Ur, Leandro Delgado

Entre los cerros había una laguna. El sol atravesaba los árboles y los árboles atravesaban las nubes. Caía un polvo, tan lentamente, que parecía quieto.
Este paisaje se desvanecía en el aire, era casi transparente, porque todo eso no existía sino en un futuro extremo o en un pasado que, en cualquier caso y momentáneamente, hacía contacto con el presente en un diálogo entre épocas lejanas que eran una cavilación de la naturaleza.

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Delgado
Delgado

Así comienza el libro, con esta “Introducción anónima”, con la cual la voz que narra da la clave que, cual fractal, se expandirá y reducirá durante el relato. Había empezado ya con las sugerencias desde el propio título, portador de una fuerza inversamente proporcional a lo breve si se considera su obvio parecido al nombre del país y su identidad con la ciudad sumeria de Ur, lugar arqueológico donde campean los zigurats, tan similares a alguna pirámide crucial que hará su aparición en el relato del escritor uruguayo. La noción de tiempo se respirará durante todo el transcurso de la prosa, cuestionada, retorcida o considerada a la luz de la hipotética contracción del universo y sus consecuencias en las cosas y los seres. El otro elemento omnipresente es la naturaleza, de importancia vital en la construcción de las escenas, donde se reconocen o intuyen paisajes muy propios de nuesta geografía, aunque pasados por el tamiz del extrañamiento, ubicadas algunas especies donde otrora hubiera asfalto, desertificados acaso ciertos ambientes.
Los protagonistas son Simone, una nave consciente y blanca, el capitán, un clon rojo, unas hermanas siamesas unidas por sus manos, un gigante y, luego, una vaca consciente. Queda claro que no hay intenciones realistas sino más bien alegóricas o conceptuales, sin desdeñar el absurdo. El clon, así como otros personajes secundarios subsiguientes, evidencia un estadio civilizatorio previo donde se ha hecho uso y abuso de la ingeniería genética del modo más caótico, lo cual ha producido un montón de especies nuevas, amén de la huida de los humanos. Se advierte en esto una alusión a los debates bioéticos que ocurren por estos días, sin caer en el facilismo apocalíptico sino más bien dándole una mirada más bien humorística y algo nihilista. Se percibe, por esto y por lo ya mencionado, que el autor ha sido un consumidor ávido de las ciencias, lo que lo aproxima al terreno de la ficción científica. No encasillaría, sin embargo, a esta novela dentro del género de ciencia ficción. Diría, más bien, que se sirve de ciertas ideas para darle un apoyo a su narrativa, que probablemente haya abrevado en las aguas de Bradbury.
Volviendo a los personajes, hay que decir que gozan de unas psicologías complejas, que se exploran en el correr del relato y que son, al mismo tiempo, muy humanos, un poco sobrehumanos y otro poco caricaturas. A esta sensación probablemente la refuerce la aparición de unas ilustraciones minimalistas y muy eficientes de G. D. Galiana. Sus historias transcurren durante un viaje que al principio parece turístico y termina siendo existencial y, a partir del momento en que se sepran, son alternadas a un ritmo que insta al lector a seguir devorando páginas para ir de novedad en novedad. Es decir, tiene consideración hacia los lectores, que no suelen apreciar el sinsentido o la incoherencia que tal vez algunos vean como señales de rupturismo y genialidad. Estas novedades, amén de ser hechos narrativos, también lo son desde el punto de vista de la prosa, de una notable espesura poética, y de la ya mencionada red conceptual que late en la historia. Toda esta verbosidad no excluye los guiños al dialecto uruguayo y un humor inteligente que ataca cuando menos se lo espera. El libro, por lo tanto, es un tanque de oxígeno de imaginación para la literatura del país, y para imaginarse el país de otras formas. Constituye también una demostración de la ductilidad del escritor, que aquí adopta temas y formas muy distintas a las que se podían encontrar en su “Adiós Diomedes” y sus posteriores “Cuentos de tripas corazón”.

La extensión del territorio estaba surcada por grafías de incalculable variedad, en todas las direcciones y cuerpos posibles, estampadas de arriba abajo y de derecha a izquierda, en espirales a veces, otras esfumándose en las opacas profundidades, más bien al revés, brotando de una profundidad indecible a una velocidad que no pasaba desapercibida al ojo de cualquier vertebrado.
Los textos más superficiales se podían leer más nítidamente como es obvio y la superficie estaba cubierta de un fino cristal indestructible por lo cual los visitantes, y también el capitán, resultaban patinadores torpes sobre la pista ilustrada.
A escalas cada vez menores, se podía ver cómo la superficie generaba textos hasta el grado último de la construcción de la materia. Era posible que un átomo pudiera ser una letra conectada a otras por valencias, como guiones, por poner el caso. Pero nadie parecía advertir esta maravilla.

Calificación: muy bueno
Editado por Hum, Montevideo, 2013, 212 págs.
ISBN: 978-9974-699-46-5

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