Amistad de juventud, Alice Munro

*****
*****
Munro
Munro

Uno de los aspectos de la literatura de Munro que más me gusta es la forma en la que cada tanto la voz narradora desliza su escepticismo acerca de lo que sabe de la historia o qué derecho tiene ella a hablar así de tal o cual personaje. Si lo hiciera excesivamente, sería un incordio, ciertamente, pero Munro tiene el tacto necesario para no hacer nada excesivamente. ¿Por qué me gusta que Munro haga estos comentarios? Porque le otorgan a la lectura todo un nuevo nivel de significación; con un solo movimiento, espesan el texto. Vean un ejemplo extraído del primer relato del libro, “

Habría querido decirle que yo sabía, que yo conocía su historia, aunque nunca nos hubiésemos conocido. Me imagino a mí misma intentando decírselo. (Esto ahora es un sueño, lo entiendo como un sueño.) La imagino escuchando, con una agradable compostura. Pero sacude la cabeza. Me sonríe, y en su sonrisa hay algo de burla, una tenue y confiada malicia. Aburrimiento, también. No le sorprende que le diga esto, pero está cansada de ello, de mí y de la idea que tengo de ella, de mi información, de que me imagine que puedo saber algo de ella.

Sí, me gusta que Munro desbarate así la petulante presunción que viene con la idea de que podemos conocer algo externamente y que podemos reconstruirlo y trasmitirlo mediante el discurso. Un apego demasiado fiel a esa idea nos llevaría al silencio: la nada es perfecta, pero está muerta. Las historias de Munro, por el contrario, están vivas. Decir algo así es lo mismo que no decir nada. Me refiero a que su literatura tiene una cualidad expansiva y orgánica, algo que quizá explique por qué sus relatos entroncan tan bien unos con otros, construyendo una obra de bordes aparentemente mucho más incorpóreos de lo que en realidad son. Porque, de hecho, muchos de esos relatos son ejecuciones perfectas de estructuras delicadas. Y, hablando de eso, he leído pocos relatos tan bien construidos como “Five points”, que si bien maneja una estructura que a esta altura podemos llamar “clásica” (una historia presente y una historia referida que viene a resignificar la historia presente) lo hace con una maestría que dispara sentidos en todas direcciones. Y aunque ya sea un lugar común hablar de la sutileza de Munro, es difícil evitarlo si uno quiere explicar que ese es el atributo indispensable para que una historia consiga lo que consigue “Five points”: hacernos asistir al preciso instante en que una mujer que engaña regularmente a su esposo comprenda quién es su amante, qué clase de hombre es, y en ese mismo acto de comprensión se ilumine también a sí misma, una anagnórisis sin estridencias.

—Te llamas como mi marido —dice—. Es curioso que no lo hubiera pensado antes.
Ella ha pensado en ello antes. Solo que no lo ha mencionado; sabe que a Neil no le habría gustado oírlo.
—Cornelius no es lo mismo que Neil —dice.
—Es neerlandés. Algunos neerlandeses lo abrevian Neil.
—Sí, pero no soy neerlandés y no me pusieron Cornelius, solo Neil.
—Con todo, si el suyo lo hubiesen abreviado, te llamarías igual.
—El suyo no está abreviado.
—No he dicho que lo esté. He dicho si lo estuviera.
—Entonces, ¿por qué dices eso si no lo está?

