El descuido, Silvio Mattoni

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Mattoni
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Antes de que el hombre fuera hombre, hubo una bestia. Una apetencia bípeda programada para durar, sobrevivir, prolongarse en un tiempo sin tiempo, inhábil de situarse en una narrativa o en una historia. Una bestia alimentada por el determinismo bestial de su especie. Un cuerpo. Una biología muda que respira, camina, come, duerme, se aparea.

El hombre de la modernidad no es, acaso, el resultado de la aniquilación de esa bestia, pero al menos sí de su doma o parcial destierro. Para garantizar una convivencia relativamente armónica entre los seres humanos fue necesaria la irrupción de un lenguaje capaz de estorbar ese estado de conectividad plena entre el hombre y la naturaleza. El rol articulador del lenguaje permite al sujeto pensarse y revelarse como tal, al tiempo que incuba una conciencia sobre su prójimo y su entorno. Pero hay un costo: ese entorno ahora se presenta escindido, al otro lado del lenguaje, en el revés desesperado de la palabra. Algo de todo esto -psicoanálisis mediante- puede hallarse en el mito de la caída o descuido original. Cuando el hombre prueba el fruto prohibido conquista su libertad, el derecho a gobernar su propio destino, pero por ello pierde irremisiblemente su estancia en el paraíso, su diálogo directo con la voluntad de Dios, la paz de estar en la Verdad.

No es raro que a partir de entonces el hombre desgarrado sienta nostalgia de ese origen, un deseo ambiguo por regresar a la pangea del tiempo. Sin embargo, la angustia existencial pronto queda mitigada por las prácticas sociales: horarios, costumbres, rituales, eventos inscriptos a una estructura más o menos rígida y pautada. Nace aquí una triste paradoja: ya librado de las ataduras instintivas, y envestido por una libertad que lo habilita a problematizar sus condiciones de existencia, el hombre civilizado se abandona a un estado post-lingüístico tan torpe y afásico como el de la bestia. Habiendo renunciado a la Verdad para ser libre, ahora renuncia como por inercia a su divino tesoro -el sentir, el interpretar- para extasiarse en la consecución de un mero permanecer. Todo su potencial emancipatorio se ve paralizado por convenciones que achatan la rugosidad de la vida. Hoy en día, por cierto, asistimos a un panorama todavía más atroz: el del nacimiento de un hombre que se presume más libre que el hombre libre. Sin drama, ni proyecto, ni herida, ni pregunta. Suspendido en el placer.

Llegado a este punto, puede entenderse la posible preocupación de Mattoni por el descuido, palabra que invita a seguir el esquema arborescente de sus derivaciones: lo azaroso, lo accidental, lo inapropiado o fuera de sitio, lo que viene a romper una lógica dada. Sin embargo, no debemos entender al descuido como una actitud que deja momentáneamente de lado un orden conciente; sino como un gesto desfasado de la rutina que viene a quebrar la ceguera de su flujo. Una leve incongruencia, una chispa de libertad, el germen de una catástrofe, el tajo por donde se cuela el torrente del lenguaje, la creación y la fábula. La súplica de lo igual por ser distinto.

Buena parte de las acciones de todos los días son ejecutadas sin plena conciencia, pero se vuelven dignas de atención cuando algo en ellas sale mal o la inercia de su proyecto se frustra de algún modo. Nadie juzga ni examina especialmente, por ejemplo, el acto de ir conduciendo su automóvil rumbo al trabajo hasta que pincha una de las ruedas y se ve obligado a detenerse al costado de la ruta. En ese momento, la realidad “auto-ruta-rueda-trabajo” resplandece de un modo especial, como si las cosas gritaran su existencia al verse libres de su acostumbrada ligazón. El pinchazo ha oficiado de pretexto para que el lenguaje intervenga resignificando los objetos, definiendo un nuevo orden, otra sintaxis. Por eso creo que más interesante que el descuido es la toma de conciencia de ese descuido. El reconocimiento de la anomalía coincide con la aparición de una cualidad ontológica netamente humana capaz de identificar esa irrupción y, paralelamente, recrear el mundo que la ha favorecido.

Algo así ocurre en el poema “El vecino”. Una presencia consabida: el vecino de la casa contigua, ese que siempre estaba en el umbral, ha desaparecido y esto lo pone en el centro de la escena. Su ausencia es como una muesca –o una mueca- que abre la válvula de la sospecha. Discurre de inmediato una suerte de reminiscencia que, además de llenar el hambre del vacío, plantea el problema del individuo como construcción política: por afuera del yo existe un Otro que lo juzga, lo interpela, y de algún modo lo adiestra a la distancia. Del reconocimiento del Otro emerge, a la par, el reconocimiento de un yo-otro, ese extraño que nos habita:

Nunca lo saludaba,
pero en el sexto año la costumbre
del barrio me llevó a decir “buen día”
o “buenas tardes” cada vez
que entraba o salía.
(…)
dicen que tuvo un hijo o dos.

