes elecciones: la Fuerza Aérea. Salter es uno de los pilotos que vivió la transición tecnológica de la aviación de combate: la llegada de los aviones a propulsión acontecida durante la carrera espacial entre estadounidenses y soviéticos. En plena Guerra Fría, Salter presta servicio en Corea a bordo de los flamantes F86, que debían vérselas con los temibles MIG soviéticos. Hay un dato importante, el verdadero apellido de Salter no es ese, sino Horowitz. Salter es el seudónimo que elige a los 32 años, cuando abandona su prometedora (pero para él insuficiente) carrera militar para dedicarse por completo a la literatura. Esta decisión da frutos rápidamente en la forma de una novela basada en su experiencia en el aire: Pilotos de caza, que luego se convertiría en una película (espantosa, según él mismo). El cambio de nombre dice mucho de cualquier persona, dice, para empezar, que allí existe la voluntad de apropiarse de su identidad, de moldearla desde cero si hace falta. Salter disfruta escribiendo los nombres de sus compañeros de vuelo, muchos de ellos, verdaderos ases: Thyng, Asla, Baker, Blesse, Latshaw, Jolley, y quizá el mejor de todos: Kasler.

Como piloto, esperabas que hablaran de ti y te admiraran tus iguales, los que de verdad entendían. No era imposible: el mundo de los escuadrones es pequeño. Los años se rendirían ante tí; serías recordado, tu nombre como el de un purasangre, un caballo que corrió y ganó.

Ese deseo de ser recordado jamás se apaga en Salter y es lo que impulsa prácticamente toda su vida. Para él, el derecho a ser recordado se gana en competencia, en combate, mediante la honorable práctica de la tenacidad, el talento y la determinación, ya sea en la guerra, en el amor o el arte. Como piloto, Salter no logra convertirse en un as. Cuando elige el que será su nombre de escritor, elige uno que suena al nombre de un as (vean la similitud en la sonoridad Salter-Kasler). Aunque no puede hablarse de fracxaso, el saldo al final de su tiempo de servicio en Corea, marca su decepción:

…tenía en mi haber uno destruido y otro dañado, y éste, en presencia de legos, lo elevaba a la categoría de baja probable, pero no más que eso; agrandarlo habría sido mancillar aquello por lo que luchamos.

Más tarde, en 1969, Salter sufre terriblemente mientras observa por televisión los preparativos de la tripulación del Apolo XI, entre la que se encuentra Buzz Aldrin, quien también fue piloto en Corea. Aldrin está a punto de ser uno de los primeros hombres en la Luna. Ese es un acto de la magnitud que Salter anhela para sí, y al ver a Aldrin en su traje, se siente devastado por las posibilidades que ha dejado escapar, por la futilidad de su vida, por lo lejos que se encuentra de la gloria, una gloria procedente de un gran acto magnífico. En la cumbre de su solipsismo, Salter no puede dejar de ver el cohete que sube en el cielo como una amenaza a su propia existencia.

Una corona de humo blanco escapa del cohete. Soy incapaz de hablar, de pronunciar una sola palabra. Estoy en el St. Regis, con todo lo que uno puede desear a mano. Me siento vacío, como si lo hubiera perdido todo.

El gran éxito de Salter no llega nunca. Siempre alguien se le adelanta. Truman Capote (“Era listo y tenía una lengua viperina”) sacude Nueva York con A sangre fría mientras él, Salter, colecciona cartas de rechazo para la que él considera su gran novela, Juego y distracción. Cuando por fin consigue publicarla, sus ventas son más bien modestas. Mientras, Salter, como tantos escritores, vive de su trabajo como guionista: trabaja con Robert Redford (“se advertía en él cierto desprecio por el estrellato, incluso mucho después de haberlo alcanzado”), dirige a Charlotte Rampling en Three (“llegaba tarde con frecuencia, nunca se disculpaba, tenía mal genio y era mezquina”); escribe obras de teatro que son arrasadas por sus propias fallas tanto como por las pésimas elecciones del elenco. Sigue escribiendo. Vive en París, en Roma, va allí donde el productor de la siguiente película lo lleve. Su ansia de reconocimiento soporta todos los reveses, cada revés parece venir a confirmar que el reconocimiento llegará al final. Termina otra novela: Años luz. Jamás deja de necesitar la aprobación externa.

Recuerdo su último comentario (el de Joe Fox, editor de la novela) cuando se acabó la labor de corrección. “Un libro absolutamente maravilloso en todos los sentidos -dijo, y añadió-: Probablemente”. Creyéndomelo, me llené de júbilo. Quería elogios, por supuesto, elogios generalizados, y parecía que de algún modo Fox podía procurármelos: había sido editor de muchos escritores admirados, Paul Bowles, Capote, Ralph Ellison, Roth. Yo quería la gloria. En el Met había visto a Nureyev y Fonteyn en su actuación de despedida, una de muchas, de El lago de los cisnes: magnífica, inspirada, todo el público de pie y aplaudiendo clamorosamente durante tres cuartos de hora después de caer el telón mientras aparecían las deidades juntas, luego una y después la otra, luego otra vez las dos, y así sucesivamente, reverencia tras reverencia con agotada satisfacción mientras les llevaban al escenario grandes ramos de rosas.

La idea de Salter que puede surgir de estos fragmentos puede ser algo irritante, pero tratándose de un libro de memorias sólo cabe agradecer la honestidad que hace falta para exponerse así, para mostrar sin demasiadas vueltas esos tonos mediocres y mezquinos que forman parte de lo que él es, como escritor y como hombre. Y convendría no olvidar que suele haber una distancia considerable entre lo que uno busca y lo que acaba encontrando. En el caso de Salter, la gloria tan ansiada dejó su lugar a un reconocimiento, quizá tardío, pero justo y merecido, para con una obra breve, intensa, sutil, y, como suele suceder, probablemente superior al hombre que la compuso.

Escribir sobre alguien a fondo es destruirlo, consumirlo. Supongo que eso también es aplicable a la experiencia: al describir un mundo, lo extingues, y en un libro de memorias gran parte queda reducida a escombros. Las cosas se capturan y al mismo tiempo se despojan de vida, para nunca volver a estremecerse o emitir luz.

Calificación: bueno.
Título original: Burning the Days (1997)
Traducción: Isabel Ferrer Marrades.
Ediciones Salamandra, Barcelona, 2010.
ISBN: 978-84-9838-257-0

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4 comentarios en “Quemar los días, James Salter

  1. Llegue al blog sin buscarlo y me volví fan después de leer justo una reseña de James Salter (suya Leo), en fin que justo en estos días estoy leyendo ‘La última noche’, y justo esa descripción de
    “,… tiene la suficiente ambigüedad para ser encantador y desencantador al mismo tiempo. Una belleza inusual”. Define al libro.

    Aun no lo termino pero siento esa especie de nostalgia y melancolía en que te sume la lectura y que te deja después de cada relato.

    Me anoto ahora este título”Quemar los días”,

    Un saludo desde México.

  2. Maravilloso Salter… Lo conocí leyendo “La última noche”, luego leí “Juego y distracción” y me encuentro ahora delante de “Años luz” a punto de comenzar a leerla. Sin duda un escritor increíble, con una sutileza y elegancia difíciles de encontrar. Y sin duda como dice el artículo es honesto. Yo lo recomiendo totalmente. Me ha enganchado de tal forma, que no paré hasta encontrar todos sus libros. Empiezo “Años luz” y luego iré a por “Todo lo que hay” y “Quemar los días”. No he podido encontrar la película “Three”, ignoraba que Salter había dirigido una película. Saludos.

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