De mujeres con hombres, Richard Ford

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Ford
Ford

De mujeres con hombres está conformado por tres relatos largos: “El mujeriego”, “Celos” y “Occidentales”. El primero y el tercero parecen dos variaciones de un mismo asunto: la atribulada, adormecida e insatisfecha conciencia de un norteamericano de mediana edad que busca un nuevo rumbo para su vida luego de haber dilapidado buena parte de su juventud en relaciones fallidas, trabajos que no desean, y así. En el primero de los relatos, “El mujeriego”, Martin Austin está felizmente casado con Bárbara, detalle que no le impide tener unas cuantas aventuras poco serias cada vez que viaja a Europa por motivos laborales. Se trata de aventuras rutinarias, porque Austin es un hombre rutinario. El relato se concentra en su escarceo con Josephine Belliard, una parisina más bien insulsa que Austin conoce en un cóctel. Josephine está divorciándose, tiene un hijo bastante demoníaco y su ex esposo acaba de escribir una novela (muy vendida) en la que revela detalles más que íntimos acerca de su matrimonio. Hay que decirlo: Josephine parece la última de todas las opciones que un hombre de negocios podría elegir para retozar en París. Ni siquiera estamos hablando de una belleza arrebatadora: “Una mujer menuda y delgada, de pelo oscuro, unos treinta y tantos años y una belleza extraña: la boca ligeramente demasiado ancha y demasiado fina, la barbilla pequeña, casi hundida, pero con una tez suave de color de caramelo y unos ojos y cejas oscuros que a Austin le resultaron muy atractivos”. Tampoco la actitud de Josephine ayuda demasiado. Es parca e indolente, y no parece especialmente dispuesta a acceder a los deseos de Austin (aunque tampoco los rechace), pero lo más grave es que parece que no posee deseos propios de ninguna clase. La verdad es que de algún modo, Josephine no es nadie, es un espacio neutro, una pantalla en blanco hacia la que Austin puede proyectar cualquier expectativa. Austin, en tanto, es un imbécil. Eso puede volver este relato un poco pesado: estar en la cabeza de un imbécil. ¿Cuántas veces podemos leer las tristes peripecias de un hombre de mediana edad que busca darle sentido a su vida mediante un cambio radical (de trabajo, de país, de mujer) a su vida? Lo que aquí parece claro es que Ford sabe perfectamente que Austin es un imbécil. Este no es un detalle menor, de hecho, quizá sea el detalle que salva el relato.

En “Occidentales”, Charley Matthews es un ex profesor de literatura negra de Ohio que llega a París acompañado por Helen, su pareja actual (Matthews está divorciado y tiene una hija a la que hace dos años que no ve). Matthews es el autor de una primera novela (mala) que va a ser editada en Francia. La reunión con su editor francés sirve de excusa para el viaje. Es invierno en París, la reunión se cancela, Matthews está varado en una especie de “pozo mental”. Me refiero a que habría que clavarle un tenedor a ver si grita. Lo desesperante, tanto de Austin como de Matthews, es su ensimismamiento, la forma en la que el mundo y las personas que lo rodean son evaluadas de acuerdo a una única variable: los efectos que provocan en ellos. Austin ni siquiera se plantea este asunto. Su desconsideración hacia su esposa es flagrante, pero para sí mismo él la disfraza bajo el manto de la honestidad. Matthews dice que quiere dejar de ser el centro de las cosas, pero es incapaz de dejar de pensar en sí mismo durante más de dos minutos, hasta que todo lo demás adquiere un aspecto fantasmal. De hecho, la forma del discurso indirecto-libre de Ford, situado muy cerca de la conciencia de la entidad Austin/Matthews acaba por velar ambos relatos, velarlos con una luz borrosa. Nadie puede comunicarse realmente con ellos y sus propias palabras siempre suenan sosas, incapaces de trascender. Austin/Matthews está sumido en una soledad asfixiante, la de no comprender que las personas que lo rodean son sujetos, seres sensibles. Claro que para eso hace falta poseer la capacidad del amor, algo de lo que Austin/Matthews carece casi por completo.

-Me refiero a que piensas, en relación contigo mismo, que nada te puede cambiar. Que es como si fueras algo fijo. En tu interior, quiero decir. Te ves a ti mismo como algo dado, piensas que el viajar a algún país extranjero y las cosas que haces allí no tienen ningún efecto en ti, no van a cambiarte de alguna forma. Pero no es cierto, Martin. Porque estás diferente. De hecho estás inaccesible, y llevas así bastante tiempo. Dos o tres años por lo menos. He intentado llevarme bien contigo y hacerte feliz, porque el hacerte feliz siempre me ha hecho feliz a mí. Pero ahora ya no me hace feliz, porque has cambiado y me da la sensación de que no «llego a ti», y de que ni siquiera te das cuenta de en qué te has convertido, aunque, la verdad, ya no me importa gran cosa.

El mejor relato del libro es “Celos”, por lejos. Es muy bueno, de verdad. Uno se queda con ganas de seguir leyendo a Ford en ese tono (el tono del realismo sucio, ni más ni menos), alejado del ánimo introspectivo-psicológico de los otros relatos (aunque, claro, esto sí es una cuestión de preferencias). El argumento del relato es simple: un padre y su hijo adolescente viven en un pueblo rural del noroeste. Es la víspera del día de Acción de Gracias, y la tía del chico viene a buscarlo para acompañarlo a Seattle a ver a su madre (que se fue de la casa hace ya un tiempo). La tía ha tenido una historia con el padre del chico y, de hecho, siempre ha pensado que se casó con la hermana equivocada, sin embargo, todo esto no está rodeado de un aura ominosa: algo en la narración lo presenta como una cuestión limpia o cálida. Ese es un hallazgo. La tía Doris, en tanto, es un gran personaje, el centro del relato. Más adelante pasa algo en un bar, mientras esperan el tren, pero no puedo decir nada más aquí sin arruinarles la lectura. Y ya que estamos, advertencia, no lean (repito, no lean) la contratapa de la edición de Quinteto.

Doris decidió tomar un trago antes de entrar en la interestatal. Tenía una pequeña botella de aguardiente debajo de la visera del parabrisas, y me dijo que echara un poco en uno de los vasos de plástico que había en la parte trasera, al pie de los asientos. En el suelo mojado, además de los vasos, había un letrero de cartón con las palabras EN VENTA, un vaso de cristal, un guante acolchado para la nieve, un cepillo de pelo, un montón de postales -en una de ellas se veía a un oso bailando sobre una gran pelota de playa-, y unas fotos de Doris sentada en una mesa de oficina, con falda corta y sonriendo a la cámara. Habían sido tomadas en la dependencia de la policía de Great Falls donde trabajaba. En la esquina de una de ellas se veía parte de una bocamanga con galones de sargento.

-Son mis deslumbrantes fotos de archivo -dijo Doris, con la botella de aguardiente en la mano que manejaba el volante-. Por si olvido quién soy, o era, o por si alguien me encuentra muerta y se pregunta por mi identidad. He escrito mi nombre detrás de todas ellas.

Calificación: bueno.
Título original: Women with Men (1997)
Traducción: Jesús Zulaika.
Editorial Quinteto, 2008.
ISBN: 9788497110587

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