Fundido a blanco, Manuel Soriano

Soriano
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Por un lado, tenemos a Lucas, estudiante de derecho pero también escritor (o al menos, autor de una novela publicada), dueño de un carácter complicado, ácido, mordaz, pero en el fondo un buen tipo. Por otro, está Octavio, también estudiante de derecho, serio, responsable, ordenado, educado, que carga sobre sus espaldas con el tremendo peso de ser hijo de un torturador en la reciente dictadura de su país. Ambos son nacidos en 1977 (como el propio Soriano, que para más coincidencias con sus personajes también es abogado) y amigos desde la más tierna infancia. Así como ambos lo expresan, sus voces se van intercalando capítulo a capítulo, van a contar la historia de lo que les ocurrió durante el año 2001, un año definitivo en sus vidas y definitivo también para el país –la ciudad, Buenos Aires- que ambos habitan.

Hay varias originalidades en el punto de partida de este drama familiar –que contiene incluso gotas de intriga, un casi misterio y hasta algo de épica aventura en su recta final- que plantea Soriano. La narrativa argentina reciente se ha ocupado poco y nada de la crisis del 2001, quizá por estar todavía demasiado cercana en el tiempo, y aunque muchas veces se ha transitado literariamente la dictadura que asolara ese país (en simultáneo con muchos otros en la región, como es el caso del nuestro) desde la perspectiva de la víctima o hijo de víctima, es la primera vez (que yo recuerde) que se asume el punto de vista del hijo de un victimario.

La historia de la amistad de Lucas y Octavio se verá paradigmáticamente interrumpida por la aparición de Julia, que propiciará un casi triángulo amoroso, pero que es probablemente mucho, mucho más. A medida que la situación entre los tres se tensa, se tensa el clima político y social del país a su alrededor, generando una asfixiante atmósfera que deja poco lugar al alivio. Este llega en ocasiones, en los capítulos narrados por Lucas, el único que permite un lugar para el humor, para la ironía, para la reflexión burlona sobre aquello que ocurre y le ocurre.

Las dos voces narrativas están perfectamente delineadas por Soriano, quien reafirma su lugar de preponderancia en la más reciente camada de escritores locales. Ya en 2010, había destacado al obtener el Premio Narradores de la Banda Oriental –Lolita Rubial con su antología de relatos “Variaciones de Koch” y antes con su novela “Rugby”, editada por Alfaguara. Soriano ocupa un rol primordial entre los autores interesados por narrar una buena historia, al igual que otros contemporáneos suyos tan relevantes como Horacio Cavallo, Damián González Bertolino o Pedro Peña, por citar sólo unos pocos. Soriano a su vez cumple roles de editor en Topito Editora, un incipiente emprendimiento de literatura infantil y juvenil, dónde ilustrado por Patricia Segovia también publicó “Las aventuras de Jirafa y Perrito”.

En “Fundido a blanco” la historia de los dos protagonistas y su numeroso elenco secundario se va torciendo como lo hace una enredadera sobre un árbol, siendo el árbol la crisis que late y late como trasfondo hasta que estalla. Y allí es que se produce aquello que da título a la novela –y que puede desconcertar a más de un lector- el final se difumina y queda corto en respuestas, en conclusiones. Tal cual lo avisara el propio Lucas en uno de sus primeros capítulos (“Por lo general me aburro de mis historias a las ochenta páginas y las termino de manera intempestiva, con la aparición deux ex machina de un grupo de zombis o de un travesti poderoso y alado.”) el relato no cierra con un moño bien atado, ese que tanto gusta a los puristas, sino que en cambio sus personajes se pierden en el humo de los gases, los disturbios de las manifestaciones, el choque con la policía o la sombra de un helicóptero que se lleva a un fugitivo presidente. Queda en el lector pensar un más allá para los personajes o decidir si los prefiere así, fundidos en blanco.

Esa tarde entré al comedor sin hacer ruido. Te quería asustar, abuela, pero alguien se me había adelantado: te encontré llorando, con la tele prendida, la cara entre las manos y los codos clavados en nuestra mesa de juegos. Te miré un largo rato sin que te dieras cuenta, sintiendo un quiebre en el universo. No hay nada más desolador, más contra natura, que ver a tu abuela llorar. Algo se rompió en ese instante. Cuando por fin notaste mi presencia, te paraste, apurada, y cambiaste de canal. Pusiste los dibujitos, donde un gato perseguía a un pájaro amarillo. Antes estadas mirando -esto lo sé ahora- un informe sobre el juicio a los militares. Al principio me rezongaste, y yo no entendía por qué, pero pronto se te pasó, me sentaste sobre tu falda, te arremangaste la camisa y, sin que te lo pidiera, me ofreciste el colgajo de tu brazo para que jugara un rato.

Calificación: buena (para arriba).
Criatura Editora, Montevideo, 2013.
ISBN: 9789974836037

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