El descuido activa el regreso del hombre a su patria conceptual, crítica y organizadora; una ligera rebelión donde el hombre reencuentra su humanidad y se reinserta al devenir colectivo para reaparecer en la ilusión y la dilemática de la vida. Una vuelta al Ser a través del ser poético. Lejos de utopías nietzscheanas o elitistas, Mattoni explora las posibilidades de esa justificación en el entorno doméstico y familiar. Más que salir de la rutina se propone hallar en ella las grietas que la mantienen liada a nuevas interpretaciones.

Pero podemos dar un paso más allá y decir lo obvio: la conciencia, una vez revelada ante sí misma y conocedora de su misión, no requiere de una anomalía azarosa para eyectarse al mundo. Puede, a partir de ahora, estar atenta a las señales del entorno e incluso suscitarlas. Mattoni lo sabe mejor que nadie, y esto lo convierte en un escritor que, fiel al consejo de Cyril Connolly, además de un hombre de letras es una máquina de observación.

Si se hace un recorrido aéreo por este libro, enseguida salta a la vista la desmesurada e inquietante presencia de la pregunta como enunciado rector. Los signos de interrogación salpican la escritura aquí y allá: ganchos que sostienen la carne oscura de las sílabas. Son excepcionales los casos en que el poeta se resigna a desarrollar su mensaje en clave netamente asertiva, y aún en esos casos creo que se percibe el tono dudoso de una búsqueda de fondo. Efectivamente: una vez que se detectan los centros de incongruencia es fácil hallarlos en cualquier parte. Cuando el mundo deja caer su velo enseña un cuerpo disociado, donde nada es lo que parece. No hay tal cosa como una realidad propiamente dicha: apenas fragmentos, esquirlas de aquel origen inimaginable, retazos del paraíso, manotones erráticos del lenguaje.

La pregunta es la encarnación verbal del descuido, la apoyatura necesaria, la constatación de lo siniestro en la acepción freudiana, es decir, como insinuación de lo extraño en el ámbito de lo familiar. El descuido nos somete a la pregunta, la pregunta a la necesidad de sentido, y el sentido a una errancia no sólo por el idioma sino por la negación de lo real en sus múltiples formas:

Un pulular de cuerpos en el aire
frío, ¿matinal? ¿Insectos o bacterias
o quizás papelitos picados con mensajes
que nadie puede descifrar?
Falsos vestigios de un supuesto cuerpo
que siempre estuvo así; la dispersión
se muestra.

La tentativa por descifrar y compensar los descuidos del mundo parece anclar aquí en un intento frustrado de antemano. Esta imposibilidad destila, evidentemente, de las precariedades privativas al lenguaje. La palabra pretende organizar el mundo, ligar sus dispersiones, pero al mismo tiempo es también ella un cosa más de la realidad y debe, por ende, reconciliarse consigo misma.

Lo estimulante no reside en negar el acto poético, sino en aceptarlo en el error que lo motiva. Podemos descartar tal o cual poema, tal o cual verso, pero jamás el acto mismo de la poetización. Matar al enunciado, pero no a la enunciación como proceso. La descreencia en el lenguaje convive, entonces, con la esperanza de su eficacia. Solamente en esta dinámica tensional el lenguaje puede sobrevivir. Si el lenguaje dice la cosa, se muere. Si el lenguaje se resigna a jamás decirla, se muere antes de nacer. De cualquier forma, sobreviene una crisis: el propio Yo que usa el lenguaje -prisionero entre la palabra y el cuerpo apenas arañado por el símbolo- no tarda en perder consistencia:

El auto carga dos mujeres,
cuatro niños, la perrita y un ausente
que maneja, que ahora debería decir “yo”.

Esas comillas que encierran el pronombre personal bien podrían ser extensivas, como veíamos, a todo el idioma. Pero… ¿por qué en este caso Mattoni duda de su “yo” y no del resto de sus acompañantes?
Podríamos arriesgar la siguiente hipótesis. El lenguaje, al funcionar como un sistema de reproducción o representación, ciertamente opera como un obstáculo en el camino hacia la Verdad. Las mediaciones simbólicas obturan el acceso a lo que Kant llamaría, si se quiere, “La cosa en sí”. En este sentido no hay algo como una verdad unívoca e irreductible, sino verdades, en plural. Frágiles verdades parciales configuradas por la parcialidad de las miradas. ¿Cómo identificar la mirada justa? ¿Cómo empeñarse o esperanzarse en dar con la justicia si el propio concepto de justicia es cuestión de mirada? Siguiendo esta forma de escepticismo, toda teoría, modelo, idea, dictamen o precepto resulta inútil. Todo es frágil, precario, variable, discutible, y el hombre se ve obligado a optar por uno de esos modos, tal vez el más conveniente a sus propósitos. El problema es que el poeta no puede –ni debe- resignarse a tal cosa. Sólo hay una solución: librarse del lenguaje y sus grilletes, salir de las ideologías, sobrevolar el cielo del sentido, ir a un más allá de todo corpus y mirada, donde el absoluto brilla como un sol calcinado por su propia luz. En la Tierra ese absoluto tiene un nombre: amor. Mattoni puede dudar de su “yo” pero no de esas dos mujeres, los cuatro niños, la perrita, sus seres amados. Hay allí una expresión dicha desde el amor puro y pre-filosófico, anterior al lenguaje y a la historia. Por eso no hay remordimientos, ni vacilaciones, ni comillas.

