El origen, Thomas Bernhard

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Bernhard
Bernhard

El término castellano “trauma” proviene de la expresión griega “τραῦμα” cuyo significado es “herida”. De este modo, en el sentido médico, un trauma es el daño provocado sobre un cuerpo por una causa mecánica externa. Claro que en alemán (la lengua madre de Bernhard) “traum” significa “sueño”, y es probable que este “traum” provenga de las ramas pre germánicas del indoeuropeo, específicamente de la expresión “draum” (y, más atrás, “draumr”, “draumaz”), una palabra que acabaría por convertirse en el “dream” inglés. Así, la etimología del trauma nos deja en la puerta del mundo psicoanalítico, con una herida en una mano y un sueño en la otra. Recurro ahora al psicoanalista y escritor británico Christopher Bollas, para que nos allane un poco el camino de acceso a El origen. Pues bien, según Bollas el trauma condiciona una particular manera de organización y funcionamiento mental defensivo, repetitivo y que presta una especial atención a las cualidades negativas en el ambiente. Por lo tanto, el trauma es esencial para la configuración de la personalidad del sujeto, a la vez que un factor estructurante del discurso con el que esa personalidad se habla a sí misma y se sitúa en su percepción de la realidad.

El origen, en tanto que novela autobiográfica, no es otra cosa que el modo en que Bernhard convierte su discurso en una herramienta capaz de mostrarnos los orígenes de su trauma, a saber: su infancia en Salzburgo durante la Segunda Guerra Mundial, los años en el Hogar Escolar Nacionalsocialista a merced del director Grünkranz (oficial de las SA, imagínense eso), la rigurosa práctica de violín bajo la mirada del profesor Steiner, los bombardeos aliados sobre la ciudad, las largas horas en los refugios, la presencia constante de la muerte. Bernhard siente el horror antes de que el horror llegue, y la célebre belleza de Salzburgo le resulta repulsiva a causa de su falsedad, de su belleza tan solo aparente, pues la belleza arquitectónica está habitada, según él, por la vileza humana, que es el auténtico rostro de Salzburgo que el niño Bernhard percibe. Cuando llega la guerra, los contornos oscuros de la ciudad y su gente se acentúan. De modo que este es el relato de la destrucción y aniquilamiento de una parte de Bernhard, es el lamento por esa parte para siempre perdida y es, también, la invención de un sustituto, un relleno dialéctico que viene a subsanar como puede esa falta, construyendo una identidad pos traumática como quien fabrica una casa con los restos de otra demolida.

Hay que ponerse a prueba, darse órdenes a sí mismo y situarse en el lugar exacto. A eso estoy siempre dispuesto, porque me describo siempre, y no describo mis actos sino mi ser. Y además: muchos asuntos, que el decoro y la razón prohíben descubrir, los he dado a conocer para enseñanza de mis contemporáneos. Y además: me he fijado como norma decir todo lo que me atreva a hacer, e incluso desvelo pensamientos que, en realidad, no pueden publicarse. Y además: si quiero conocerme, es para conocerme como verdaderamente soy, hago  un inventario de mí mismo.

La escritura de Bernhard es espiralada, puede pasar muchas veces por el mismo lugar, repetir casi textualmente todo un pasaje, para proceder por acumulación y variación, cada cambio mínimo en la estructura de un pasaje respecto a su antecesor es una lenta forma de avanzar hacia el corazón de lo que desea comunicarse. No es extraño que el estilo de Bernhard sea calificado con frecuencia como obsesivo o paranoico, puesto que de hecho uno puede imaginarse el acto de la escritura como verdaderamente catártico, y, por lo tanto, terapéutico para él. Lo que hace que este acto terapéutico tenga valor para alguien más que para Bernhard es que su torrente discursivo excede por todos lados ese fin primario, desbordándose hasta convertirse en algo muy distinto, en un relato ético acerca de los muchos aliados silenciosos con los que puede contar la destrucción (de un continente, de un país, de una ciudad o de un espíritu), porque el trauma de Bernhard no es, de ningún modo, solamente suyo.

Toda la plaza, bajo la catedral, estaba llena de cascotes, y la gente, que había acudido como nosotros de todas partes, contemplaba asombrada aquel cuadro ejemplar, sin duda alguna monstruosamente fascinante, que para mí era una monstruosidad como belleza y no me producía ningún terror, de repente me enfrentaba con la absoluta brutalidad de la guerra, y al mismo tiempo me fascinaba esa monstruosidad, y me quedé contemplando durante unos minutos, sin decir palabra, aquel cuadro que todavía tenía el movimiento de la destrucción, y que formaban para mí la plaza con la catedral poco antes alcanzada y la cúpula salvajemente abierta, como algo poderoso e incomprensible. Entonces fuimos a donde iban todos los otros, a la Kaigasse, allí enfrente, que había quedado destruida casi por completo por las bombas. Durante largo tiempo estuvimos condenados a la inactividad, de pie ante los gigantescos montones de escombros humeantes, entre los cuales, según se decía, muchas personas, probablemente ya muertas, habían quedado sepultadas. Mirábamos los montones de escombros y a los que buscaban desesperadamente seres humanos en esos montones de escombros, y en ese instante vi todo el desamparo de los que pronto penetran sin transición en la guerra, al hombre completamente sometido y humillado que, de súbito, cobra conciencia de su desamparo y su falta de sentido. Poco a poco llegaban cada vez más equipos de salvamento, y de pronto nos acordamos del reglamento de nuestra institución y dimos la vuelta, pero sin embargo no fuimos a la Schrannengasse sino a la Gstättengasse, en la que se anunciaban estragos tan importantes como los de la Kaigasse. En la Gstättengasse, en la viejísima casa situada a la izquierda del ascensor del Mönchsberg, que en aquella época pertenecía aún a unos parientes míos los cuales, sin duda alguna, habían estado en casa en el momento del ataque, vi que, a partir de la casa de mis parientes, casi todos los edificios habían sido totalmente aniquilados. En el camino de la Gstättengasse, en la acera, delante de la capilla del Bürgerspital, pisé un objeto blando y, al mirar ese objeto, creí que se trataba de una mano de muñeca, y también mis compañeros de colegio creyeron que se trataba de una mano de muñeca, pero era una mano de niño arrancada de un niño. Sólo al mirar aquella mano de niño dejó de ser súbitamente ese primer bombardeo de mi ciudad por aviones americanos un hecho sensacional, que sumió en un estado febril al muchacho que yo era, para convertirse en una atroz intervención de la violencia y en una catástrofe.

Calificación: muy buena.
Título original: Die Ursache. Eine Andeutung (1975)
Traducción: Miguel Sáenz.
Editorial Anagrama, Colección Quinteto, Barcelona, 2010.
ISBN: 978-84-9711-128-7

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