Extinción, David Foster Wallace

Wallace
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A veces, la lectura se parece a la puesta en escena de un combate. El escritor de un lado, el lector del otro. Si podemos sostener esta analogía un momento, lo que le pasaría al lector de Wallace (quizá, especialmente, al lector de Extinción) es que le costaría mucho definir un plan de lucha: cómo atacar, cómo defenderse, cuándo retroceder, cuándo avanzar. Uno no puede tomar una única decisión, al comienzo de la lectura, es necesario estar reajustando el lugar desde dónde leer, todo el tiempo. Esto se debe a que Wallace se comporta como un boxeador que cuenta con todos los recursos técnicos que uno pueda imaginar, un verdadero emporio de virtuosismo pugilístico-lógico-verbal (lo que uno de los personajes del libro llamaría “poder de fuego”). A veces, sin embargo, Wallace parece pelear como un idiota, golpes con la mano abierta, tirones de pelo, zancadillas, aparentes torpezas que, de hecho, preparan el terreno para los golpes que en verdad lastiman y que incluso pueden ser de knock-out. Ningún recurso parece demasiado impuro, según el criterio de Wallace. La pregunta es, ¿por qué es tan difícil pelear con Wallace? Quizá, porque nos resulta muy difícil leer fuera de nuestra “tradición de lectura” predominante. ¿Cómo definir algo tan abstracto como una “tradición de lectura”? A los efectos de esta reseña, podemos definir arbitrariamente esa “tradición de lectura predominante”, como un proceso de sedimentación de lecturas cuyos estratos más importantes, todavía hoy, pertenecen a los procedimientos narrativos del siglo XIX. Esta tradición prepara a un “lector promedio” para enfrentarse a cualquier texto narrativo de ficción con ciertas expectativas o especulaciones, y lo que Wallace se complace en hacer es frustrar sistemáticamente las expectativas de este imaginario lector promedio. De hecho, a juicio de alguien que disfrutase exclusivamente de la “narrativa bien narrada” (hablo de la estructura de comienzo, nudo, desenlace), cualquier texto de Wallace sería una tortura o un adefesio. Todo esto para decir que a determinados lectores este libro les puede parecer una porquería.

Extinción se compone de ocho relatos en los que se cruzan un buen número de fuerzas opuestas. Por un lado, es evidente la fijación de Wallace con el malestar inherente a la cultura norteamericana, las causas y manifestaciones de ese malestar. En cierta forma, este libro de relatos no se distancia de los textos ensayísticos y las crónicas periodísticas de Wallace, y aunque el impulso que los mueve es el mismo, en los textos de no-ficción hay algo que contiene su imaginación casi siempre desbocada, la necesidad de constreñirse a hechos le ofrece a su verborrea un cable a tierra o un punto de apoyo estructurante. Y por otro lado, lo que desplaza a estos relatos de ser una especie de tratado antropológico es la manera en que Wallace hace encarnar ese malestar en sujetos concretos.

Concentrémonos sólo en uno de los aspectos de este libro: el exceso de “conciencia de sí” de gran parte de sus personajes, un exceso que llega a incapacitarlos completamente para la vida. Un relato en particular, “El neón de siempre” (quizá, el mejor del libro) está centrado en un personaje cuya constitución psíquica se define en las primeras líneas:

Toda la vida he sido un fraude. No estoy exagerando. Casi todo lo que he hecho todo el tiempo es intentar crear cierta imagen de mí mismo en los demás. La mayor parte del tiempo para caer bien o para que me admiraran. Tal vez sea un poco más complicado que esto. Pero, si uno lo piensa bien, se trataba de caer bien y ser querido.  Admirado, aprobado, aplaudido, lo que sea.

