La agonía del asesino, James Sallis

Hacemos lo que podemos para aliviar el dolor ajeno, creyendo que así aliviaremos también el propio. Pero no es así. En vez de eso, el dolor de los demás se añade al nuestro. No borramos el suyo, sino que nos lo apropiamos. ¿Es posible que, mucho más allá de nuestra comprensión, haya algún tipo de equilibrio? ¿Qué el sufrimiento sea como una materia del universo, que solo haya una cantidad limitada, siempre la misma, y que todo lo que podamos hacer sea reordenarla, sacarla de un sitio para ponerla en otro?

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Sallis
Sallis

El asesino que agoniza no tiene nombre. Peleó en Vietnam. Por una tontería le dijeron que parecía cristiano y la repetición convirtió el calificativo en un alias: Christian. Se encuentra en Phoenix (Arizona) -la quinta ciudad en tamaño de los EEUU- para ejecutar el que, a juzgar por su estado de salud, muy probablemente sea su último trabajo: matar a un tal Rankin. ¿Quién es Rankin? Eso es lo curioso: es un tipo gris, un oficinista tan intrascendente que nuestro buen asesino llega a preguntarse quién puede querer muerto a alguien como él. El caso es que Christian ya tiene más de sesenta años y se desempeña como matarife desde hace cuarenta: no estamos precisamente ante un novato, aunque tenga sus achaques (depende de unas misteriosas píldoras y sufre pesadillas de índole alucinatoria).

Hay cosas que más vale decirlas temprano: aunque la trama tiene su importancia y en cierto sentido asistimos a una investigación detectivesca estándar, este no es, ni de lejos, el centro de la novela. ¿Cuál es el centro de la novela? Una preocupación que escapa al asunto policial. De hecho, esta es una novela con inclinaciones mucho más filosóficas que policiales, aunque contenga algunos homicidios, al menos un par de asesinos y una pareja de detectives. El asunto es el fin de las cosas, el fin de la vida y la forma en la que un puñado de personajes que atisban ese final desde su soledad aislada, intentan comprender cuál es (o cuál ha sido) su rol en la representación, qué clase de relación los une con el mundo y qué sentido ha tenido todo.

Con esto en mente, pensemos en el detective Sayles, cuya esposa enferma (agonizante, también, quizá víctima de una depresión profunda) decide abandonarlo para internarse. Pensemos, también, en Jimmie, un muchacho al que sus padres han abandonado y que ahora mantiene su vida atrincherado en la antigua casa familiar, obteniendo el dinero necesario para subsistir del trapicheo de objetos a través de la web. Estas son las tres puntas de la novela: el narrador en tercera persona salta sucesivamente de Christian a Sayles, de Sayles a Jimmie y de Jimmie otra vez a Christian, y va entrelazando una trama que no tiene vocación de mecanismo de relojería, y que, por el contrario, parece encontrar su verdadero valor en la forma libre de su composición. A pesar de esto, tengo que decir que incluso habiendo aceptado esa forma libre y voluntariamente errática, tengo objeciones hacia la historia (objeciones que no haré aquí para no develar demasiado del aspecto intrigante de la trama).

Un punto que por su recurrencia adquiere un interés particular es el de la relación de los distintos personajes con la web. Para Jimmie, la web es una manera perfecta de mantenerse apartado del mundo, de reemplazarlo, gracias a ella que puede llevar su simulación de vida sin tener que contactar a nadie que no desee (de hecho, el único contacto humano de Jimmie se da con los ancianos a los que va a leerles una vez por semana; sin contar el de la señora Flores, una vecina que le impone su ayuda). Para Sayles (con ayuda de Graves), la web es una forma de buscar indicios y de encontrar relaciones no evidentes entre esos indicios, pero debe tener cuidado, el riesgo de la confusión total, del sinsentido, está siempre muy cerca: ¿qué vínculo es útil? ¿cuál es un desvarío? Para Christian, en tanto, la web es el modo de ofrecer sus servicios, un espacio virtual que le ofrece la ventaja de poder volverse rápidamente invisible, fantasmal. De hecho, toda la muerte que flota sobre la novela hace eco especialmente en la virtualidad, porque la virtualidad otorga, como la muerte, la posibilidad de la desaparición, pero también es un campo en el que el sentido está cuestionado a cada momento. Si la muerte te obliga a pensar en el sentido de la vida, mientras susurra que no hay tal sentido, y al polvo, polvo; entonces, la irracionalidad y la arbitrariedad de ese lugar sin espacio que es internet, ese espacio espectral (en el que uno puede “pasarse la vida rebotando de una web a otra cual bola de máquina de millón”), parecen venir a cuestionar cualquier estructura lógica, cualquier construcción que persiga una noción de orden, propósito y significado.

Entre toda esta amargura hay espacio, por supuesto, para las virtudes humanas: amor, amistad, compasión, pero siempre están bajo amenaza, sitiadas por la violencia y la locura, como si lo único que quedara por hacer fuera intentar una resistencia que no debe preguntarse para qué, o que, en el caso de hacerlo, debe crear sus propias respuestas y luego creer en ellas, creer en ellas empecinadamente, con todo el corazón.

Las personas nos dejan, pensaba, nos dejan y se van. La familia, la juventud, los lugares en los que hemos vivido, lo que alguna vez fue importante para nosotros. Nos pasamos la vida de camino. Y tal vez tenemos que aparentar que vamos hacia algo, colgar del aire determinada imagen por delante de nosotros. Un mundo mejor, más justo. Una vida eterna en un sitio que es como Scottsdale, pero mejor. Un oasis en el desierto con diecisiete vírgenes. Porque no podemos soportar la idea de que esto es todo lo que hay. Todo lo que siempre hubo.

Calificación: muy bueno.
Título original: The Killer Is Dying (2011)
Traducción: Ramón de España Renedo.
Editorial: RBA
ISBN: 978-8490562352

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