El lector, Bernhard Schlink

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La primera parte de la novela está ambientada, sin especificaciones claras, en la Alemania de la posguerra. El jovencito Michael Berg conoce por azar a una mujer que lo dobla en edad, Hanna Schmidt, trabajadora del tranvía de la ciudad, y pronto comienza entre ellos un particular “affaire” sin discurso, una aventura erótica y (levemente) amorosa en la que no parece haber lugar para otra cosa que los hechos. Michael y Hannah viven en un mundo sin lenguaje, o donde el lenguaje ha sido sustituido por rituales. Y la forma en la que la voz del narrador (el propio Michael, una vez que toda la historia y la post-historia ha concluido) cuenta la novela parece más preocupada por dar cuenta de esa ausencia que por construir algo en su lugar. Y eso está bien. Quizá sea esa cierta languidez o desapego lo que hace que la primera parte de la novela funcione. Su lógica episódica logra construir la historia, al punto de que el lector podría creer que está inmerso en una bildungsroman al uso, una anécdota de iniciación en el amor, el sexo y la muerte, la manera en la que un personaje juvenil se convierte en hombre al ver perdida o manchada, para siempre, su inocencia.

Un par de detalles sobre los personajes: aunque Michael es el que habla (y habla largamente sobre sí mismo, lo que sentía, lo que pensaba), se nos presenta tan opaco como Hannah, una mujer de la que sólo conocemos acciones, muchas de ellas, incomprensibles. Son opacidades diferentes. La de Michael es la opacidad del entumecimiento, quizá un entumecimiento procedente de una saturación sensual, pues la entrada de Michael en el mundo sexual es repentina, vertiginosa y total. Se trata de una experiencia profundamente traumática, una experiencia incapacitante. Que lo que vive con Hannah, el rito diario de los baños y el sexo, responda de hecho a sus deseos juveniles, a su ardor, no quiere decir que no se trate, al mismo tiempo, de una violación; es decir, que Hannah, en su posición de poder, debió (cuestión puramente ética) no aprovecharse de los deseos de Michael. Pero, una vez más, la ética es una cuestión discursiva y lo que prima aquí es la acción pura, sin proyección, presente e inmediata. Luego, más que aprovecharse de los deseos, se aprovecha de sus habilidades: hace que le lea. El amante leyéndole a la amada, una imagen romántica. El amante letrado que otorga a su amada iletrada (analfabeta, esto se sabrá más adelante y constituye la parte de “intriga policial” de la novela) el placer sofisticado de la cultura.

De modo que lo que sabemos de Hannah desde el comienzo es que su carácter es simple y pragmático: si ve que un chiquillo ha vomitado en su portal, lo ayuda a lavarse y a lavar el vómito y lo acompaña a su casa; si el chiquillo vuelve con intenciones amatorias y ella está de humor, pasar a la acción es más o menos lo mismo que baldear la vereda: algo que hay que hacer. Hannah es un funcionario, y en calidad de tal, su rostro es tan brutalmente simple que no soporta análisis (un análisis que, de hecho, la novela no ofrece). Por el entumecimiento de uno y el espíritu mecánico del otro, estamos ante dos personajes sumergidos en sí mismos, insensibles y distantes, al punto de que establecer con cualquiera de ellos una conexión emocional (empática, podría decirse) es, cuando menos, improbable.

La novela flaquea porque no se permite a sí misma ramificarse. Esta, quizá, sea una crítica injusta, es como pedirle a un perro que tenga alas, en lugar de prestarle atención a su calidad de perro: pedirle a otra novela que sea otra novela, una que se ajuste más a los deseos o ideales del lector. Sin embargo, hasta las críticas injustas pueden ser útiles para el análisis. En el caso de El lector, la vocación demasiado evidente de focalización de Schlink deja afuera (y, a mi modo de ver, desaprovecha) muchas posibilidades narrativas que habrían contribuido a otorgar hondura y espesor, por ejemplo, al personaje de Michael: sabemos demasiado poco de su escuela, su familia, su trabajo, su esposa e hija; tan poco que todos ellos parecen ser sólo un decorado, una escenografía que contagia de falsedad al resto de la historia. No parece haber reticencia en la construcción del extra-mundo novelado, sino descuido, como si fueran mencionados porque algo hay que decir de ellos, cuando en realidad, su desarrollo habría apuntalado, y no socavado, el tronco central de la historia.

