Contra la interpretación, Susan Sontag

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Pocos juicios estético-morales han conservado su importancia en nuestra época como lo ha hecho el juicio de la coherencia entre las ideas y los actos. Juzgar a un artista, político o científico según la famosa frase “predicar con el ejemplo” es una de las prácticas éticas más corrientes en la actualidad. Todos nos hemos visto, en alguna u otra oportunidad, tentados a desenmascarar la hipocresía de una prédica, movidos por la sospecha de que su predicador ha sido el primero en faltar a la coherencia.
Los ensayos reunidos en “Contra la interpretación”, producidos desde 1961 a 1965, tienen como primer valor el logro de la coherencia. Y esto en un doble sentido: por un lado, Sontag, que demuestra su talento como crítica cultural (recorre con destreza los campos de la literatura, el cine, el teatro, las artes plásticas y la música), también ha demostrado su valía como artista (es novelista y directora de teatro y cine). Una de las razones que explican su calidad crítica es su práctica artística. Predica sobre su experiencia. Por otro lado, ciertas ideas suyas, hermosamente originales, como que la filosofía o el ensayo, al igual que el arte, son una forma de placer (placer por las ideas, en lugar de placer por los sentidos), condicen coherentemente con el alcance hedonista de este libro. Pues de un libro de 400 páginas, destinado a la crítica cultural, suelen esperarse muchas cosas, pero no que sea “divertido” o “placentero”. Este, sin embargo, lo es.
Evaluar a Sontag según su coherencia entre pensamiento y acto, además, es algo propuesto por ella misma, ya que al comienzo del libro, en una introducción que escribe en 1996 (titulada, justamente, “Treinta años después”), recuerda que:

El cambio radical que había llevado a cabo en mi propia vida, un cambio íntimamente relacionado con mi traslado a Nueva York, era que ya no pensaba instalarme como académica: plantaría mi tienda fuera de la seductora, pétrea seguridad del mundo universitario. Sin duda, había nuevas licencias en el aire, y antiguas jerarquías se habían ablandado, ya estaban maduras para derribarlas… pero no porque yo fuera consciente de ello hasta después de la época (de 1961 a 1965) en que escribí estos ensayos. Las libertades con las que me casaba, los fervores por los que abogaba, me parecían –aún me parecen– bastante tradicionales. Me veía como una combatiente de nuevo cuño en una batalla muy antigua: contra la hipocresía, contra la superficialidad y la indiferencia éticas y estéticas.

Con esto podemos decir, siguiendo la terminología de Michel Onfray, que Susan Sontag llevó “una vida filosófica”: una existencia coherente. Hizo lo que pensó y pensó lo que hizo.
Del mismo modo, pensar la coherencia de Susan Sontag tiene mucho que ver con pensarla como una intelectual de su época. Ella se encarga de teorizar y evaluar con seriedad y profundidad fenómenos artísticos innovadores para el momento, que la mayoría de los teóricos ignoraban por considerarlos fenómenos “de masa”, o en el mejor de los casos, apenas comentaban peyorativamente. Para Sontag, mirar nuevamente estas disidencias entre lo “alto” y lo “bajo”, para borrar tales nociones, es un acto de coherencia del pensamiento moderno. En “Treinta años después” dice:

Apelar a una “erótica del arte” no significa menospreciar el papel del intelecto crítico. Ensalzar una obra a la que se condesciende, en consecuencia, como cultura “popular” no significa conspirar en el repudio de la alta cultura y su peso de seriedad, de profundidad.

El libro está dividido en cinco grandes secciones La primera sección es de corte más teórico que crítico (cediendo a la diferenciación de que la teoría habla de conceptos y categorías del arte en general, y la crítica se enfoca en las posibles recepciones o interpretaciones de cierto autor, cierto libro, etc. en particular. Diríamos que una es general y la otra es específica). Allí se presentan dos ensayos: “Contra la interpretación” y “Sobre el estilo”. En ambos, la intención radica en ir más allá de las concepciones tradicionales con las que se evalúa el arte, a saberse, las nociones de “forma” y “contenido”. Para ello, Sontag redefine al arte desde una perspectiva nietzscheana que contradice la concepción dualista.