El tópico de los hijos, vale decirlo, imprime en varios sectores del libro un matiz conmovedor. Se trata de una seguridad total, nada abstracta, sucia y destellante de realismo, que aún en el contexto menos adecuado -un shopping- conquista la felicidad.

No obstante lo dicho, Patón quería echar de su República a los poetas por ser estos capaces de decir la verdad. El lenguaje poético, desde este punto de vista, no es una simple representación de la cosa, sino que es la cosa. El poeta sería como una especie de Dios terrenal que rompe la distancia simbólica y, en consecuencia, cierra el canal de las discusiones sociales. Visto así, es evidente que se lo viera como un enemigo. Pero lo cierto es que el poeta no siempre pretende zurcir la brecha que lo separa del mundo: en ocasiones goza de ostentarla. Como si se tratara de un instinto de conservación, el lenguaje encuentra en la poesía de Mattoni –y en la poesía en general- una forma creativa de violentarse sin destruirse. El lenguaje poético es antipoético en la medida en que busca la verdad que él mismo traiciona y que sólo es concebible desde esa traición. Hacer patente la brecha es estimular la maquinaria deseante, la avidez del mensaje, su potencial metafórico: la permanencia del descuido.

entonces me altera
saber que nada salva de la nada
y que voy a extinguirme con la pobre poesía
sin llegar a decir esto que pasa.

Otro punto de interés en la poesía del cordobés radica en cómo este desasosiego de la palabra logra permear y expresarse en su versificación, reflejo cabal de un sistema respiratorio. Los textos, siempre compactos, casi no se permiten la intromisión de los blancos: una sola estrofa hace al cuerpo de la mayoría de los poemas. Esta cualidad imprime un ritmo torrencial, de avance ordenado aunque por momentos psicótico, propenso a la asociación libre de la escritura automática; un mensaje escrito desde la embriaguez que busca acompasarse al tempo sin pausa de una conciencia-mundo, en intrincado sincretismo. Mattoni escribe como pensando en voz alta. Su respiración no es la de alguien al borde del colapso ni la de quien yace inmóvil en el vientre indoloro del mundo. Inhala y exhala con una leve crispación, alerta aunque no violento, sofrenado pero no indiferente. Esto no debe emparentarlo, por cierto, a la tibieza del punto medio, sino más bien a una placentera inquietud. Da la impresión de que su poesía evita las fisuras gráficas porque se siente ante todo hija y portadora de un amplio legado de fisuras provenientes del descuido original:

Ya pasé
la mitad del camino y es un caos
de líneas de un trineo que la nieve
tapa y el barro ensucia.

No por torrencial su estilo peca de hermético o incomprensible. Su vocablo es quirúrgico en su deriva: apunta y acierta en el blanco aunque dé mágicos rodeos, abriendo nuevas dimensiones a su paso. Juguetona en su laberinto, la voz se niega a los meta-laberintos de la retórica y opta por una claridad narrativa.

La métrica variable se inclina casi por instinto hacia el endecasílabo: faro intermitente que orienta las oscilaciones de su brújula. Si se lee en voz alta, al fondo de la dicción se escucha un estridor amable: la esencia de su poesía. El aire se abre en dos melodías complementarias que transitan por carriles distintos, como las manos febriles de un pianista que ensaya variaciones y disonancias. Esas melodías son las gestoras del sobresalto: deben reñir aunque se amen y estén unidas por el cuerpo de un solo hombre. Saben que la conciliación en un tono continuo equivaldría al silencio de la bestia.

Pero al margen de todas estas cuestiones de índole técnica o ideológica –ciertamente otra cosa es la poesía-, creo que el universo de Mattoni se descubre con sólo cerrar los ojos y sentir, una vez terminada la lectura, el tropel de sus imágenes por la noche cóncava de los párpados: el cambio de una luz, la sonrisa de una niña, peatones dialogando con los muertos, la ropa sucia amontonada en el suelo, la mano del hijo, un gorrión, un gato somnoliento, el cuerpo de un varón, una biblioteca, el cuerpo de una mujer, un colectivo, el patio del colegio… y el descuido de una lágrima tal vez nuestra.

Calificación: muy bueno
Trópico Sur Editor (colección Payeseros), 2014
ISBN: 978-9974-8417-2-7

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