Clases de literatura, Julio Cortázar

Cortázar
Cortázar
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Con motivo de los cien años del aniversario de Cortázar, se han publicado las desgrabaciones (a cargo de Carles Álvarez Garriga) de los cursos de literatura que el escritor argentino dictó en la Universidad de Berkeley, California, en el año 1980, durante varios jueves de otoño, a las dos de la tarde, en un salón en el que, al parecer, se pasaba mucho calor.
Dos puntualizaciones hacen interesante esta publicación: 1) Cortázar había dicho que no a esta invitación (y a otras similares de otros lugares de Estados Unidos) en reiteradas oportunidades. De modo que los jóvenes norteamericanos lo esperaban desde hacía tiempo, y con mucho entusiasmo. 2) En todo momento, a pesar de las insistentes preguntas de los alumnos acerca del contexto político latinoamericano, así como las peticiones de toma de postura en tal o cual eventualidad, Cortázar nunca abandona los ejes temáticos de las clases, que son estrictamente literarios. Hoy en día, esa división así hecha, tan tajante, no tiene ningún sentido, pero en 1980 ser “escritor latinoamericano” o ser “latinoamericano escritor” (como gustaba definirse el propio Cortázar) era una decisión que todo escritor hacía, explícita o tácitamente.
El contenido del libro está dividido en las ocho clases de los ya mentados jueves calurosos, más dos conferencias que, en instancias más formales y sin preguntas del auditorio, pronunció intercaladamente mientras duró su estadía en el estado californiano, y que cierran el libro en forma de apéndice.
La primera clase se llama “Los caminos de un escritor” (todos los títulos, que en la mente de Cortázar nunca llegaron a existir, los consigna el propio Álvarez Garriga, deduciéndolos de los temas tratados en cada clase) y en ella el autor de “Rayuela” comparte algunas experiencias como creador. En este primer encuentro, Cortázar ya se sincera con los estudiantes:

Tienen que saber que estos cursos los estoy improvisando muy poco antes de que ustedes vengan aquí: no soy sistemático, ni soy un crítico ni un teórico, de modo que a medida que se me van planteando los problemas de trabajo, busco soluciones.

