Esto parece el paraíso, John Cheever

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Cheever
Cheever

Esta es una de esas novelas que me encantaría que me gustaran. Por muchos motivos. Uno de ellos: le tengo especial afecto a Cheever. Otro: para sentir que existo en el mismo mundo que Rodrigo Fresán, que se desvive (en la coda del libro) por dar argumentos que expliquen por qué la novela es la sublime finalización de la carrera literaria de Cheever. ¿Por qué no le creo a Fresán? Quiero decir, no es que piense que se equivoca (aunque, de hecho, lo pienso), sino que no le creo que él crea lo que dice. ¿Estamos ante una flagrante deshonestidad? Pues, no me parece. Quizá, Fresán está demasiado cerca del asunto, es un especialista cuya erudición en el tema le impide siquiera considerar la posibilidad de que Esto se parece al paraíso sea una novela menor, una novela que quizá en otro contexto (si fuese la obra de otro autor) sería simplemente apartada y olvidada. Pero dado que esta es la última novela de Cheever (publicada en 1982, el año de su muerte), la benevolencia extrema de Fresán acaba por parecer una especie de malabarismo intelectual que encuentra, cómo no, la manera de no decir muchas cosas mientras dice otras menos interesantes que las que se guarda. ¿Que cómo sé yo lo que se guarda o deja de guardarse Fresán? Bueno, llamémoslo “intuición”, y todos contentos.

La novela no es, de hecho, una novela; no lo es más de lo que podrían serlo otros cuentos de Cheever de cierta extensión, con los que comparte no pocos detalles estructurales. Aquí, el protagonista es Lemuel Sears, un hombre que comienza a vivir su declive físico a la vez que intenta quemar los últimos cartuchos sexuales con una treintañera veleidosa, cuyas idas y venidas acaban precipitando (no tan sorpresivamente) al buen hombre en brazos de un ascensorista, para que descubra o confirme su bisexualidad. Mientras, en alianza con un escrupuloso e impoluto abogado, Sears entabla una demanda civil contra los turbios manejos político-mafiosos que han convertido una laguna en un vertedero tóxico lleno de muerte. Durante el invierno, Sears solía patinar en esa laguna (¿recuerdan a la madre del narrador de “El ángel del puente”, patinando un vals? Cheever ve algo místico en el patinaje). Estos son los dos arcos centrales de la novela, algo así como una lucha por la vida en dos frentes, el amoroso y el de la naturaleza, de hecho (según Fresán nos dice), el propio Cheever definió su relato como “el primer romance ecológico”. La metáfora de la purificación vitalista es evidente y no está especialmente lograda, además de las subtramas que salpican el texto (la lucha entre el bien y el mal representada por las familias de vecinos enemistadas por el tintinear de una campanilla al viento, por ejemplo), a modo de relatos encastrados en él, y que no sólo no aportan espesor, sino que tampoco son tan buenos como para sostenerse por sí mismos. La verdad es que el mejor Cheever está en otra parte.

Era, para lo que suelen ser las mujeres, relativamente puntual, y Sears había llegado a creer que la puntualidad en las citas era un indicador infalible de espontaneidad sexual. Había observado que las mujeres que llegaban tarde a una cena se retrasaban inconscientemente en sus transportes eróticos, y que las mujeres que llegaban temprano a una comida o a una cena a veces alcanzaban el clímax en el taxi que las llevaba a casa.

Calificación: regular.
Título original: Oh, What a Paradise It Seems (1982)
Traducción: Claudia Conde.
Emecé, 2005.
ISBN: 9788495908599.

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