Juego y distracción, James Salter

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Salter
Salter

Norteamericanos en Francia. El narrador de la novela llega a Autun y se demora en descripciones del paisaje que ve a través de la ventanilla del tren, la delicia de la campiña francesa y de los pequeños pueblos, villas y ciudades donde, para él, se encuentra “la verdadera Francia”, lejos de la influencia demasiado poderosa de París. El comienzo de la novela padece de un ritmo demasiado ajustado a la contemplación y rememoración: las frases cortas le imprimen a la narración una cadencia algo mecánica, un ruido de fondo parecido al de un vehículo que tiene alguna pieza mal ajustada, aunque en realidad ocurre todo lo contrario, las cosas están perfectamente ajustadas para producir ese sonido rítmico. El problema es que el primer tercio de la novela está apoyado en un catálogo de evocaciones y la esperanza del narrador parece ser la de conseguir cierto efecto sustancial a fuerza de ser veraz en los detalles.

Salvado el comienzo, los personajes salen a escena. Primero aparecen los secundarios: el matrimonio de Billy y Cristina Wheatland, amigos del narrador, sus guías en (algo así como) la alta sociedad parisina y sus compañeros de salones, bailes, restoranes y cafés. El narrador se siente obviamente atraído por Cristina, quien juega sutilmente con los límites elásticos de una amistad decorosa (“Eres el único amigo de Billy que me gusta”). Este primer triángulo fantasmal (inconsumado), anuncia el segundo, que es el verdadero nudo de la novela. Los Wheatland introducen a Phillip Dean, un joven norteamericano, hermoso, inteligente, rebelde, hijo de un padre adinerado. Dean llega a Francia a pasar un par de meses. Acaba de renunciar a Yale, lo aburría, él es un prodigio en potencia, una especie de genio que languidece atrozmente cuando está rodeado de vulgaridad. El narrador habla de Autun y Dean se interesa por la pequeña ciudad; tiempo después va a visitarlo y se convierte en su compañero: de apartamento, de pequeños viajes, de bebida. El narrador admira a Dean, se empequeñece ante él. Queda claro que los recursos económicos de Dean dependen de la generosidad de su padre, que mengua a medida que la aventura europea de su hijo se extiende: Dean comienza a vivir del garroneo sin perder su perfecta aura inmaculada. Consigue prestado un bello auto y luego consigue a la bella y jovencísima Anne-Marie. Y ya estamos en el centro del asunto, pues de hecho la novela es una construcción de un voyeur et imaginateur que vive con un dolor casi físico surgido de su enorme ansia la historia romántica y sexual (sobre todo, sexual) de Dean y Anne-Marie.

Ante la ausencia de una trama novelable, el libro se sujeta a una serie de relatos progresivos que van dejando entrever ciertos aspectos de la relación amorosa, a la vez que ocultan otros. Una de las progresiones son las sexuales: la forma en que Dean gana la confianza de Anne-Marie, la somete primero hasta conseguir después su sumisión complacida, su exigencia del sometimiento. Otra línea, la económica. Cuando el dinero comienza a escasear, Dean se enfrenta a la prosaica verdad de que no podrá seguir gozando de los placeres de una eterna vacación apasionada, consigue prórrogas (vende su boleto de regreso, pide dinero a su hermana) pero sólo son dilaciones. El título de la novela proviene del Corán: “¡Sabed que la vida de acá es juego y distracción…!”, y en cierto modo la existencia francesa de Dean no es más que eso: una diversión placentera, una demora antes de acceder a otro mundo, uno en el que un hombre no puede vivir paseándose de balneario en balneario de la cintura de una niña. Dean no puede llevarse a Anne-Marie a su siguiente vida, su vida real. Es hija de gente vulgar, es inculta, ingenua, un poco tonta, es un motivo de vergüenza para él ante los demás, del mismo modo que es una fuente inagotable de goce. Así, la novela avanza hacia lo obvio, en lentos movimientos giratorios, tan irremediable como una hoja que se desprende de la rama.

En tanto, el narrador observa con pasividad exasperante, parece faltarle todo lo que le sobra a los demás personajes masculinos, Billy Wheatland, el propio Dean, junto a ellos él es una sombra solitaria, un manojo de deseos sin posibilidad de concreción. No actúa, se limita a responder cuando los demás le piden respuesta. Con los datos que conoce a ciencia cierta y con los que se inventa en su febril sueño de usurpación, arma la leve historia de los amantes, de inocencia perdida y placer ganado, de ilusiones y decepción. La mano de Salter es lo suficientemente buena como para poder deslizar, entre la trivialidad, un puñado de toques delicados que otorgan más profundidad a una historia que en su mayor parte adolece de superficialidad, y a la que si le quitáramos una parte de sus descripciones arquitectónicas, paisajísticas y meteorológicas, se convertiría en un buen cuento largo.

Ahora, a los veinticuatro años, ha llegado el momento de elegir. Sé muy bien cómo es todo eso. Y luego leo sus cartas. Su padre escribe con la letra más bella y cultivada, la mano innata de un amanuense. Consejos para afrontar la vida, para pensar un poco más seriamente sobre esto o aquello. Me inspiraba risa. Palabras que no significaban nada para él. Ha emprendido un viaje deslumbrante que se parece más a una enfermedad, que cada vez se vuelve más lejano, más legendario. Llenarán su vida esos impulsos audaces que le llevan a un paradero desconocido, y un buen día reaparece en Dublín, en Veracruz… No estoy diciendo la verdad sobre Dean, me la estoy inventando. Le estoy creando a partir de mis propias deficiencias, recuérdalo siempre.

Calificación: buena.
Título original: A Sport and a Pastime (1967).
Traducción: Jaime Zulaika Goicoechea.
Muchnik Editores, Barcelona, 2002.
ISBN: 84-7669-459-8

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