Hay que destacar otro de los grandes cuentos del libro: “Fotografías del hielo”. Es uno de los cuentos favoritos de mi amiga Fernanda Trías. Tomaré prestadas sus palabras para referirse a él. Dice Fernanda (en un breve prólogo al cuento, publicado por el blog chileno 60watts): “Tres semanas antes de aparecer muerto en un lago remoto de Canadá, el ex pastor y viudo reciente, Austin Cobbet, está a punto de casarse con Sheila Brothers, una mujer que vive en Hawái y de la que nadie ha oído hablar. Hasta ahí lo que saben sus hijos y sus amigos cercanos. Bastante más sabe Karin, contratada por Austin para limpiar su casa, juntar los muebles y objetos —desde la preciosa vajilla hasta los manteles bordados y la cortadora de césped— y enviarlos a un remate en beneficio de la Casa de Lázaro, una organización dedicada a la rehabilitación de alcohólicos y drogadictos. “Lázaro apesta”, escribe Karin con el dedo en el parabrisas sucio del coche de su ex marido —alcohólico recuperado—, que ahora regentea la organización con más fundamentalismo que el antiguo pastor. Austin Cobbet se irá a Hawái con nada más que una valija de ropa y una pensión de jubilado. A sus hijos les preocupa este cambio repentino: de la austeridad acérrima al disfrute frívolo de la vida. Sus amigos están locos de contentos. Pero lo que Austin Cobbet planea es otra cosa. También es otra cosa lo que planea Karin, que ya se ha llevado un juego de cucharitas de plata para su casa. Si logra llevarse todo a lo que ha echado el ojo, ya no necesitará salir de su casa, ya no se sentirá amargamente traicionada, ya nadie podrá mirarla en menos.
Las últimas tres semanas de vida de Austin Cobbet se narran al estilo Alice Munro: capa sobre capa. Y cada capa va agregando más densidad a la historia, por lo que al cabo de dieciocho páginas tenemos la sensación de conocer a Karin y a Austin más que a nuestros padres. (…)Todos necesitamos un cómplice, piensa Karin al recordar esas tres semanas, tal vez porque todos necesitamos dejar algún tipo de registro de lo que fuimos. Karin y Austin son eso, el uno del otro. Del estilo:
“Yo sé que vos sabés”. Y al final Karin, que hasta entonces no era más que un cero a la izquierda, una mujer ignorada y anodina, tiene un pequeño poder (y hace uso de ese poder, pues ¿qué otra cosa le ha demostrado la vida que se puede hacer con él?). En una escena hermosa y gélida, Karin acompaña a Austin a sacar fotos de las formaciones de hielo en el lago Hurón tras la tormenta. Las olas se congelan antes de derramarse y quedan suspendidas, gigantes, como lenguas de monstruos blancos. Un paisaje lunar, fantástico. Esas fotografías serán, más adelante, la imagen de una ausencia. Gracias a lo que ella sabe, a su secreto, Karin pasa a existir, pero como existe el hielo, siempre frágil, a punto de quebrarse o de derretirse para ser nuevamente agua”.

Así que ha terminado con todo un rollo de fotografías del hielo, junto con todas aquellas otras cosas que había decidido conseguir. Las fotografías muestran el cielo más azul de lo que nunca lo fue, pero el entretejido de la valla y la forma de los tubos de órgano no se ven tan claramente. Se necesitaría que hubiera una figura humana, también, para mostrar el tamaño de las cosas. Debería haber cogido la cámara y haber fotografiado la de Austin, que ha desaparecido. Ha desaparecido tan completamente como el hielo, a menos que el cuerpo sea arrojado a la playa en primavera. Un deshielo, un ahogamiento, y ambos desaparecen. Karin mira esas fotografías de las pálidas y deformes monstruosidades de hielo, esas fotografías que tomó Austin, tan a menudo que tiene la sensación de que él está en ellas, a pesar de todo. Es un vacío en ellas, pero brillante.

Calificación: excelente.
Título original: Friend of my youth (1990)
Traducción: Esperanza Pérez Moreno
Editorial: Debolsillo
ISBN: 9788499086675

Anuncios

2 comentarios en “Amistad de juventud, Alice Munro

  1. Justo estoy leyendo este libro, y fotografías del hielo (y Five points) me parecieron una genialidad en cuanto a atmósfera, estilo y lenguaje. Una delicia. Mucho qué aprender de Munro, la verdad. Es el primer libro que leo de la autora y me ha encantado por completo (me faltan un par de cuentos, pero no creo que me duren demasiado).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s