Chronic City, Jonathan Lethem

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Lethem
Lethem

Chase Insteadman fue una estrella infantil de televisión y fugazmente de cine. Las regalías que le corresponden por las continuas reposiciones de una serie en la que participó le alcanzan para vivir sin trabajar en una Nueva York que no es exactamente la Nueva York de nuestra realidad, pero que no está ubicada en el futuro, sino en algún punto paralelo al comienzo del siglo XXI. Este carácter impreciso le confiere a la novela un aire equívoco que va envolviéndose sobre sí mismo hasta tocarlo todo, y es uno de los grandes aciertos de Lethem. Insteadman es un chico bonito cuya novia astronauta se encuentra varada en órbita, atrapada junto a sus compañeros de misión en una estación espacial rodeada por minas explosivas. Las cartas que la astronauta le escribe a Insteadman son publicadas en el Times, de modo que el drama romántico-orbital entre Insteadman y la astronauta es parte del conocimiento popular de la ciudad, que sigue los pormenores del asunto como si se tratara de una teleserie más. Este es sólo una de las subtramas que componen “Chronic City”, cuyo cauce central es el excéntrico Perkus Tooth, un ex-crítico de rock, erudito de la cultura pop y verdadero agente revulsivo en su lucha personal contra algo más grande y ominoso que todo lo que se ve a simple vista, una fuerza adormecedora que según él se cierne sobre la ciudad y sus habitantes. Perkus Tooth sufre terribles cefaleas que lo incapacitan durante semanas y a veces vive ciertas experiencias trascendentes que él llama “elipsis” durante las que entrevé relaciones complejas (y delirantes) entre personajes del mainstream de la cultura y el entretenimiento con el andamiaje que sostiene la fachada de la realidad circundante. Una realidad que parece estar llena de hoyos, de hecho, los cráteres mastodónticos que un escultor extravagante abre en las afueras de la ciudad; los derrumbes que provoca “el tigre” una supuesta máquina excavadora fuera de control; y hay más. Una vez presentados los elementos y personajes centrales, Lethem comienza a jugar con ellos como si estuviera haciendo malabares. Y resulta bien porque Lethem es bueno haciendo malabares. Nos interesa saber hacia adónde van los personajes, los acompañamos aún en sus excursiones más descabelladas, les creemos y compartimos su entusiasmo. A cierta altura uno comprende que no va a haber una conclusión, que el clima ominoso planteado no admitirá una resolución que venga a servir de cordel que ate el paquete, pero la novela no lo necesita, le basta con diluirse en un lánguido epílogo, lejos de la inocencia y candidez que habría hecho falta para proponer soluciones concluyentes a algunos de los problemas (muchos de ellos, profundamente filosóficos) planteados, de los cuales uno de los más interesantes es el de la soledad que espera, en el mundo de los simulacros, a aquel que decide no ser un simulacro.

-La teoría de los mundos simulados defiende que, inevitablemente, el poder informático llegará a tal nivel que podrá crear una simulación de todo el universo, con todo detalle, y poblarlo con pequeños seres simulados (…) que se crean vivos de verdad. Si estuvieras en uno de esos mundos simulados nunca lo sabrías. Cada detalle sensorial sería tan completo como los del mundo que nos rodea, como el mundo tal y como lo conocemos (…).
-(…)Si aceptamos que las probabilidades de que ya haya ocurrido resultan abrumadoras, entonces no somos más que uno de tantos universos paralelos, una serie de experimentos para ver cómo se desarrollan las cosas. Pues eso, para saber si acabamos destruyéndonos con armas nucleares o nos convertimos en una comuna hippy gigante o lo que sea. Podrían existir trillones de simulaciones a la vez (…).
-El problema -prosiguió Oona- es que nuestra realidad solo podría continuar si fuera lo bastante informativa o entretenida para merecer la inversión informática. O, en cualquier caso, siempre que no la usásemos demasiado para que no nos desconectasen. Eso dando por sentado que hay límites para esa clase de recurso, tal y como apuntan nuestras leyes físicas. De modo que en cuanto desarrollásemos ordenadores capaces de crear sus propios universos virtuales, como Otro Mundo Más, devendríamos en un gasto considerable para su capacidad informática. Es algo exponencial, porque entonces también tendrían que generar todas nuestras simulaciones. Llegado ese punto ya no valdríamos la pena, nos habríamos gastado el presupuesto destinado a nuestra pequeña simulación particular. Sencillamente tirarian del cable (…).

Calificación: muy buena.
Título original: Chronic City (2009)
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz.
Editorial Sudamericana, sello Mondadori, Buenos Aires, 2011.
ISBN: 978-987-658-084-7

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