Los cien hermanos, Donald Antrim

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Antrim
Antrim

Doug y noventa y ocho de sus hermanos (falta George) se reúnen en la inmensa biblioteca roja de su padre muerto para una de sus periódicas cenas con el objetivo de encontrar la urna con las cenizas del viejo. Esta finalidad podría hacerle creer al incauto lector que hay una posibilidad de estructura lineal en la novela: no la hay. El objetivo de encontrar la urna se pierde casi de inmediato en el absurdo delirio de la acción, porque no hay plan o intencionalidad que resista los tropezones y accidentes que no parecen obra del azar, sino manifestaciones de una fuerza natural que está, de hecho, derrumbando la biblioteca. Las goteras pudren los libros; nadie ha barrido el piso desde hace quién sabe cuánto tiempo; las ventanas no cierran bien y muchas han perdido vidrios; los muebles crujen; hay murciélagos que anidan en lo alto de las estanterías; las arañas de cristal se hamacan peligrosamente y la mitad de sus lámparas está quemada; fuera, la rosaleda ha dejado de florecer (y hay quienes dudan de que alguna vez lo hiciera), el pasto es amarillo y crujiente, los árboles parecen percheros; más lejos todavía, al otro lado del prado que rodea la casa, una multitud de indigentes acampa en la noche invernal, puede verse sus fogatas: la biblioteca es un mundo alegórico en pleno proceso de disolución. Pero lo que vuelve a Los cien hermanos mucho más que una alegoría es su imprecisión al momento de establecer la correspondencia entre los términos. Cada elemento, cada personaje y cada acción tienen el potencial de convertirse en símbolos dinámicos, capaces de referir a cada momento a significados cambiantes. Esto contribuye a la sensación de caos al que la novela se precipita página a página, en una seguidilla demencial de pequeños acontecimientos que aceleran la debacle, la única conclusión posible.

Por momentos, los hermanos de Doug (que es, también, el narrador) parecen proyecciones de aspectos parciales de su personalidad. Pero, ¿puede ser de otra manera? El que cuenta siempre se sitúa, quiéralo o no, en el centro de la narración, y es su mirada la que configura el mundo, y esa mirada sólo está capacitada para ver porciones de los demás, en este caso, de esa multitud de hermanos a los que ama y detesta (sin contradicción). Yendo más lejos: el mero hecho de pertenecer a una familia implica la tensión entre la fuerza que te tira hacia el centro del grupo y otra que te empuja hacia fuera: la primera es la que te hace formar parte de algo más grande que vos; la segunda es la que te identifica como un individuo completo en sí mismo. Bien, una vez dicho eso: ¿qué familia es esta? ¿Simboliza la sociedad norteamericana contemporánea o toda la civilización occidental? ¿Simboliza la Humanidad o sólo la parte masculina de la Humanidad? (no hay menciones a mujeres en la novela, salvo dos excepciones: 1) una tal Jane, la responsable de la ausencia de George; 2) la soprano cuya voz suena ocasionalmente en uno de los discos. La biblioteca es el reino de la masculinidad. No hay madre o madres, pero tampoco hay esposas, novias o hijas, y, obviamente, no hay hermanas. El mundo cotidiano de cada uno de los noventa y nueve hermanos es mencionado aquí y allá, pero de un modo fantasmal, lo único que se siente como algo que realmente existe, como algo concreto, es lo que ocurre en la noche de la reunión, esa noche sin precisión temporal ni espacial. Es decir, sabemos a qué se dedican en su vida fuera de la biblioteca muchos de los hermanos, pero eso parece importarle a la narración muchísimo menos que el hecho de si un hermano particular ha conseguido o no algo de beber, si está husmeando pornografía del siglo XVIII en la sección de grabados, si está cazando murciélagos con una raqueta de tenis, si sigue con atención los avatares de la carrera de escarabajos de Benedict o si acaba de romper un jarrón. Vuelvo un paso atrás: la imprecisión. La novela tiene la imprecisión de una pesadilla. Nadie sabe exactamente qué hora es (preguntar qué hora es puede generar una discusión inacabable); jamás se nos dice qué año es o dónde está la casa que alberga la biblioteca, y las dimensiones reales de la biblioteca están directamente relacionadas al estado psíquico del narrador y de la narración, en un momento pueden contraerse hasta el punto de la claustrofobia para expandirse luego de forma que hordas armadas de hermanos pueden llegar a perderse entre los pasillos laberínticos de las distintas secciones. Ni siquiera está claro cuál es el aspecto de la urna con las cenizas del viejo: “Claro, están esos dibujos al carbón en la torre donde Eli tiene su estudio de dibujo. Son ilustraciones quebradizas dada su edad, y ligeramente irreales, ya que la urna representada en ellas carece de asas y está embellecida con relieves pornográficos. Hace mucho tiempo convinimos, por lo menos entre la mayoría de nosotros, que el objeto auténtico no presenta ninguna ornamentación extravagante y, por lo tanto, se sostiene que las naturalezas muertas que Eli dibujó en su infancia, en blanco y negro, revelan más sobre las luchas edípicas en la infancia solitaria de nuestro hermano que sobre cualquier objeto funerario “auténtico”, lo cual es una lástima, puesto que la representación pictórica podría haber ayudado a resolver la confusión sobre el aspecto que tenía la urna”.

