La niña del pelo raro, David Foster Wallace

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Wallace
Wallace

¿Qué es lo raro en Wallace? Hace unos días, un amigo me hizo este comentario: “Me doy cuenta de que lo que más me gusta de los cuentos de Wallace es lo que menos se parece a la narrativa”. Creo que mi amigo le dio al exacto centro neurálgico del asunto. Una de las primeras cosas que noté en los textos de Wallace fue su vocación de desafiar a su lector de muchas maneras: desafiarlo en tanto lector de ficción, desafiarlo en tanto lector de narrativa, y así. Es una propuesta arriesgada desde el momento en que ese desafío implica una frustración, dado que el lector de narrativa está tradicionalmente acostumbrado a prever elementos en el transcurso de la lectura. Esta previsibilidad, que es mucho mayor en la literatura de género, no está ausente, ni mucho menos, de la narrativa considerada “bien escrita”, “culta”, “de calidad” o “seria”. La previsibilidad, además, es cómoda, tranquila, segura, y (cuando está dosificada en combinación con buenas dosis de peripecia y acción pura), también es divertida. Por si fuera poco le hace sentir al lector que está en control, que es inteligente, perspicaz y “parte de”: parte de una tradición del lenguaje, una tradición cultural e incluso una tradición de clase. No me estoy refiriendo aquí, necesariamente, a una previsibilidad en las tramas, sino a algo que de hecho puede verse incluso a un nivel sintáctico: en el transcurso de una frase o un párrafo, como si sonara en la radio una canción que no conocemos, pero cuya lógica melódica nos dicta con anticipación cuál será la próxima nota o qué instrumento entrará en juego dentro de un segundo. La masificación del entretenimiento, y, más profundamente, de las estrategias del entretenimiento, lo ha permeado todo. La narrativa “seria” no tenía por qué escapar al fenómeno. Cuando hablo de la masificación del entretenimiento estoy pensando en la proliferación de medios para trasmitir historias y en la vocación de esas historias por ser divertidas. Estamos atravesados de narraciones. ¿Cuántas películas ve una persona en un año? ¿Cuántas habría visto esa misma persona de haber nacido 50 años antes? ¿Cuántas canciones formaban el universo musical de una persona en 1914? ¿Cuántas lo forman hoy? Y, entonces, ¿cómo afecta esto el lugar desde el que abordamos una historia en la actualidad? Todo ese inmenso bagaje, ¿es una ventaja o un lastre? ¿Amplía la mirada o la reduce por exceso de experiencia y lucidez que más tarde o más temprano se convierte en el cinismo del que “lo ha visto todo”? ¿Qué parte de toda esa “experiencia mediada” que es el arte es simplemente basura? Pensar que la marea narrativa afecta sólo a los “consumidores”, y que los “productores” se mantienen por encima de ella, perfectamente conscientes de las influencias que se ejercen sobre ellos, es de una candidez que me llena de ternura. Aquí entra Wallace, un escritor tan consciente (y consciente de ser consciente) que casi duele leerlo, y, a la vez, un profundo conocedor, consumidor y crítico de la cultura pop. Un saboteador que se ha preocupado de conocer la máquina que quiere (?) desmontar.

Vuelvo a la afirmación de mi amigo sobre su preferencia por los textos ensayísticos de Wallace frente a sus textos de ficción. A mí me cuesta separar la obra de Wallace por géneros. Encuentro tanta ficción en sus ensayos y tanta argumentación en sus narraciones que a la larga lo que importa es que todo se dirige al mismo lugar o que cada página es una forma diferente de atacar el mismo asunto. ¿Cuál es ese asunto? Si tuviera que arriesgar, sin pretensión de dar una respuesta absoluta, diría que es la búsqueda de lo que perdimos, el dolor fantasmal de la pérdida y el diagnóstico de eso en lo que nos convertimos al perderlo. Pónganle el nombre que quieran. Y mientras Wallace hace esto, tirando de su talento para buscar y buscar distintas maneras de acceder a un lugar en el que eso se vea con la mayor cantidad de verdad posible, construye algunas piezas increíbles y monstruosas. La monstruosidad esperpéntica tiene ilustres representantes en este libro de relatos: “John Billy” con su atmósfera inicialmente faulkneriana que deriva en el delirio psicodélico/místico/onírico, es un buen ejemplo, pero no alcanza las altísimas cotas de “Hacia el oeste, el avance del imperio continúa” que narra, en clave road-movie, las horas previas a una masiva reunión de todos los que alguna vez han participado en una publicidad de McDonald’s, en el pueblo de (nada menos que) Collision, Illinois.

