Años luz, James Salter

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Salter
Salter

Viri y Nedra Berland son un matrimonio perfecto. Viri es arquitecto, un artista modesto, un padre esmerado, amoroso, nunca será rico pero los suyos nunca pasarán hambre. Nedra es un tipo excepcional de mujer, un misterio. Tienen dos hijas: Franca y Danny. Viven en las afueras de Nueva York, en una gran casa junto al río; tienen un perro enorme, Hadji, tienen conejos, gallinas, un poni. Organizan fiestas, cenas, meriendas y picnics; van a restoranes, galerías de arte, cines. Tienen amigos: Arnaud y Eve, Peter y Christine, Robert y Kate. Tienen una vida matrimonial, eso que podría ser entendido como el sueño realizado de toda una sociedad, la sociedad norteamericana de mediados del siglo XX. Una tarde, en el jardín de los Berland, Arnaud mira la casa, el perro, la familia, y le dice a su amigo Viri: “Eres un hombre con suerte (…) Has llegado a puerto (…) Te mueves en una realidad más amplia que otros hombres, Viri. Podría poner ejemplos, pero es patente. Es una especie de paraíso”. Este paraíso se sostiene gracias a una buena dosis de sensatez, represión y discreción, tanto por parte de Viri como de Nedra. Para ambos, lo primero son sus hijas. En cierto modo, ellas son la razón, justificación y sentido de su existencia como pareja y como individuos. Nedra tiene un amante estable: Jiván, amigo íntimo de la familia (incluso pasa Navidad con ellos). Viri conoce a una jovencita, Kaya. No hablan abiertamente de esto, pero no se trata de un engaño, sino más bien de conductas decorosas y circunspectas. Nedra y Viri están escindidos, han aceptado que la pasión ha sido expulsada del matrimonio, pero no pueden dejar de lado todo lo demás, aquello que no puede existir dentro de la pasión y que, en cambio, necesita al matrimonio para protegerlo igual que un establo protege a un caballo (al mismo tiempo que lo mantiene cautivo). Esto es Años luz, la historia de un hombre y una mujer, la forma en que comparten su juventud, su belleza, su fuerza; la manera en que se pierden. El título es un hallazgo connotativo, remite tanto a la fugacidad de los mejores años como a su luminosidad, su lejanía, su carácter difuso, inapresable. Es un gran título.

Salter narra veinte años de vida en 400 páginas. No es exhaustivo, de hecho, su talento es episódico, de modo que la novela se estructura en cinco partes formadas por unos cuantos fragmentos breves, historias que conservan su valor autónomo. Hay algo poderosamente coherente en la obra de Salter, algo que hará que un lector comprenda perfectamente la manera en que cada pieza se articula con las demás, muchas veces, con variaciones mínimas, casi con un efecto de acumulación. Quiero decir que al final, Salter siempre está hablando de lo mismo y lo está haciendo siempre de la misma forma: cuentos, novelas, autobiografía, da igual, Salter no es un escritor de registro amplio. Como lector, podría aventurar una presunción: Salter no confía realmente en su talento, por lo que ejerce un fuerte control sobre él, como si supiera que tiene sólo esa naranja y no puede desperdiciar nada de ella, ni una gota de jugo. Más allá de ciertos rasgos previsibles de su prosa, el estilo de Salter parece especialmente ajustado para hablar de sus temas elegidos: el valor de la grandeza, la fama, el éxito, la fragilidad de los sentimientos, lo fácil que se rompe un corazón, la fugacidad de la belleza, los esfuerzos de las personas por otorgar sentido a sus vidas tan trágicamente breves. La forma: encadenamiento de frases cortas (unidas no siempre por un evidente sentido lógico), descripciones de personajes a través de un puñado de detalles menores (especial fijación con las dentaduras y la piel), uso casi obsesivo de la descripción paisajística y de ambientes (con un esmero muy marcado en la luz solar). Lo mucho que Salter describe el paisaje contrasta con su lenguaje, sintético casi hasta la parquedad, cuando trabaja sobre los diálogos o la introspección.

Años luz es una historia mínima, la historia que podía asomarse en cualquiera de los cuentos de Anochecer o de La última noche, pero a la que se le ha prestado más tiempo y atención, hasta dotarla de más caladura. Es una novela superior a Juego y distracción, con la que, sin embargo, está tan unida. Hay algo notorio en ella: su personaje más importante es Nedra, su desarrollo es más profundo y complejo que el de Viri, porque, de hecho, su psicología lo es. No podemos evitar ver en ella a la encarnación de un momento histórico de lo femenino, la mujer que trasciende su deseo de realización conyugal, que encuentra un valor superior a la felicidad en la libertad. La valentía que hace falta para moverse de un mundo a otro es inmenso; el precio del desplazamiento: desgarrar su vida anterior (Nota: Años luz es de 1975; Kramer vs. Kramer, el film de Robert Benton, de 1979).

Pienso ahora que la magnitud de un libro podría ser expresada por la forma en la que sutilmente nos modifica luego de su lectura, el espacio aparentemente hueco que queda cuando uno ha terminado el libro. Muchas veces, ese vacío es el indicio del ensanchamiento del que hablaba Hesse: “En lugar de simplificar tu alma, tendrás que acoger cada vez más mundo con tu alma dolorosamente ensanchada”. El alma ensanchada por un libro, ¿qué hacer luego con ella? ¿De qué manera volver a ponerla en el mundo?

Las cicatrices dividen la vida como los anillos de un árbol. Qué juntos parecen los más antiguos, el tiempo los comprime, veinte años no se distinguen entre sí.

Ella había entrado en una nueva era. Todo lo que pertenecía a la antigua había que sepultarlo, arrumbarlo. La imagen que tenía de Arnaud con el ojo tapado con un vendaje espeso, las contusiones profundas, su dicción lenta, como un tocadiscos que pierde velocidad: eran heridas de mal agüero para ella. Señalaban los primeros miedos de la vida, la malevolencia que formaba parte de su savia, y que no tenían explicación ni cura. Nedra quería vender la casa. Estaba sucediendo algo en cada pedazo de su existencia, empezaba a verlo en las calles, era como la oscuridad, de pronto se percataba de ello: cuando llega, llega a todas partes.

Calificación: muy buena.
Título original: Light years (1975)
Traducción: Jaime Zulaika.
Ediciones Salamandra, Barcelona, 2013.
ISBN: 978-84-9838-563-2

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6 comentarios en “Años luz, James Salter

  1. Leo Cabreras, honro la grandeza que hay en ti (me refiero a tu capacidad de sntesis). Gracias por enviarme a recordar que, han pasado ta tres mil aos en que tuve deseos de comerme la primera naranja (Eva est en su gato, G.G.M, 1948)

  2. Vuelvo a la web después de un rato de no visitarles, y vuelvo con mayor gusto al ver reseña a este autor: James Salter. La reseña de «La última noche» no hizo mas que querer leerlo lo antes posible, fue de mis tres lecturas favoritas del año pasado, Cuando comienzo esta reseña no hago mas que pensar en una continuación de el libro ya mencionado y luego Leo lo confirma. Lo único seguro es que me llevo el titulo para mi próxima compra de libros. Saludos.

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