Y, como lector, uno agradece esa sinceridad continua en el libro. Quiero decir que Cortázar juega limpio en todo momento.
Creo que lo sustancial de esta parte es que el autor se mira a sí mismo y divide su camino creativo en tres etapas bien diferenciadas: la estética (donde el mojón son los primeros cuentos de “Bestiario”, efectistas y fantásticos la mayoría); la metafísica (donde se abandona el mecanismo puro para indagar en la interioridad de los personajes. Esto se insinúa en “El perseguidor” y se colma en “Rayuela”); y la histórica (donde la realidad política de la época asoma cada vez más, logrando, por ejemplo, “El libro de Manuel”).
Las clases dos y tres las utiliza para tratar el tema de lo fantástico: en la primera, hace hincapié en el tratamiento del tiempo (donde traza un paralelismo entre tres cuentos cuyas tramas se ven estructuradas por los misterios temporales: “El milagro secreto” de Borges, “Eso que pasó en el Arroyo del Búho”, de Bierce, y “La isla a mediodía” del propio Cortázar); y en la segunda, de la fatalidad (donde expone algunas lecturas interesantes sobre “Calor de agosto” de Harvet y sobre sus cuentos “El ídolo de las Cícladas” y “La autopista del sur”).
La cuarta clase es sobre el cuento realista. Allí tienen lugar la lectura completa de “Apocalipsis de Solentiname”, un comentario posterior acompañado de agudas preguntas, una hipótesis sobre la literatura de Kafka como una especie de realismo que Cortázar se inclina a llamar “Realismo simbólico” y finaliza con la lectura de su cuento “Con legítimo orgullo”, que está dedicado, en su epígrafe, “in memoriam K”.
La quinta clase es sobre la musicalidad y el humor en la literatura. Con respecto a la musicalidad, lo importante es que Cortázar aclara que no se refiere a la musicalidad que se busca en la poesía, por ejemplo a través de las aliteraciones, sino de un sentido preciso del ritmo que adquiere la prosa a medida que se la va construyendo, puntuando y gozando (sobre todo, gozando). En este punto lamenta no poder teorizar definiciones al respecto y espera que el intento de comunicar una experiencia intuitiva de escritor pueda surtir efecto. Y en cuanto al humor, Cortázar lee varios textos cortos de su autoría y comenta con brillantez autores que utilizaron la comicidad como Macedonio Fernández o Ramón Gómez de la Serna.
La sexta clase es una serie de proposiciones sobre la escritura de “Rayuela”, sobre todo como ejercicio lúdico, en el mejor sentido posible de la palabra. También, como suele hacerlo, habla de otros escritores, en este caso que hayan escrito ciertas obras de carácter lúdico (entre los ejemplos, destella la experiencia literaria de “La desaparición” de George Perec, novela en la que no se utiliza ni una sola vez la letra “e”). En esta clase, el lector uruguayo podrá alegrarse (al menos eso me ocurrió a mí) cuando Cortázar (que con frecuencia se muestra opositor de la crítica literaria, en el sentido de que muchas veces esta actividad cae en el desmembramiento impúdico de una obra) le da la derecha a la interpretación que Ángel Rama hace de “El perseguidor”, diciendo que es una pequeña “rayuelita”. Cortázar admite no haber percibido eso hasta que leyó a Rama, y le pareció un buen hallazgo del crítico montevideano.
En la séptima clase, además de terminar con ciertos aspectos de “Rayuela” que no habían sido cerrados la clase anterior, se dedica a hablar, en primer lugar, del “Libro de Manuel”, del que comenta algo muy interesante: dice que mientras lo escribía sabía que su recepción iba a ser muy cuestionada. El ala derecha diría que perdía su tiempo en escribir sobre temas políticos cuando era tan bueno con la literatura fantástica, y la izquierda diría que era una irresponsabilidad escribir con esa liviandad sobre temas tan escabrosos. Dicho y hecho. Las recepciones fueron exactamente esas. Cortázar se vanagloria, con la sonrisa irónica y torcida con la que nos lo podríamos imaginar, de su capacidad premonitoria. Luego cuenta una anécdota excepcional sobre una tira cómica mexicana llamada “Fantomas”, en la que él aparece como personaje sin haber sido avisado con antelación. Lo que no tiene desperdicio de la anécdota es lo que él hace luego de leer la tira cómica.
La última clase es sobre el erotismo en la literatura latinoamericana. Cortázar denuncia (y se autodenuncia hasta la época de “Rayuela”) la extremada precaución que han tenido muchos escritores latinoamericanos, así como la torpeza receptiva que han tenido los críticos latinoamericanos, a la hora de escribir o analizar, respectivamente, una escena erótica en determinada obra literaria.
Las clases se cierran con una despedida un tanto emotiva y con la invitación de Cortázar a todos aquellos que escriben para que sigan en contacto con él y le envíen textos.
Las dos conferencias finales (“La literatura latinoamericana de nuestro tiempo” y “Realidad y literatura. Con algunas inversiones necesarias de valores”) resultan engorrosas dado el tono jocoso y amistoso con que se viene desarrollando el libro debido al “ida y vuelta” que se generaba en las clases, y que le otorgan a la lectura un ritmo por momentos (las más de las veces) vertiginoso y en todo momento ameno. Bien podrían no haber estado, y el libro seguía siendo igual de jugoso, y bastante más cohesivo.

…pensando en el humor de la literatura, que si uno analiza el fragmento que contiene ese elemento de humor, la intención es casi siempre desacralizar, echar hacia abajo una cierta impostura que algo puede tener, cierto prestigio, cierto pedestal. El humor está pasando continuamente la guadaña por debajo de todos los pedestales, de todas las pedanterías, de todas las palabras con muchas mayúsculas. El humor desacraliza; no lo digo en un sentido religioso porque no estamos hablando de lo sacro religioso: desacraliza en un sentido profano. Esos valores que se dan como aceptados y que suelen merecer un tal respeto de la gente, el humorista suele destruirlos con un juego de palabras o con un chiste.

Calificación: bueno.
Editorial: Alfaguara, Madrid, 2014.
ISBN: 978-84-204-1516-1

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