En Wallace, todo es inminente. Muchos de sus relatos funcionan mediante un incremento progresivo de tensión que parece no tener ninguna solución, no es posible, siquiera, esperar que todo estalle; en todo caso, el estallido queda fuera de cuadro. ¿Qué es lo que impide el alivio catártico? Casi siempre, el miedo. ¿Y si es el exceso de reflexión el que paraliza la acción? Nada se mueve porque no hay espacio libre, todo ha sido llenado previamente con las infinitas interpretaciones de cada acto. Eso se ve particularmente claro en “Aquí y allí”, donde un hombre que ha ido a refugiarse a la casa de unos parientes en el medio oeste vive un verdadero suplicio mientras intenta (y fracasa al intentar) reparar una vieja cocina.

No sé qué hacer. Podría conectar el haz de cables del horno principal a la clavija de salida de uno de los fogones en el circuito de distribución, pero no tengo ni idea de qué cantidad de corriente térmica se transmitiría entonces al fogón. No hay manera de saberlo sin datos sobre los coeficientes de resistencia del compuesto metálico de que están hechos los fogones. La corriente necesaria para poner el horno en posición de TIBIO ya bastaría para fundir un fogón. Estoy a punto de llorar.

Podríamos pensar que es el actual estado del personaje, que se llama Bruce (una verdadera y profunda crisis personal, el no va más) la que lo ha puesto en un punto tan frágil como para ponerse a llorar por no poder reparar un electrodoméstico, pero la verdad es que los mismos problemas de procedimiento que manifiesta ante la cocina rota son los que lo han llevado a ese punto de fragilidad general. Al buen Bruce hay ideas que le han comido el alma. ¿Qué ideas? Ideas como estas:

—Es el Aquí. Es el Ahora. Las bellezas por venir deberán ser nuevas. La invité a ver el renacimiento de un cristal: frío y plano como una pastilla. Fibras brillantes parpadeando en matrices estéticas bajo un floreciente amanecer de sodio. Lo que nos conmueve y por tanto nos guía es lo que está vigente. Preveo el surgimiento inminente de una enorme desnudez, de una limpieza inmensa que borboteará en todos los rincones del significado. Huelo cambios, que traerán consigo alivio, igual que la húmeda promesa de un chaparrón de verano. Una nueva era y una nueva comprensión de la belleza como campo y ya no como lugar geométrico. Se acabaron los conceptos uni-objetivos, la contemplación, el cálido efluvio de los tréboles, los regazos que respiran aguadamente, las historias como símbolo, los colosos. Se acabó el hombre, el apoyar la frente en el puño, el llevarse la mano al escote, entendidos en términos de mamporros, de ruidos sordos, de naturaleza agitada, una naturaleza a su vez concebida como algo coloreado, dotado de forma e investido de un olor, algo que ofrece significado en virtud de sus cualidades. Se acabaron las cualidades. Se acabaron las metáforas. Números de Gödel, gramáticas libres de contexto, autómatas finitos, funciones de correlación y espectros. Un aquí que ya no sea sensual sino causal y eficaz. Un aquí entendido de la manera más íntima. Electrónica de plasmas, sistemas de gran escala, amplificación operacional. Admito que me veo a mí mismo como un esteta de lo frío, de lo nuevo, de lo correcto, del Aquí veraz e impecable. Variable como la ley de Poisson y morfológicamente denso: piezas cuya forma, dimensión, carácter e implicación puedan expandirse como sargazos a partir de un criterio de función y una estructura de relación simple. Odas a y de Green, Bessel, Legendre y Eigen. Sí, ha habido momentos en este último año en que casi he tenido que resguardar mis ojos ante el reflejo del procesador de texto: yo mismo me he convertido en axioma, en lenguaje, en regla de formación y al parecer he desprendido un brillo blanco como un filamento incandescente por un fuego justiciero.

¿Prestaron atención a “Se acabó el hombre”, “Me he convertido en axioma”, etc? Bueno, ¿qué cabe esperar si uno, o una parte de uno, realmente se convence de algo así? Ponerse a llorar de rodillas en el suelo engrasado detrás de una cocina rota parece una sencilla consecuencia. ¿Y entonces? ¿Cuál es la solución? ¿Hay posibilidades de retroceder?

