Terra sonâmbula, Mia Couto

Couto
Couto
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Empecé a leer este libro en la edición que en Uruguay hizo Banda Oriental. Me atraparon rápidamente las primeras páginas, pese a lo cual algo hizo que no siguiera leyendo, tal vez algún otro libro se impuso, ya ni me acuerdo. Pero, de todos modos, me puse a investigar sobre su autor. Fue así que me topé con una larga entrevista de la que rescaté el dato de que el mozambiqueño de raíces portuguesas es un neologista compulsivo, como lo fuera el torrencial brasilero Guimarães Rosa. Entonces el libro cobró un nuevo interés: había que conseguirlo en su lengua original que, por si fuera poco, se prometía llena de africanismos.

Naquele lugar, a guerra tinha morto a estrada. Pelos caminos só as hienas se arrastavam, focinhando entre cinzas e poeiras. A paisagem se mestiçara de tristezas nunca vistas, em cores que se pegavam à boca. Eran cores sujas, tão sujas que tinham perdido toda a leveza, esquecidas da ousadia de levantar asas pelo azul. Aquí, o céu se tornara impossível. E os viventes se acostumaram ao chão, em resignada aprendizagem da morte.
A estrada que agora se abre a nossos olhos não se entrecruza com outra nenhuma. Está mais deitada que os séculos, suportando sozinha toda a distancia. Pelas bermas apodrecem carros incendiados, restos de pilhagens. Na savana em volta, apenas os embondeiros contemplam o mundo a desflorir.

En nada más que los dos párrafos iniciales se da cabalmente el tono del relato, donde resultará imposible desconectar unos elementos de otros. Aquí el ambiente, al estilo de las fotografías de los corresponsales de guerra, retrata a través de los restos cuál ha sido la peripecia humana, aparentemente de tal calibre que “hasta el cielo se había vuelto imposible.” No es menor el detalle de que el animal que se menciona es carroñero por antonomasia. Solo los baobabs parecen estar más allá de la carnicería, desde su posición de árboles totémicos, árboles templo, monumentos y mojones de la sabana africana. Solo ellos parecen ser los testigos de un mundo que “desflorece”. En este contexto hacen su aparición los personajes, un viejo y un niño que vagan por esa tierra asolada y que pronto se encuentran con los restos de un ómnibus incendiado, con todo y muertos.
Está claro que la guerra brutal vivida por Mozambique se cuela por todos los rincones, sin que pueda entenderse el relato en ausencia de esta. La guerra mata, desplaza y pone en tela de juicio todo lo que pudiera haber sido estable, aun cuando ese estado de equilibrio previo fuera una sociedad colonialista portuguesa, lo cual no representa nada especialmente halagüeño. La violencia se presenta a todos los niveles imaginables, de modo que los rasgos humanos se ven a través de la lupa de la persecución, la supervivencia (la del más débil y la del más fuerte) y las corrupciones. De todos modos, se hace imprescindible anotar que el valor de esta novela excede largamente la descripción, la denuncia o el compromiso social: late en ella la compulsión por contar historias. Y lo hace desde las voces de los africanos y su modo mítico de ver el mundo, que no tiene las divisiones de la realidad establecidas por los europeos. Así, muertos y vivos conviven –o “conmueren”-, vigilia y sueño son partes de una continuidad y los distintos niveles de ficción tienen inesperados vasos comunicantes. ¿Cuáles niveles de ficción? Podrían distinguirse uno A y otro B, siendo el primero la peripecia del niño y el viejo y el segundo la historia desgranada hoja tras hoja en los cuadernos de Kindzu, muy probablemente uno de los cadáveres que habitan el vehículo. Estos dos relatos no se explican el uno sin el otro. Y, especialmente en los cuadernos de Kindzu, las historias manan a borbotones.

Não mexia. Só ela sentia o navio ceder. Naquele destroço, o tempo parecia também naufragado. Nesse enquanto, fui um ouvidor. De cada vez que sofría uma dessas estranhas febres que lhe roubavam o corpo, Farida contava sua estória, fiava e desfiava lembranças. Eu escutava até anoitecer. Meu pai costumava dizer que a escuridão nos faz nascer muitas cabeças. Os relatos de Farida me faziam entrar no pasado dela como se eu fosse natural desse seu tempo. Minha companheira perdia a noção do mundo enquanto duravam suas recordações. Era eu que alertava para a fome, para a sede, para o frio. Comíamos e bebíamos da despensa do navio. Havia ainda demais reservas. Farida podía ficar aquí por tempos e tempos. E parecía era ese o desejo dela. E as estórias se seguiam, se repetiam, trocavam e multiplicavam.

En la cita anterior aparece la mujer, cuyo lugar es profundamente explorado a través de los relatos. Esta Farida, perseguida por una maldición supersticiosa y dueña de una belleza que perturba a Kindzu, ha adoptado como vivienda un barco encallado cuya carga se compone de unas ayudas humanitarias que nunca llegan, lo cual es otro síntoma del funcionamiento de la sociedad que se retrata. Ella es uno de los motores de la trama, repetidamente víctima de abusos y motivadora para Kindzu, que da sentido a su navegación cuando se propone buscar al hijo mulato que naciera tras una violación, un niño que acaso pueda ser visto como el símbolo de la nueva sociedad que emerge tras el colonialismo y la guerra.
El relato, o mejor dicho los relatos, se llevan con maestría y una fluidez que incita a la lectura y llega a un final emocionante. No obstante, el punto más alto de la obra es el lenguaje, no solo por su mirada poética onírica (no olvidemos el título) sino por el trabajo de creación del que es objeto, especialmente patente en la abundancia de neologismos que lo dotan de una densidad especial y necesaria para la creación del mundo. Reivindico entonces la creación de palabras en la literatura porque, a mí en particular, me remite a mis primeras experiencias como lector, cuando debía deducir los significados de las palabras, tomarles la temperatura y el gusto, aprenderlas y aprehenderlas. En definitiva, la excelencia del trabajo estilístico de esta novela remite a un goce literario que aúna la lectura del adulto y la del niño que uno siempre es. Además me permito aventurar que, en lo sucesivo, deberemos ver a Mia Couto dentro de los nombres más destacados de la literatura del mundo.

Me encostei a um tronco, a casca me almofadando o rosto, na espera de ouvir a seiva da terra. Mas a árvore onde  eu me frescava era uma terrível e ossuda planta: a árvore do demonio. Era uma dessas plantas que chora como a serpente, um lamentochão que atrai gentes e bichos. Só então reparei: o terreno todo em volta era branco, areia tão brilhosa que a noite ali nunca deveria repousar. Motivo daquela brancura: todos ossos que dormiam, restos de bichos devorados, esqueletos dos pássaros que caíam já mortos dos ramos da maldiçoada árvore.

(Me parece que el lenguaje de las citas es bastante transparente. De todos modos, si algún lector necesitare traducciones, basta pedirlo.)

Calificación: excelente
Editado por Leya, Portugal, 2013 (la primera edición fue de Editorial Caminho, 1992)
ISBN: 978-972-20-3678-8

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