Las estrategias fatales, Jean Baudrillard

Si Baudrillard es considerado uno de los pensadores más lúcidos de la post-modernidad y el capitalismo tardío, este libro tal vez sea el más emblemático de su pensamiento, o por lo menos el trabajo donde se trenzan los vectores más firmes de su teoría, a saber: el simulacro como una forma asimbólica de realidad, el fetiche, la sociedad al margen de lo social, la afasia de los grupos, las masas, la historia como relato en suspensión y, sobre todo, la amenaza, la catástrofe del sujeto como institución crítica. En un contexto que tiende a abolir las coordenadas de su anclaje como máquina deseante, el sujeto deja de ser capaz de representar, seducir, transformar, cohesionar lo originalmente caótico. Baudrillard propone, pues, una escena apocalíptica: la catástrofe del lenguaje y del sentido en un universo donde todos sonríen, festejan, se mueven, gozan, se aparean, extasiados por lo fascinante, lo que se clava directamente en el cuerpo sin mediación alguna.

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Baudrillard
Baudrillard

El mundo se ha vuelto proclive a lo hiper, a la saturación de todo objeto, todo acto, todo fin. Cada cosa parece sentirse insatisfecha en su ser y reclama la inmediatez de un exponente, de un ir más allá que termina por bloquear  o disolver su misma esencia: el sexo más allá del sexo se vuelve pornografía, lo más bello que lo bello se hace moda, lo más real que lo real es simulacro, lo más objeto que el objeto es el fetiche, la comunicación más allá de la comunicación se torna simple circulación irrelevante de signos. Esta tendencia al plus gratuito pero voraz, que se lanza con el imperativo de algo necesario y barre con cualquier clase de obstáculo, crea un plano horizontal donde las cosas giran enloquecidamente sobre sí mismas. Esa zona de mero intercambio aplana el territorio clásico y tridimensional de la crítica, donde el sujeto se erige como punto ascendido, despegado del plano, en posición trascendente, dispuesto a pensar ya no en las cosas sino en la relación entre las cosas.

La desaparición de este universal encarnado que es el sujeto, genera un régimen de delegación donde las cuestiones morales –sostén civilizatorio de lo social- se sumen en un estado flotante: como una nube que espesa sobre nuestras cabezas y arma una tormenta que al parecer nunca se desbanda del todo, prolongando indefinidamente una amenaza desoída por la fiesta y el placer indiscriminado de las democracias neoliberales. En efecto, ya superada la etapa de la prohibición policíaca de los viejos estados, y destronado el mecanismo psicológico de represión de las sociedades conservadoras, la nueva forma de regulación social es el chantaje. Al quedar anulada la vía del lenguaje, se echa mano a una lógica terrorista: tomar de rehén una parte del otro y ponerla en amenaza para que reaccione. La vida del otro no se mata, no está viva: queda colgada de un condicional escalofriante que invita a un empuje que es hijo de la disuasión, del temor, y no del argumento. Un régimen no punitivo, sino potencialmente punitivo: paranoide.

El chantaje es peor que la prohibición. La disuasión es peor que la sanción. En la disuasión, ya no se dice: “No harás eso”, sino “Si no haces eso…”

La no admisión subjetiva y soberana a favor de algo como la libertad desfonda el sistema de responsabilidades e instala un circuito de constante movimiento de la responsabilidad. El mundo queda como un trompo dormido: gira incesantemente pero está quieto. No va a ninguna parte.

Baudrillard avanza con destreza, inteligencia, estilo, como un Tarzán enano y avinagrado por las lianas de una selva tupida de conceptos, creando lúcidas semejanzas, aunque en ocasiones prefiere la elipsis violenta, el corte brusco, y deja un reguero de blancos activos que el lector reprocha y al mismo tiempo agradece. Sus anotaciones denotan una forma de escritura que, aunque rigurosa, parece dirigida a sí mismo y no a un supuesto destinatario. Esto lo pone en una zona replegada de penumbra donde la lucidez linda con el capricho, lo claro con lo borroso, lo directo con lo indirecto.

Tal vez todo esto tenga que ver con el tema de la seducción. Pasada la mitad del libro Baudrillard clarifica y propone una inversión que ya venía ganando cuerpo desde capítulos anteriores. Si bien la teoría reconoció al sujeto y al objeto como las protagonistas imprescindibles en la dinámica del conocimiento, de un modo tácito o explicito siempre inclinó la balanza a favor del primero. En otras palabras: el sujeto históricamente ha ocupado, si se quiere, un rol de poder o de constitución respecto al objeto constituido. Es aquí donde interviene “el genio maligno del objeto”, y la teoría de Baudrillard se vuelve díscola y sugerente: en la seducción, el objeto es quien envuelve al sujeto. Es el objeto quien domina, atrapa, imanta y hasta encauza la actividad subjetivante. Ahora bien, la seducción existe y se proclama desde un punto de tensión -acaso imposible pero necesario- que se ubica entre la totalidad vacía del éxtasis y la renuncia al conocimiento. Si entendemos que la palabra dice la cosa, caemos en el reino de la estadística. Si nos resignamos a un mundo caótico y regido por el azar, el lenguaje queda igualmente derrotado. De un modo u otro el asombro desaparece. Dicho desde la teoría del lenguaje: debe pensarse o postularse algo como la no-metáfora para que la metáfora como tal exista. La seducción requiere, entonces, la presencia de algo cognoscible habitado por algo fuera del lenguaje, más allá del acto de simbolización, pero que se sabe posible de aprehender. Ese desafío ambivalente -insatisfecho pero deseante- entre la ignorancia y la conectividad pura y obscena con la cosa es, en realidad, el único punto de interés.

Hay que volver a jugar, hay que importunar a Dios para que continúe arrojando azar y abriendo grietas en el mundo, porque de esos espacios intersticiales crece el yuyo obstinado de la conciencia, las prácticas mediales, la ilusión, el fantasma, la creatividad, la búsqueda, la magia de un mundo acaso pleno y explicable, autómata, para nadie, sin historia ni motivo, pero horroroso en su verdad.

Ni la pantalla de televisión ni los sondeos representa nada. Es un error pensar que los sondeos puedan ser representativos de algo, como una palabra puede serlo de una cosa, una imagen de una realidad, o un rostro de los sentimientos interiores.

Calificación: excelente
Título original: Les estatégies fatales
Traducción de Joaquín Jordá
Anagrama, Barcelona, sexta edición (abril, 2000)
ISBN 978-84-339-0074-6

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