Estoy detrás de la cocina, mi tía está arrodillada a mi lado y me pone la mano en el hombro. Me parece que tengo miedo de absolutamente todo lo que existe.

Esto también se observa en “Di nunca”, relato polifónico en el que se contraponen las miradas de un grupo de personajes sobre un hecho familiar: un hombre decide dejar a su mujer y a sus hijos por la que hasta hace poco era la novia de su hermano. Nada más trivial, estamos prácticamente ante un caso de manual para un talk show de la tarde, sin embargo, lo excepcional es la forma y el modo en que el sujeto, el académico Lenny Tagus, elige comunicar su decisión a las partes interesadas e involucradas. Véanlo:

Pongo en conocimiento de ustedes que el que escribe, Leonard Shlomith Tagus, Sr. y Dr., autor de El movimiento en poesía: el tema de la velocidad en la poesía de la República de Weimar, monografía cuyos derechos de autor por encima de los tres ceros se prevé que se acumulen en el año fiscal de 1985; único teutonista de la Northwestern University; estudiante, profesor, hijo, padre y hermano; «el más astuto de los marineros connubiales», ese mismo L. S. Tagus, después de haber navegado durante nueve años entre la Escila y Caribdis de la Inclinación Personal y el Oportunismo, en el día de hoy, 21 de febrero de 1985, ha cometido adulterio, en cuatro ocasiones, con la señorita Carlina Rentaria Cruz, antiguamente amada por mi hermano, Michael Arnold Tagus; que el que escribe prevé episodios ulteriores del mismo adulterio; y que dichos episodios, tanto los pasados como los que muy probablemente acontezcan en el futuro, serán puestos en conocimiento de la esposa del que escribe, Bonnie Flutterman Tagus, entre la 1.00 y las 2.00 pm (hora del almuerzo) del día de hoy.

Cuando se disipa el efecto humorístico que naturalmente causa el hecho de ver cómo un lenguaje técnico-burocrático es utilizado en un ámbito que pide a gritos otras formas, lo que queda es otra cosa: Lenny no solo habla así, también piensa y siente así, su lenguaje hiperespecífico (eficaz, pero totalmente inútil al mismo tiempo) no está ocultando algo, está mostrándolo. En el relato, la madre de Lenny y el señor Labov otorgan el contraste necesario, provienen de otro mundo, hablan y sienten de maneras muy diferentes a las de las personas como Lenny Tagus. Así habla Labov:

Si mi difunta esposa Sandra estaba aquí con nosotros esta noche, yo contaría a ella, en privado, muchas cosas sobre vejez, el frío, dificultades con las escaleras, la piel reseca como el papel, con salpicaduras marrones y las uñas amarillas, y que Labov cree que nos volvemos como animales. Se nos ponen garras en las manos, el rostro coge la forma de nuestra calavera y los labios se van para atrás y enseñan nuestros dientes como si vamos a gruñir. Anguloso, viejo y gruñón: no me extraña que a nadie le importe mi dolor más que a otra gruñona como yo.

La invitación tácita de Wallace es a que nos planteemos qué distancia hay entre un mundo y otro. ¿Qué quedó por el camino en el trayecto que nos llevó desde el mundo sensible de Labov hasta el mundo analítico de Tagus? ¿Pertenecen Labov y Tagus a la misma especie?

Bien. Yo comprendo que muchos lectores puedan desilusionarse con Wallace. Puedo entender que se sientan frustrados durante muchas y muchas páginas, que crean que están frente a un tipo que habla sin ton ni son, sin pies ni cabeza, y sé que es muy probable que se sientan hastiados y que quieran apartar el libro y olvidarse de esos párrafos que ocupan decenas de páginas y del caos de sus notas al pie. De verdad, soy consciente de que ese es el riesgo implícito en una literatura como la de Wallace, pero si le dan las suficientes oportunidades al libro (y si se las dan a sí mismos como lectores de ese libro, el que sea) habrá muchos momentos llenos de sentido para ustedes.

Calificación: muy buena.
Título original: Girl with curious hair (1989)
Traducción: Javier Calvo
Editorial Debolsillo
ISBN: 9788497596954

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2 comentarios en “La niña del pelo raro, David Foster Wallace

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