Nadie sabe adónde va la noche, Beatriz Vignoli

Vignoli
Vignoli
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Ricardo Rojas es profesor de literatura inglesa y norteamericana en la Universidad de Atopia (ciudad ficticia con reminiscencias rosarinas, al parecer), tiene alrededor de 50 años y, por lo que alcanzamos a saber, todavía está entero. Divorciado de su esposa, vive con su hijo, que está en proceso de mudarse con su novia. A modo de planificado arrebato, Rojas se lanza a la noche de la ciudad para buscar una fugacidad perfecta que lograse perforar su apatía de la edad mediana, su estar por estar. Así es que Rojas sale de su vida rutinaria y entra en la noche (no menos rutinaria), y aquí comienza el periplo, que también podría ser un descenso a los infiernos, salvo que Vignoli no tiene interés en ponerse tremenda con este asunto, por el contrario, el narrador esquiva siempre el peligro de tomarse demasiado en serio a sí mismo, consciente de su patetismo, de modo que el espíritu de la novela acaba siendo casi autoparódico.

¿Cuál es la fugacidad perfecta que persigue Rojas? Sexual, pero no solamente sexual. De modo que bien pertrechado con pastillitas azules, observa y espera el impacto sensible de alguna belleza que provoque en él algo más que lascivia. Rojas es un voyeur que nos ofrece un recorrido turístico-antropológico por la noche de su Atopia, sus pubs, bares, boliches y prostíbulos de alto estándar. La road movie resultante es generosa en personajes cuyas apariciones, casi siempre humorísticas o grotescas, mantienen la novela en movimiento.

Mencionemos ahora el juego metaliterario que Vignoli propone al situarse como autora sólo del prólogo y las notas del libro, mientras atribuye a Rojas la autoría de la novela, que está narrada en primera persona desde su perspectiva. No hay novedad en este asunto, ciertamente, pero tampoco eso es lo que se pretende aquí; por el contrario, la utilización del recurso aparece como una manifestación más del espíritu lúdico de todo el asunto. Hay una buena dosis de erudición aquí, una erudición que es puesta al servicio del juego y que, al reírse de su propia solemnidad, se ríe también de todos los que se la toman por algo solemne. Un claro ejemplo es el momento en que la florista lumpen (ex alumna de Rojas) recita versos de un soneto de Shakespeare trastocando algunos términos para reírse de la situación de Rojas.

Más allá de algunas desprolijidades puntuales del estilo, la novela tiene muy claro lo que quiere de sí misma y lo consigue con solvencia y despreocupación, al punto de que los aspectos más oscuros (y alegóricos) de la relación entre Rojas y Miriam, su novia judía de adolescencia, logran ir filtrándose a lo largo de esa noche hasta situarse en el centro de la historia que se nos estaba contando entre taxistas, cantineros, borrachos, niñas con medias de red y putas de ojos violetas.

-¿Qué fue lo más raro que te cogiste, Richard?
-Sólo tuve dos mujeres en mi vida.
-Eso es raro. Yo… un inglés (nos habíamos tomado cuarenta cervezas; técnicamente hablando fue sólo fellatio, mutua); un asesino (se puso a matar gente unos años después, cuando volvió de la guerra); dos rugbiers (forwards los dos, uno miraba); un matrimonio (a los dieciocho; ella tenía diecinueve y él veinte) y un psicótico.
-¿Un psicótico?
-Catatónico. Lo dibujé. Inmóvil y desnudo. Una belleza.
-Uau –dije, admirado. Fumé otra seca. Aspiré hondo.
-¿Qué fue lo más raro con lo que viviste, sin coger?
-Mis padres.
-Yo viví con un monje budista. Yo viví con un príncipe gitano de quince años que me ofreció prostituirse para mí. Yo pasaba hambre. Le dije que no. ¿Qué fue lo más raro que comiste, Richard?
-Una nuez de macadamia canadiense podrida, hoy a la tarde.
-Yo comí cucarachas.

Calificación: buena.
Bajo la luna, Buenos Aires, 2007.
ISBN: 978-987-9108-45-1

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Un comentario en “Nadie sabe adónde va la noche, Beatriz Vignoli

  1. saludos leo cabrera y gracias por tu reseña; como siempre, muy agradable leerte…aunque suene un tanto autoparadójico e ilógico de mi parte, pero bien por vos.

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