Las praderas del cielo, John Steinbeck

 

Steinbeck
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Publicado en 1932, el conjunto de relatos Las praderas del cielo fue la segunda obra de John Steinbeck (la primera había sido una historia de piratas y conquistadores, protagonizada por el Capitán Morgan, publicada en español bajo el título de La taza de oro). Las praderas del cielo inaugura, entonces, el camino que llevaría a Steinbeck a componer su novela más relevante, Las uvas de la ira (o Viñas de ira, dependiendo de la traducción), apenas 7 años después. En este conjunto de relatos, Steinbeck comienza a utilizar un procedimiento que se repetiría más tarde en El pony colorado y El valle largo, el de reunir historias que conservan su valor autónomo y que a su vez están nucleadas por un centro referencial, que, de hecho, es geográfico: las llanuras del sur californiano. A Steinbeck le interesan sus personajes, le interesa explicarnos por qué viven en esa región del mundo, qué tiene esa tierra para ellos, cuáles son sus deseos secretos, sus ambiciones, sus traumas; le interesa que sepamos si esas personas llegaron a Las praderas del cielo buscando algo o huyendo de algo, y que sepamos si encontraron lo que buscaban o no, si pudieron escapar o fueron atrapados.
Desde su título, este es un libro luminoso, o uno que aspira a cierta luminosidad. Lejos del gótico sureño, de su tensión y oscuridad, los relatos que forman Las praderas del cielo respiran amabilidad hacia el lector, una característica que en el presente suele ser confundida con lo naif. Creo que fue Borges el que dijo que si pudiera saber cómo se leería en el futuro, podría saber también cómo sería la literatura de ese tiempo. ¿Qué significará que un libro como Las praderas del cielo sólo pueda ser leído, actualmente, con una sonrisa simpática y condescendiente? No sólo como si estuviéramos muy lejos de allí, sino como si pensáramos que este lugar que ocupamos hoy es evidentemente superior a aquel.
Uno de los asuntos centrales del libro es la forma en la que los habitantes del valle equilibran su vida secreta (la vida de sus pensamientos y anhelos) con la vida social, tan estrecha, como en toda pequeña comunidad rural.
Así es que nos encontramos con Edward “Tiburón” Wicks, un granjero que lleva una vida de simulación extremadamente desarrollada. Tiburón (se ha ganado ese apodo por lo que sus vecinos creen que es un instinto asesino para los negocios), es un pobre hombre para quien es tan importante la idea que los demás tienen de él que se ha ocupado con empeño en generar la idea de que hace grandes inversiones, y aunque vive en una casa más bien ruinosa (esto sólo confirma, a los ojos de sus vecinos, que Tiburón es un hombre juicioso y moderado en sus gastos) consigue creerse su propio engaño: cada noche baja al sótano y anota, en un libro de cuentas, el resultado ficticio de sus últimas incursiones bursátiles. De este modo, el fantasioso saldo de Tiburón se acrecienta, y cuando habla de este como si fuera real, el respeto que todos sienten por él también aumenta. Es evidente que el clímax del relato llega cuando la máxima tensión alcanzada hace que el equilibrio se rompa: la fantasía se quiebra bajo el peso de la realidad. Otro ejemplo parecido es el de Pat Humbert, quien luego de la muerte de sus ancianos padres dedica gran parte de su energía, en secreto, a convertir una de las habitaciones de su casa en un lujoso salón al estilo de las mansiones de Vermont (compra revistas para saber cómo son, luego consigue cortinas, alfombras, muebles, todo lo que haga falta), sólo porque ha escuchado al pasar que una mujer piensa que una casa así seguramente sea, por dentro, como una de aquellas mansiones. La silenciosa y nocturna tarea de Humbert es, a partir de ese momento, la de poner la realidad a la altura de la imaginación de esa mujer, como una declaración de amor hacia ella. Entre los mejores relatos se encuentran los de la joven maestra Molly Morgan y el obnubilado y andrajoso Junius Maltby (y su hijo casi salvaje Robbie).
Las praderas del cielo no tienen momentos demasiado intensos. Sin furores, las historias discurren modestamente, y queda claro que son el testimonio de un momento en la evolución de un escritor que comenzaba a encontrar sus temas, intereses y registros… y su humor, del cual la cita que sigue es una breve muestra:

 

-El espionaje es un buen juego -dijo Junius-. Recuerdo que a mí me gustaba el espionaje.
-¿Pero a quién espiaremos?
-Oh, a cualquiera. No importa. Nosotros solíamos espiar a los italianos.
Robbie salió corriendo hacia la escuela, y esa tarde, tras una larguísima consulta al diccionario de la escuela, organizó la S.A.S.N.E.C.J. Traducido lo cual nunca resultaba más que un murmullo. Esto era el Servicio Auxiliar Secreto de Niños para el Espionaje Contra los Japonenes. Si no por otra razón, la misma magnificencia del nombre de esta organizaciín habría forzado a tenerla en cuenta. Uno por uno, Robbie conducjo a los muchachos al oscuro verdor bajo el sauce del patio de la escuela, y allí les tomó juramento de discreción absoluta con una f´romula tan feroz que hubiese acreditado a una logia. Más tarde, reunió al grupo. Robbie explicó a los muchachos que, indudablemente, iríamos a la guerra contra los japoneses algún día.
-Nos corresponde estar preparados -dijo-. Cuando más descubramos acerca de las prácticas de esta nefanda raza, más informaciones de espionaje podremos proporcionar a nuestro país cuando estalle la guerra.
Los candidatos sucumbieron a esta gloriosa locución. Estaban aterrados por la gravedad de una situación que requería palabras como éstas. Como espiar era ahora la ocupación de la escuela, el pequeño Takashi Kato, que cursaba tercer grado, no disfrutó en adelante de un momento privado. Si Takashi levantaba dos dedos en la escuela, Robbie dirigía una mirada significativa a uno de los Niños Auxiliares, y una segunda mano saltaba desesperadamente en el aire. Cuando Takashi regresaba a casa después de clase, por lo menos cinco muchahos se deslizaban por el matorral paralelo al camino. Finalmente, sin embargo, Mr. Kato, el padre de Takashi, disparó un tiro en la oscuridad, una noche, al ver una cara blanca mirando por su ventana. Robbie convocó de mala gana a los Auxiliares y ordenó que el espionaje cesara a la caída del sol. Ellos no podrían hacer nada realmente importante de noche, explicó.
A la larga, Takashi no sufrió por el espionaje practicado sobre él, porque, como los Auxiliares debían vigilarlo, no podían efectuar ninguna excursión importante sin llevarlo con ellos. Se halló invitado a todas partes, pues nadie consentía en quedarse atrás para vigilarlo.
Los Niños Auxiliares recibieron su golpe mortal cuando Takashi, que de alguna manera habíase enterado de su existencia, solicitó su admisión.
-No comprendo cómo podemos dejarte ingresar -explicó Robbie cortésmente-. Tú sabes que eres japonés y que nosotros odiamos a los japoneses.
Takashi estaba al borde de las lágrimas.
-Yo nací aquí, lo mismo que ustedes -gritó-. Soy tan buen norteamericano como ustedes, ¿no es así?
Robbie meditó con ahinco. No quería ser cruel con Takashi. Luego su semblante se despejó, preguntando:
-Di, ¿tú hablas japonés?
-Claro, bastante bien.
-Perfectamente; entonces puedes ser nuestro intérprete y descifrar mensajes secretos.
Takashi se iluminó de placer.
-Claro que puedo -exclamó entusiasta-. Y si ustedes quieren, muchachos, espiaríamos a mi papá.
Pero la cosa estaba rota. No quedaba nadie contra quien luchar sino Mr. Kato, y Mr. Kato era demasiado nervioso con su escopeta.

Calificación: buena.
Título original: The pastures of heaven (1932).
Traducción: Elena D. Yoffe.
Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1952.
Depósito Legal 11.723

 

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4 comentarios en “Las praderas del cielo, John Steinbeck

  1. Es muy gratificante reencontrarse con un Steinbeck en sus inicios, con relatos de una profunda sencillez. Son la simiente de las inolvidables “Uvas de la ira” y “Al este del edén”.

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