Un niño prodigio, Irène Némirovsky

Némirovsky
Némirovsky
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“Un niño prodigio” confirma que no hacen falta mamotretos para ilustrar la vida y el destino de un personaje. El realismo decimonónico había adquirido el tic de sobrepasar la decena o veintena de páginas para describir situaciones mínimas que las buenas plumas del siglo pasado pudieron plasmar en pocas líneas, mediante narraciones más bien alegóricas.
Este es el caso de Irène Némirovsky (Kiev, 1903 – Auschwitz, 1942), que en esta novela breve (cien carillas con cuerpo de letra relativamente grande e interlineado considerable) logra plasmar acertadamente la historia de Ismael Baruch, un niño judío, hijo de un matrimonio que trabajaba en el negocio de la ropa usada, que había perdido muchos hijos apenas nacidos, y que habían sido testigos de la partida de los que sobrevivían ni bien eran hombres crecidos, para casarse y trabajar en las embarcaciones cercanas. Ismael, con diez años, se quedó como hijo único, aumentó su ración de pan y ajo y comenzó a recibir clases de gramática de parte del cura del pueblo. Pero lo que realmente le apasionaba era lanzarse a sus paseos por el puerto y, en la noche, por los bares que rondaban las costas del mar. Fue en esas noches de pescadores borrachos y mujeres de la vida que Ismael descubrió su don: sus cantos y sus poesías conmovían tiernamente a todos los que asistían al bar. A todos les comenzaban a parecer imprescindibles las noches de canto del niño prodigio.
¿Qué ocurre entonces? El talento salvaje, esencial, puro, que llevaba Ismael en su interior y que salía como un torrente irrefrenable, comienza a ser educado y exigido por el frío mundo de la burguesía (la princesa, el barin) hasta que termina por agotarse, así como terminaría rompiéndose un capullo al que quieren hacer florecer a la fuerza.
La adolescencia, además, termina por hacerle desaparecer esa percepción elemental del mundo propia de la infancia, que era indispensable para componer sus canciones. En este punto, recordamos el mito de Peter Pan, que mientras mantenía la inocencia de la niñez podía volar hasta el reino de Nunca Jamás, y dentro de la narrativa actual, al pequeño niño prodigio de “Mr. Vértigo” de Paul Auster, que justo pierde su capacidad mágica que le permite levitar y volar durante la transición de la niñez a la adolescencia.
Y, por último, el don compositivo de Ismael se diluye ante el sentimiento, inesperado, del amor que comienza a sentir por la princesa. Amor imposible desde un comienzo, pero al parecer imposible también era renunciar a él. Némirovsky ata, con brillante estilo, el nudo corredizo, típico del romanticismo, con las cuerdas del deseo y la imposibilidad, y la resolución no puede dejar de ser drástica.

El barin extendió hacia la ensortijada pelambrera del pequeño unos dedos largos y finos que el alcohol hacía temblar ligeramente.
–¿Cómo te llamas?
–Ismael.
–¿Eres judío?
–Sí.
–¿Dónde has aprendido tus canciones?
–En ninguna parte… Las invento…
–¿Quién te ha enseñado a traducir así lo que piensas y lo que sientes?
–Nadie… Todas esas cosas que digo cantan dentro de mí…
Un rictus de sorpresa recorrió las facciones del barin, pero no dijo nada. Llamó al patrón y se limitó a indicarle su botella vacía. En cuanto hubo bebido otra vez, se volvió hacia Ismael:
–Canta, pequeño… Me siento triste…
Ismael había oído muchas veces aquella frase u otras parecidas, ya que todos sus amigos del puerto acudían a él cuando estaban tristes. Conocía bien la angustia difusa, aplastante, que pesaba sobre todas aquellas almas sencillas en cuanto un momento de ocio les permitía pensar vagamente en su ruda existencia, en la injusticia del destino, en la miseria, en la muerte.

Calificación: muy bueno.
Título original: Un enfant prodige (1927)
Traducción: Miguel Azaola.
Editorial: Alfaguara, Madrid, 2009.
ISBN:978-84-204-7357-4

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