La escoba del sistema, David Foster Wallace

Wallace
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En la carta que D.F.Wallace escribió al agente literario Frederick Hill en1985, junto con el manuscrito de esta novela, hay dos referencias directas a su edad: “Tengo veintitrés años. Esta es mi primera novela”, dice. Y, más adelante, agrega, “He sido informado por personas entendidas que La escoba del sistema no es solamente entretenida y vendible sino verdaderamente buena, en especial por ser el primer proyecto serio de un escritor bastante joven…”. Wallace ya es plenamente consciente de quién es: el excelente alumno de una de las universidades más prestigiosas y selectas del Medio Oeste (“Me gradué con sendos summa cum laude en Lengua Inglesa y Filosofía”), y un escritor en ciernes con un futuro promisorio seguramente vaticinado por profesores, compañeros y amigos (pues el joven Wallace nos informa, mientras finge mirar hacia otro lado, que estas personas entendidas le han informado de la calidad de su obra). Y esta información es útil para hacer una lectura en perspectiva que sitúe a La escoba del sistema como un antecedente interesante aunque menor (no brillante, como dice la contratapa) de La broma infinita, la obra definitiva de Wallace. De hecho, es difícil no pensar en la presente novela como un ejercicio de calistenia, el peloteo entre dos tenistas (ya que a Wallace le gustaba tanto el tenis) antes del partido. Aquí, los tenistas que pelotean son Wallace y sus intenciones, como si estuviera tomándose las medidas de su propio talento y comparándolas con las dimensiones de sus expectativas mientras prueba distintos efectos y potencias, mientras se divierte.

La forma de la novela es sumamente variable, de manera que el lector se encuentra saltando capítulo a capítulo de un registro a otro, de la narrativa más tradicional al flujo de conciencia, de la transcripción de sesiones de terapia a páginas y páginas de diálogo o de pura descripción. Hay relatos intercalados, ya sea contados por un personaje a otro, o directamente incluidos como un capítulo propio (“Amor”, capítulo 15), que es donde explota más claramente la veta meta-narrativa del asunto. Esta variedad de forma es una marca de la casa que Wallace recién comenzaba explorar y que en el futuro llevaría a niveles mucho más delirantes y complejos, pero también más acabados y coherentes, porque algo de lo que adolece La escoba del sistema es de una sospechosa inestabilidad entre sus partes, como si los enlaces que la mantienen unida fueran demasiado volátiles, lo que provoca que la historia esté siempre en riesgo de disgregación (pero, me pregunto ahora, ¿no es eso lo que pasa prácticamente siempre con Wallace? ¿La sensación de que el orden que se ha establecido es muy precario y que todo está inminentemente a punto de convertirse en caos y absurdo?).

En cuanto a la trama, es difícil hablar de ella. Diré que en cierto modo el núcleo de la novela es el personaje de Lenore Beadsman, una preciosa y excéntrica muchacha de 24 años, hija rebelde de un magnate de la industria de alimentos para bebés. La novela se pone en marcha cuando Lenore es citada en la residencia para ancianos en la que vive su bisabuela (también llamada Lenore), para informársele de su desaparición junto a unos cuantos internos más, en lo que a todas luces parece una fuga masiva capitaneada por la anciana Lenore. A partir de este momento asistimos a una rocambolesca sucesión de situaciones que pasan por la investigación detectivesca, psicológica, filosófica y literaria, hasta lo grotesco, el absurdo y la comedia física. La historia está todo el tiempo mirándose a sí misma, ya sea a partir de las sesiones de psicoterapia que tanto Lenore como su acomplejado novio, el señor Rick Vigorous, tienen con el doctor Jay; como a partir de los relatos que Rick le cuenta a Lenore cuando ella le pide “una historia, por favor” (Rick dirige una editorial y las historias que le cuenta a Lenore provienen de los manuscritos que recibe), y queda claro que nunca se trata de interpolaciones inocentes, sino que aparecen allí como elementos autónomos capaces de dialogar con la historia en la que están siendo encastrados. Y por encima de esta meta-narración hay otra, pues en paralelo Wallace aprovecha para mostrar su propia veta auto-consciente a través de las opiniones que Rick tiene acerca de las historias que cuenta:

¿Sabes de dónde vienen todas las historias tristes que recibo? Resulta que vienen de chicos. De chicos que van a la universidad. Empiezo a pensar que algo en la juventud de América va extremadamente mal. Para empezar, un número verdaderamente preocupante de ellos está interesado en escribir ficción. Y más que interesados, en verdad. No sabes la clase de cosas que recibo de gente que está meramente…interesada. Y tristes, historias tristes. ¿Qué ha pasado con las historias felices, Lenore? (…) Esos chicos deberían estar fuera bebiendo cerveza y viendo películas y perdiendo la virginidad y contorsionándose con música provocativa, no inventando historias largas, tristes y enrevesadas.

¿Son las historias de Wallace largas, tristes y enrevesadas? Pues, sí.

Es que parecía… era igual que todas esas otras cosas de universitarios problemáticos que contabas. Parecía artificial. Como si el chico que la escribió se estuviera esforzando demasiado.

¿A veces parece que Wallace se estuviera esforzando demasiado? Pues, también.

Quizá porque tienden a ser odiosamente autoconscientes. Mordazmente cínicos. O si no mordazmente cínicos, sí totalmente ingenuos. O en todo caso sistemática y desagradablemente pretenciosos.

