Lumbre, Hernán Ronsino

Ronsino
Ronsino
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Federico Souza -nuestro narrador y protagonista, un guionista de televisión que alguna vez quiso ser poeta- recibe una llamada en la madrugada de su padre. Este le cuenta que su mejor amigo, el Pajarito Lernú, ha muerto. Ha muerto y le ha heredado a Federico una vaca. ¿Pero de dónde sacó una vaca el Pajarito? Eso su padre no lo sabe. Federico regresa a Chivilcoy después de casi veinte años, ha reencontrarse con las historias de gran parte de los habitantes del lugar. La historia de su padre, el Bicho Souza, entre ellas, pero también- evidentemente- la historia del Pajarito Lernú, del Gordo Montes (otro amigo de su padre), de Areco (un amigo de la infancia de Federico), de Sebastián Prado (un compañero de escuela), de la Renga Ravignani (su antigua maestra), entre muchos, muchos otros, y entre todas esas historias se construye pacientemente la historia del propio Federico.

También en “Lumbre” hay espacio para otras historias, que no son personales. Como la del poeta Carlos Ortiz, asesinado en dudosas circunstancias en 1910 allí mismo en Chivilcoy. Como la del libro “Sangre nuestra” que narra las incidencias de este asesinato y constituye una biografía del poeta muerto, libro que nadie encuentra y que probablemente se haya perdido para siempre. Como la de la película “La sombra del pasado”, adaptación de ese libro filmada en el año 51 pero cuyos negativos originales se perdieron en un incendio pocos años después. O la historia del contenido de los cuadernos que deja escondidos por el pueblo Pajarito Lernú donde se narran relatos invariablemente escabrosos.

Ronsino construye con paciencia y meticulosidad el pueblo de Chivilcoy y sus habitantes, su geografía donde se confunden los recuerdos de los personajes con el presente cambiado, como una cara que siempre hemos visto con mucho maquillaje y que de repente encontramos lavada y llena de arrugas. Con una prosa trabajada, densa- dicho esto sin ningún sentido peyorativo- que nos obliga en ocasiones a releer los párrafos, para masticar bien el contenido. Nos introduce en un ambiente que por momentos es onírico, por momentos es surrealista y por otros es agobiantemente descriptivo. Nos hace viajar junto a Federico Souza esos tres días que lo llevan a su pueblo natal. Nos hace hundirnos de cabeza en ese pueblo que aparenta estar petrificado en el espacio y en el tiempo.

Esta es la tercera vez que Ronsino explora este universo y estos personajes- las dos anteriores son “La descomposición” y “Glaxo” pero al no haber sido leídas por quien esto firma ignoro cuantos puntos reales tienen en común- creando un mundo propio, pero que tiene puntos en común (no sólo por la creación de un universo propio, sino por el estilo de su prosa y la composición de la misma) con William Faulkner por decir uno pero especialmente con Juan José Saer (aunque, al contrario de Saer, a Ronsino sí le preocupa que del otro lado hay un lector y por tanto sí construye una historia pensando en él). Ya puestos a comparar, el trabajo del canario Martín Bentancor parece hermanado con el de Ronsino, en esta suerte de reconstrucción mítica de sus lugares de origen (Ronsino, como se puede haber adivinado ya, es nacido en Chivilcoy) creada a partir de la memoria, tanto real como inventada.

Extremadamente recomendable es entonces “Lumbre”, estupenda manera de conocer el buen hacer de un autor argentino joven (conocido en nuestros pagos por su trabajo infantil en “Bicicleta”, ilustrado por Dennis Torena, editado por Topito) dueño de una prosa fuerte, reconocible y muy particular. Un libro que cuesta lo suyo leerlo, pero no por pesado o irregular, sino porque es de esos libros que demanda a sus lectores, los exige, pero les paga una gran recompensa.

En ese baldío, antes, se cruzaban los rieles. Desde el tanque del Agua Corriente, por ejemplo, se veía, en el suelo, un dibujo enrevesado y complejo. Era la zona de maniobras y galpones. Y en el centro de la madeja se levantaba una garita pintada de rojo que permitía el cambio de vías: algunas entraban por el corredor principal para terminar en la estación Norte. La garita tenía tres palancas inmensas. De noche, cuando se cortaba la luz o había una tormenta fuerte, me gustaba meterme en ese pequeño sucucho y, por la apertura de los terrenos, ver con claridad la hondura del cielo. Ahora es una parte del corralón municipal. Y a lo oscuro parece, más bien, el comienzo del campo. Una sábana negra que se mueve flotando en el aire. Y entre los pliegues de esa sábana negra, que flota, destellan los movimientos, el brillo leve del animal. El Viejo se entusiasma y cruza la zanja dando un salto largo. La garita estaba en una especie de isla, o península, o entrepierna femenina, como decía el Gordo Montes, y ahora esa pequeña entrepierna está rodeada por zanjas que arrastran líquidos jabonosos. Saltá, grita el Viejo del otro lado. Yo tomo envión, siento que no lo voy a lograr pero salto. Cruzo la zanja. Una parte del borde se desmorona. La tierra está muy seca. Hace rato, dicen, que no llueve. El cuerpo del Viejo, ahora que estamos adentro de la entrepierna, se mueve en la penumbra, aplastando el pasto, rodeando al animal. El animal está quieto y mira el suelo, pero de costado mantiene la atención en cada paso que damos.

Calificación: muy bueno.
Editorial: Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2013.
ISBN 978-987-1673-99-5

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3 comentarios en “Lumbre, Hernán Ronsino

  1. Ya me cansé de Ronsino. Para eso leo a Osvaldo Soriano que hace la misma mezcla de populismo barato y nostalgia de cuarta categoría.

  2. Gracias santullolee, te sigo desde centroamérica, costa rica, y es un inmenso placer leer tus reseñas, por favor continúa enviándomelas.

    El 29 de abril de 2014, 6:18, Estamos leyendo

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