Boquitas pintadas, Manuel Puig

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Suele decirse que “Boquitas pintadas” (1969), de Manuel Puig, es una novela innovadora. Estoy de acuerdo con esto, pero solo en un sentido, que explicaré al terminar de enumerar los puntos en los que Puig decididamente no realiza ningún aporte novedoso con esta novela.
No es nuevo, dentro de la narrativa latinoamericana, introducir experimentos estilísticos como los que aparecen en “Boquitas pintadas”. Tanto el monólogo interior, como los fragmentos de cartas, titulares de periódicos, citas de libros y tarareos de canciones forman parte, por mentar un ejemplo, de “Rayuela” (1963), de Julio Cortázar, que a su vez es una novela claramente inspirada, entre otras influencias, en el estilo de William Faulkner o de John Dos Passos.
Tampoco es algo novedoso incorporar elementos de la llamada “cultura de masas” en la novela experimental, y para argumentar esto no me harían falta más ejemplos que los anteriormente citados.
¿En qué sentido, entonces, puede hablarse de una innovación? Me animaría a arriesgar la hipótesis de que la temática del machismo nunca antes había sido tratada, al menos en la literatura argentina, con la agudeza con que la trata Puig. El folletín y el estilo experimental existían; estos, al servicio de la denuncia al patriarcado, no.
En “Boquitas pintadas” Puig se revela contra la hipocresía por la cual el machismo es aceptado y promovido durante los años 30 y 40, en Buenos Aires o en General Villegas, ciudad natal del autor, que inspira la ciudad ficticia de Coronel Vallejos. Con esto, el mayor peso de la denuncia de Puig recae en el género masculino como totalidad, en el patriarcado en general. Tanto Pancho, hombre de clase baja, como Juan Carlos Etchepare, hombre de clase alta, perpetran un abuso o una violación. Para Puig, entonces, el machismo es regla, es un síntoma propio de la cultura. En la conocida entrevista que le realizó Kathleen Wheaton, para The Paris Review, Puig señala que “…el machismo es la cuestión básica de mi existencia”. Y ya que hemos hablado de “Rayuela”, veamos que la violación que sufrió la maga, durante su infancia en Montevideo, cometida por un negro del Cerro, es concebida de otra forma. Tanto por la descripción del violador (negro) como por la localización del hecho (Cerro), Cortázar parece querer explicar el acto violento como un síntoma de la cultura pobre, asentada, marginada, y no como una manifestación propia de la sociedad machista en su conjunto, presente tanto en las esferas altas como en las bajas. Esto último es lo que, a mi entender, logra plasmar excelentemente Puig, como pocas veces (o ninguna) se había hecho antes.
Estando dentro de este eje hermenéutico (el machismo en “Boquitas pintadas”), nos resulta accesible interpretar las dos grandes partes en que se divide la novela. La primera parte, “Boquitas pintadas de rojo carmesí”, se centra en la juventud de los personajes, y entre ellos, de las mujeres (Nené, Mabel y la Raba), que aplican sus energías en verse bonitas y conseguir novio, pues es lo que la sociedad espera de ellas, que se casen y no sean unas solteronas. El rojo carmesí es símbolo ineludible de la pasión, la vivacidad, el amor en su primera etapa. La segunda parte, “Boquitas azules, violáceas, negras”, presenta un tono mucho más sombrío, sobrio, de adultez, de reflexión sobre la vida. Los colores se han opacado porque las esperanzas y la fogosidad también lo han hecho. Las mujeres se casan y se dejan vivir, tienen hijos y añoran aquel amor de juventud que nunca pudo ser. Pero una segunda lectura de los colores nos vuelve a remitir a la violencia machista. Los machucones de la piel son azules, violáceos y negros; y las golpizas, como la que se narra en la radionovela que escuchan aquella tarde de reencuentro Nené y Mabel, son desgraciadamente justificadas por ellas mismas. En conclusión, Puig ha logrado, como nadie, ilustrar un fenómeno cultural como el machismo, y lo desarrolla magistralmente en un tipo de novela cuyo estilo, repito, ya venía siendo moneda corriente en la época y no supone innovación alguna.

“–Si las tropas francesas avanzan, conviene que nos vayamos de aquí, mujer. Y más rápido con esos atados de heno y esas hormas de quesillo. Cada día estás más torpe, y hasta tiemblas de miedo, ¡tonta de capirote!”
“–¿Hacia dónde iremos?”
“–A casa de mi hermano, no comprendo por qué no ha vuelto por aquí.”
“–No, a casa de él, no.”
“–No me contradigas, o te descargaré esta mano sobre el rostro, que ya sabes cuán pesada es”.
–¿Pero ésta se deja pegar? ¡qué estúpida!
–Y… Mabel, lo hará por los hijos ¿tiene hijos?
–Creo que sí. Yo lo mato al que se anime a pegarme.
–Qué porquería son los hombres, Mabel…
–No todos, querida.
–Los hombres que pegan, quiero decir.

Calificación: muy bueno.
Editorial: Sudamericana, Buenos Aires, 6ta edición, 1970.
ISBN: –

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2 comentarios en “Boquitas pintadas, Manuel Puig

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