Y también, de nuevo.

Y todos estos elementos, ordenados en una infinidad de niveles y conectados entre sí como en ese juego de mesa llamado “Escaleras y toboganes” (que es mencionado en la novela más de una vez) y que consiste en tirar el dado e ir avanzando casillero por casillero, y subiendo escaleras afortunadas hacia los niveles superiores y el triunfo, con el peligro cada vez más probable a medida que uno avanza y asciende, de caer en un tobogán. En tanto juego, la novela construye su propio universo lógico, en el que un guacamayo drogado puede convertirse en emisario televisivo del Señor y un hombre despechado puede emprender la tarea de devorarlo todo (literalmente) con el fin de crecer hasta ocupar todo el Universo. Y por detrás de toda esta locura, de este malabarismo, hay al menos un gran tema: la relación del Yo con el mundo; el Yo con el Otro y la separación entre ambos. El asunto es más o menos este: ¿cuál es la manera de establecer una relación entre sujetos que asuman su mutua independencia y completud a la vez que eligen, libremente, pertenecer o “formar parte de” algo que existe a la vez en ellos y por fuera de ellos? La dificultad de sentir y reconocer el amor para individuos que han nacido y aprendido a vivir en un mundo regido por las leyes del mercado, de adquisición, posesión y consumo. La pregunta que Wallace plantea por debajo del juego que es La escoba del sistema es esa: ¿somos capaces de eludir esta determinación para inventar nuestras propias pautas de relacionamiento o estamos condenados a la soledad? En este esquema de cosas, Lenore es el centro, porque es el objeto deseado. Prácticamente todos la desean: Rick Vigorous, Norman Bombardini, Andrew Lang, Neil Obstat, Peter Abbot, etc., y no siempre es un deseo de orden sexual, de hecho, queda claro que la relación entre Lenore y su bisabuela también es de subyugación y adoctrinamiento.

Lo que por supuesto no digo nunca ni diré es que las cosas han sido todo el tiempo de color de rosa. Mi incapacidad para estar verdaderamente dentro de y alrededor de Lenore Beadsman suscita en mí el deseo reactivo puramente natural de tenerla dentro de y contenida en mí. Soy posesivo. A veces, quiero poseerla. Lo que por supuesto no le sienta bien a una chica que siempre está asustada por la posibilidad de no poseerse a sí misma.

Así que Lenore no es realmente una persona prácticamente para nadie en esta novela (y ella lo sabe o lo sospecha y está bastante aterrada y angustiada por eso), sino solo un componente de diversos sistemas que cumple diversas funciones en ellos, es decir, que no es ella la parte determinante, sino la parte que es determinada por cada uno de los sistemas en los que ha de funcionar.

El problema era un sentimiento específico. La intuición de que sus propias percepciones y acciones y voluntades personales no estaban bajo control (…) Como si lo que ella hiciera y dijera y pensara tuviera alguna especie de… función más allá de sí misma (…) como si no tuviera una existencia real, salvo por lo que decía y hacía y percibía y demás, y que, así parecía en tales ocasiones, las cosas no estaban realmente bajo su control. No había nada puro.

En la novela, el título queda explicado cuando el padre de Lenore le cuenta cómo su abuela intentó adoctrinarlo en la idea de que el significado de una cosa no es ni más ni menos que su función. Así que la vieja se ponía a barrer la cocina y le preguntaba al niño cuál era la parte más fundamental de la escoba, a lo que el niño, luego de pensarlo un poco, le decía que las cerdas, porque si fuera necesario podría barrer sin el palo. Y entonces la vieja gritaba que había respondido eso porque quería barrer con la escoba, porque si quisiera la escoba para algo diferente, romper ventanas, por ejemplo, entonces el mango sería más fundamental que las cerdas. De lo que la vieja concluía que el significado proviene del uso, y que si el significado es esencial, la esencia es el uso. Y es esta idea la que tensa la relación entre el Yo y el Otro que mencionaba más arriba, en tanto que es el Otro el que estipula el lugar y la función que el Yo ocupará en determinado sistema, definiendo así cuál es, para ese Otro, la esencia del Yo, una esencia impuesta que el Yo podrá rechazar o aceptar, pero ante la que no podrá permanecer indiferente. Y si todo esto suena “demasiado cerebral” es porque quizá lo sea, o al menos lo que plantea es la seria dificultad de hacer vivir estas ideas en el núcleo de una novela que al final no parece ser el vehículo más adecuado para ellas porque acaba deshilachándose y volviéndose cada vez más arbitraria y menos cohesiva, como un avión que llegado a cierta velocidad comenzara a desarmarse en pleno vuelo. Sin embargo, recordemos que esto era sólo un peloteo previo al partido y los jugadores no estaban aplicándose a fondo, todavía.

Calificación: buena.
Título original: The broom of the system.
Traducción: José Luis Amores.
Editorial Pálido Fuego, Málaga, 2013.
ISBN: 978-84-940529-1-0

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4 comentarios en “La escoba del sistema, David Foster Wallace

    1. Martín:
      por algún motivo, conseguir la obra de Wallace es algo difícil en Uruguay. Esta novela me la enviaron desde Argentina. En librerías está “El rey pálido”, pero encontrar lo demás es difícil. Quizá lo mejor sea que pruebes suerte con MercadoLibre.
      Saludos.

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