El resultado del apresuramiento evidente que se da en la segunda parte de la novela es el del desapego. Hanna es llevada a juicio junto a otras guardianas de la SS. Michael asiste a todas las sesiones. Las guardianas son acusadas de haber dejado morir quemadas a las prisioneras, atrapadas en una iglesia en llamas (¿qué diferencia a morir en un horno de Auschwitz?). Ninguna abrió la puerta. Los sucesos evolucionan de modo que Hanna asume, con tal de no confesar su analfabetismo (se trata, al final, de una mujer orgullosa, con un particular sentido de la dignidad), la mayor responsabilidad. Michael, que es el único que conoce la verdad (el analfabetismo de Hannah), se ve entonces en un dilema: actuar o no actuar. En el juicio de Hanna, Michael es el verdadero juez. Aquí es donde la visión de Schlink del nazismo y su sombra proyectada sobre las generaciones posteriores se vuelve más evidentemente simbólica y de ahí que se produzca el desapego que mencionaba antes. Hanna deja de ser Hanna y Michael deja de ser Michael, los personajes de la primera mitad de la novela, para convertirse, por extensión, en representantes de la historia alemana: la generación culpable y la generación que intenta comprender para poder juzgar y castigar. Hanna no planificó la “solución final”, pero participó de ella. No asesinó a nadie, pero ocupó un lugar en la línea de montaje del exterminio. Cumplió su función sin hacer preguntas. Acción sin discurso. La novela plantea que Hanna llega al campo de concentración por una especie de malentendido. Rechaza un ascenso en Siemens e ingresa a las SS. ¿Por qué? El ascenso habría implicado revelar su analfabetismo. A esta altura es difícil no pensar en Hanna como en una imbécil, simplemente, una imbécil útil, además. Y Michael, que bien podría decir que ella no debería cargar con más responsabilidad que las demás, también cae en el pecado de la inacción, y deja que la justicia haga lo suyo: cadena perpetua. Hanna no abre la puerta de la iglesia, Michael no abre la boca. Demasiado cansados, aturdidos o confundidos para filosofar, Schlink corta por el camino argumental más apático: “Así que acabé dejando de hablar. Lo que cuenta no son las palabras, sino los hechos; así que, bien mirado, ¿para qué hablar?” Este es un argumento que atraviesa todo el libro, como un retintín:

Al mismo tiempo me pregunto algo que ya por entonces empecé a preguntarme: ¿cómo debía interpretar mi generación, la de los nacidos más tarde, la información que recibíamos sobre los horrores del exterminio de los judíos? No podemos aspirar a comprender lo que en sí es incomprensible, ni tenemos derecho a comparar lo que en sí es incomparable, ni a hacer preguntas, porque el que pregunta, aunque no ponga en duda el horror, sí lo hace objeto de comunicación, en lugar de asumirlo como algo ante lo que sólo se puede enmudecer, presa del espanto, la vergüenza y la culpabilidad? ¿Con qué fin? No es que hubiera perdido el entusiasmo por revisar y esclarecer con el que había tomado parte en el seminario y en el juicio; solo me pregunto si las cosas debían ser así: unos pocos condenados y castigados, y nosotros, la generación siguiente, enmudecida por el espanto, la vergüenza y la culpabilidad.

Pues bien, para cuando llegamos al final del libro hay algo que comprendemos: no está entre las posibilidades de Schlink (de su talento o de su profundidad intelectual) superar el punto al que llega en el párrafo citado, titubear entre el silencio horrorizado y el discurso que habla de sus propios límites para afrontar lo inafrontable. No es suficiente decir que algo es incomprensible o incomparable, caer en la paradoja de hablar de lo que no se puede hablar, sólo para decir que no hay que hablar, que sólo queda callar humildemente, como si esa fuera la única forma de respetar el dolor. Es por eso que cuando la historia se mueve de la narrativa al ensayo-ficcional, pierde tanto de sí y se diluye hasta desaparecer siN ruido ni eco, porque el epílogo es de lo peor del libro: Michael le envía a Hanna cintas en las que graba lecturas; Hanna aprende a leer gracias a esas cintas, lee literatura sobre campos de concentración (y quizá, en su imbecilidad prístina y simple, por fin comprende de lo que formó parte), y un día antes de salir de prisión se ahorca en su celda (“cuando aumenta el conocimiento aumenta el dolor”, dice el Eclesiastés). Deja dinero para que Michael se lo dé a la hija de una de las sobrevivientes de la iglesia quemada. Ese dinero llega a una organización caritativa judía de Nueva York. Y así todo.

Calificación: regular.
Título original: Der Vorleser (1995)
Traducción: Joan Parra Contreras.
Editorial Anagrama, Barcelona, 2009.
ISBN: 84-339-0849-9

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