Muerte y vida del sargento poeta, Martín Bentancor

Bentancor
Bentancor
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El libro que nos ocupa
empieza bajo el mormazo,
ese término lindazo
que en sus sonidos agrupa
un calor peor que la culpa
y humedad al cien por ciento,
la cosa es que empieza el cuento
envuelto en ese pegote
donde es natural que brote
un jedor de lo más cruento.

Se presenta al narrador,
a la sazón personaje
con pluma por equipaje.
Ha instalado Bentancor
para ponerle color,
como Serafín García
con su infame Zipitrías,
a un efectivo escribiente
de graduación incipiente
dentro de la policía.

En la parte del comienzo
se siente el balido fuerte
del perfume de la muerte,
es como un llamado intenso
que poco tiene de extenso
y es de prosa bien sucinta,
jamás abusa de fintas
o rarezas del estilo,
es fácil seguirle el hilo
al verbo del cagatintas.

El campo es el escenario
que surcan los personajes
en su funebrero viaje,
se siente el suelo canario
aportando de su erario
pa las letras de un buen hijo,
que es muy sencillo y prolijo
cuando boceta su tierra,
cuando el arado le entierra
y alumbra sus entresijos.

No contaré en mi reseña
lo que encuentran en el rancho,
yo no soy de esos caranchos
que a los misterios desdeñan,
le entrego nomás la leña
para que prenda su fuego,
la narración es un juego
de esconder y de mostrar,
hay tiempo para dejar
los detalles para luego.

La cosa es que allí aparece
una empolvada libreta,
¿era del Sargento Poeta
o era el documento ese
que el escribiente leyese
propiedad de otra persona?
No era de Doña Petrona,
se los puedo adelantar,
lo que le puedo infomar
es que a la prosa destrona.

Porque desde ese momento
a las riendas de la historia
las sostienen con gran gloria
unas décimas de viento
que le hacen volar los tientos
al recao de los lectores,
hay pocas cosas mejores
que escuchar un cuento en versos,
de pronto estamos inmersos
en trotes de payadores.

Corresponde la mención
de que Martín Bentancor
es hijo de un payador
y borda con emoción
la bien criolla tradición
de acollarar consonancias
para matar la distancia
entre el hoy y los ayeres,
sus décimas son talleres
que reparan la elegancia.

En milonguero camino
el cerrillense derrama
las más valederas ramas
como el Boliche Peisino
donde se escanciaba el vino
en batallas de cantores
que buscaban ser los mejores
batidos en contrapunto,
historias de amigos juntos,
o de distantes amores.

Yo sigo en mi tesitura
de no contarles la trama,
solo les digo que hay drama
y entra en juego la amargura
aunque también la ternura
se deja oler en la historia,
se pegan en la memoria
algunas cosas que pasan
y el que la lee se solaza
con la payada y su gloria.

Un apunte interesante
es que es el escribiente,
ese de cargo incipiente,
autor contante y sonante
de esas décimas brillantes,
a la vez originadas
en las cosas apuntadas
de modo bastante exiguo
en aquel bloccito antiguo
de palabras encordadas.

Tras el inusual recurso
en nuestra literatura,
que con la rima es muy dura,
torna la prosa a su curso,
a un humoroso discurso
que, a la manera de glosas,
vuelve a sus puestos las cosas,
como aquietando las aguas
o volviendo las enaguas
a las ancas de la moza.

Se va bajando al silencio
tras la muestra de talento,
se va apagando el portento,
y es preciso ser muy necio
para negar justiprecio
al rescate fresco y nuevo
de un arte del medioevo
como es el cantar contando
o el inventar recordando
a los bardos más longevos.

Empezó a escribir sus versos
en el papel de pitar
sin que el acto de rimar
le significara esfuerzo.
Cuando llenaba el anverso
seguía por el revés
y ocurrió más de una vez
(aunque esto parezca mofa)
que se fumó alguna estrofa
reescribiéndola después.

Un cabo conversador
de apelativo Gambetta,
fue del sargento poeta
primer y único lector.
Con esforzado rigor
sus versos analizaba
y si en la rima encontraba
algún punto disonante
lo señalaba al instante
en un bloc gris que llevaba.

Calificación: muy bueno
Ediciones de la Banda Oriental, 2013
ISBN: 978-9974-1-0849-3

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10 comentarios en “Muerte y vida del sargento poeta, Martín Bentancor

    1. Yo calculaba que el aburrimiento venía tras la repetición, que no la ha habido ya que nunca escribimos reseñas en versos.
      Lo que usted llama “cantito o rima…” son décimas, un metro tradicional de nuestras letras. ¿Costumbrista? No sé, son mis palabras. Tal vez usted va muy adelante y no le convenga leer mis rusticidades.

      1. Por favor no lo quise ofender ni juzgar, el problema es mío por lo general no me gusta la poesía, entre ahora a ella con Borges.
        Disculpe fui precipitada en escribir lo que sentí.

  1. Que buena moraleja y que maravilla de comentario el tuyo…por eso con sano orgullo, te doy las gracias pr permitirme leerte y as te retribuyo. Bien por vos y adelante comandante del cantar de los cantares.

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