En el esquema de pensamiento de Wallace, este es probablemente el gran problema de la generación que llegó a la madurez durante la última década del siglo pasado y la primera del actual. Un exceso de conciencia de sí que muchas veces deviene en solipsismo, y un solipsismo que se convierte en la explicación de la más absoluta soledad posmoderna, la soledad del ser que se ha incapacitado a sí mismo tanto para amar como para reconocer el amor de los demás. Hablamos de sujetos inmersos en una sociedad pautada por el mercado, donde todo obedece a la lógica de la planificación y la premeditación, a la búsqueda de resultados, de beneficios; el contagio de esta lógica empresarial al ámbito íntimo de los individuos (tan íntimo como la configuración de su sensibilidad) produce una verdadera catástrofe silenciosa. En parte, el gran tema de Wallace es ese: cómo preservar lo que nos hace humanos de una maquinaria posmoderna que parece haberse diseñado a sí misma para extinguir esa Humanidad. Por eso, Wallace vuelve una y otra vez a ocuparse de las influencias del mercado y los medios de comunicación sobre los individuos. Así, en “Señor Blandito” asistimos a los entresijos de un focus group para una empresa fabricante de barras de chocolate, y en “El canal del sufrimiento” se nos presenta el proceso de producción de un “artículo de interés humano” (sumamente escatológico) para una revista del tipo de People. La catarata de información que Wallace despliega puede llegar a ser inmanejable, y, en muchos momentos, uno se pregunta qué sentido tiene, pero a la larga sólo queda confiar y entregarse a la lógica del relato, siempre arbórea, exponencial e hipervinculada de un modo tal que sus efectos jamás sean unívocos. Y llegados a este punto, es necesario decir algo relevante sobre la experiencia de leer a Wallace: a veces puede ser muy difícil establecer un vínculo emocional con el texto. Algo filtra a través de la lectura, y quizá se trate de la sospecha creciente de que el propio Wallace es bastante manipulador, de que él mismo no está lejos de ese personaje que asegura que toda su vida no es más que un fraude que necesita a toda costa la admiración del lector, y que sus medios para conseguirlo (su inmenso talento) está al servicio de esa necesidad que lo vuelve, al final, absolutamente digno de compasión. El dolor, el miedo, la tristeza, esa es la materia viva sobre la que cristaliza la literatura de Wallace, una materia sensible que resquebraja la cobertura cerebral del discurso y llega a la superficie en erupciones incontenibles.

Hacia el final ella me comparó con algún instrumento médico o de diagnóstico extraordinario caro que puede averiguar más cosas de ti en un solo escaneado rápido de lo que tú podrías saber nunca sobre ti mismo: y, sin embargo, al instrumento no le importas tú, tú no eres más que una secuencia de procesos y códigos. Lo que la máquina entiende sobre ti no “significa” realmente nada para ella. (…) Beverly me dijo que nunca había sentido en nadie como en mí una mirada tan penetrante, con tanto criterio y sin embargo tan completamente vacía de preocupación por uno, como si ella fuera un rompecabezas o un problema que yo estuviera intentando resolver.

Es algo de esto, por extensión, lo que uno siente en la prosa de Wallace (y, por añadidura, uno siente lo mucho que esto apena al propio Wallace), la idea de que se está ante un escritor de una capacidad de discernimiento tan inmensa que roza el límite de lo humano.

Calificación: Muy buena.
Título original: Oblivion (2004)
Traducción: Javier Calvo.
Random House Mondadori, Debolsillo, Buenos Aires, 2007.
ISBN: 978-987-566-238-4

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Un comentario en “Extinción, David Foster Wallace

  1. Mi muy estimado leo cabrera, creo que el que posee inteligencia pugilística-lógica y verbal sos vos. Que agradable es leer tus reseñas, sos excelente.Te felicito y gracias por enviarme tus reseñas, son maravillosas…ah, creo que también he andado del brazo de un tipo que nunca era yo, jajajajaja, un fraude de vida pero vida al fin, o será que la vida, tal como la conoocemos con base en la ley de la oferta y la demanda, son también un fraude…por eso, yo me río de mí. En fin, invito a los cibernautas que sigan con atención a este pugil linguístico llamado Leo Cabreras. Muchas gracias señor!

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