Que la acción se desarrolle en una biblioteca (que parece contener toda la alta cultura de la Humanidad desde la Ilustración hasta la Posmodernidad) no es un dato menor; tampoco lo es que el estado ruinoso del edificio esté cobrándose buena parte de los volúmenes. Una de las cuerdas que compone Los cien hermanos es, claramente, la pulsión atávica. A medida que la biblioteca cede a la tormenta de agua y nieve, mientras el yeso de las paredes se deshace y el techo se resquebraja, los pasillos se inundan y el viento arrastra páginas sueltas, está cada vez más claro quién va a ganar la batalla entre cultura y naturaleza. La ceremonia de la reunión, con sus propias pautas rituales, es una representación con una finalidad distinta a la de buscar la urna de las cenizas: el momento culminante de la noche es la cacería y el sacrificio del Rey del Grano. ¿Quién es el Rey del Grano? Es una especie de figura arquetípica relacionada con el ciclo de las cosechas y, por lo tanto, íntimamente ligada a los mitos de muerte y resurrección. Doug lo explica así (es significativo que se lo explique a un perro): “-En el transcurso de los años, la humanidad ha ideado muchas maneras de aliviar el dolor de vivir (…) Tenemos que soportar el dolor de la existencia, y para ello debemos hacer sacrificios. Debemos ofrecernos ante Dios y el prójimo. Ésta es la función del Rey del Grano. (…) El Rey del Grano es un arquetípico espíritu de la cosecha (…) La vida dependía de la recolección, y por eso sacrificaban habitualmente a seres humanos para asegurar la fertilidad de la cosecha. Esas personas eran mártires. (…) ¡En ciertos casos, cortaban y devoraban el corazón todavía palpitante del Rey del Grano!”.

Ese es el regalo de Doug para sus hermanos: al final de cada reunión, Doug se desnuda y se pone una máscara ceremonial, hace su baile y luego es perseguido por sus hermanos. El carácter de representación bufa que se desprende de toda la farsa está siempre a un paso de convertirse en terrorífico. Esta sensación te acomete más de una vez a lo largo de la novela, el humor siempre está muy cerca de pasar a ser algo diferente. Él mismo lo dice: “Él Rey del Grano debe morir. De esta manera la familia humana puede prosperar”. Doug quiere aliviar el dolor de sus hermanos. Hay mucha tristeza en la biblioteca. Los envuelve a todos de una manera o de otra. Y cuando Doug se presenta disfrazado como el Rey del Grano, lo atávico por fin se corporiza y la furia se enciende, es el momento en el que la endeble estructura racional colapsa y la narración enloquece. ¿Qué estamos leyendo? Esto no es una ceremonia inocente, los hermanos tienen palos y cuchillos, claramente no están jugando.

Al cerrar el libro uno piensa o puede pensar en que Antrim ha ejecutado una especie de extraña alquimia, construyendo una ofrenda con palabras, como si su novela fuera también un Rey del Grano, un chivo expiatorio que podría aliviarnos, de alguna manera retorcida, del dolor de la existencia.

Resulta sorprendente, ¿no es cierto?, que las circunstancias desagradables de la vida lleguen a parecer, tan sólo porque uno las conoce, perfectamente normales. Juegos perdidos, juguetes robados, prendas de vestir que pertenecían a otro y que nunca te sientan bien. Quiero a mis hermanos y los odio a muerte. ¡Yo! ¡Yo!, parecen gritar las voces de todos nosotros, como si no fuésemos una verdadera comunidad unida por lazos de sangre y espirituales, sino una vulgar pandilla que no se interesa más que por el próximo trago y el siguiente bocado. Amo a mis hermanos y los detesto. Sobre todo me detesto a mí mismo, cuando, en el transcurso de una velada, me encuentro solo en la multitud, sin un querido camarada que me ayude a superar mis terrores.

Calificación: excelente.
Título original: The hundred brothers (1998)
Traducción: Jordi Filba
Tusquets Editores, Barcelona (2000).
ISBN 84-8310-143-2

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Un comentario en “Los cien hermanos, Donald Antrim

  1. LOs espacios cerrados, opresivos siembran sombras pavorosa, ¿o no?. Me gusta ler de vez encuando algo así como terrible, no siniestro si no como si te erizara la piel un fríosin motivo.
    Gracias , por los comentarios siempre es bueno escuchar sugerencias.Buena lectura. Saludos.

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