El arte es la objetivación de la voluntad en una cosa o realización, y la incitación o estímulo de la voluntad. Desde el punto de vista del artista, es la objetivación de una volición; desde el del espectador, es la creación de un decorado imaginario para la voluntad.

Y para trascender la distinción de forma y contenido, trae a colación el concepto de “estilo”:

El estilo es el principio de decisión en una obra de arte, la firma de la voluntad del artista. Y, como la voluntad humana es capaz de un número indefinido de posiciones,  existe un número indefinido de posiciones, existe un número indefinido de posibles estilos para las obras de arte.

En la segunda sección, Sontag se encarga de la crítica específicamente literaria (Cesare Pavese, Simone Weil, Albert Camus, Michel Leiris, Nathalie Sarraute) y filosófica-ensayística (Levi-Strauss, György Lukács, Jean-Paul Sartre). En ellos, busca las particularidades y elementos que han aportado al arte y pensamiento de su época. Por ejemplo, en el ensayo de Sartre llamado “Saint Genet”, dice que Sartre ha hecho la mejor aplicación de la dialéctica hegeliana jamás hecha.
Pero no todo es crítica positiva: la prerrogativa de Sarraute que busca puntualizar las características de la nueva novela (la nouveau roman) no terminaba de romper acabadamente con el paradigma psicologicista que lleva al realismo a su paroxismo.
La tercera sección es sobre crítica teatral: lo interesante aquí es que no se enfoca únicamente en los textos, sino que también evalúa las puestas en escena a las que asistía con frecuencia en Nueva York. Ionesco, Artaud, Brecht o Hochhuth se deslizan por estas líneas y nos acercamos a sus textos mediante las propuestas escénicas de los ´60 que de ellos se hacían.
La cuarta sección es sobre cine. Conjuga las críticas de películas que en ese momento están recién salidas del horno y que le interesan a ella: Jean Luc Godard, Alain Resnais, Robert Bresson, Jack Smith o las películas de ciencia ficción norteamericana y japonesa.
Por último, la quinta sección es una miscelánea que va del psicoanálisis al arte contemporáneo como el happening.
En resumen, un gran libro de crítica cultural, en el mejor sentido del término. Con una vasta erudición, pero también con un estilo intachable en su escritura y un inmenso sentido humano, una empatía sin parangón, Susan Sontag se ha ganado un merecido lugar entre los intelectuales de consulta obligada al internarse en la investigación sobre el arte moderno.

La distinción entre cultura “alta” y “baja” (o “de masas”, o “popular”) está parcialmente basada en la evaluación de la diferencia entre objetos únicos y objetos de producción en masa. En una era de reproducción tecnológica en masa, la obra del artista serio tenía un valor especial, simplemente porque era única, porque llevaba su sello personal, individual. Las obras de la cultura popular (e, incluso, el cine fue durante largo tiempo incluido en esta categoría) fueron consideradas de escaso valor por ser objetos fabricados en serie, que no llevaban un sello individual –elaboraciones de grupo hechas para un público indiferenciado–. Pero a la luz de la práctica contemporánea de las artes, esta distinción resulta extremadamente superficial.

Calificación: excelente.
Título original: “Against interpretation” (1966)
Traducción: Horacio Vázquez Rial.
Editorial: Alfaguara, Buenos Aires, 2005.
ISBN: 987-04-0081-7

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2 comentarios en “Contra la interpretación, Susan Sontag

  1. Gracias fabianmulee…un principio esttico indica que en el origen de la belleza (el nacimiento de venus de botichelli, por ejemplo) se encuentra algo siniestro, es pues tu comentario algo as como la historia de la fealdad o de la belleza de Eco. Buen comentario el tuyo eh, felicitaciones y sigue envindome reseas que me gusta leerte e invito a la comunidad ciberntica a volar con worldpress.com, puesto que en este vuelo, se toma conciencia de lo que no es obvio y se aprende a ver cada cosa con exactitud.

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