Residuos, Tom McCarthy

McCarthy
McCarthy
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Un golpe en la cabeza y ya estás fuera del mundo. Esto es lo que le ha ocurrido al narrador-protagonista de Residuos, algo (¿un pedazo de satélite? ¿partes de un avión?) cayó del cielo e impactó en su cráneo. Lo dejó al borde de la muerte, en coma durante largos meses. La novela comienza en un punto muy posterior al accidente: ya ha despertado, ya ha pasado mucho tiempo rehabilitando sus capacidades motrices y acaba de anunciársele que los responsables del objeto o pedazo de objeto que lo golpeó (¿quiénes? ¿el gobierno? ¿empresas multinacionales?) van a darle una cuantiosa indemnización. Muchos millones que pueden multiplicarse como conejos cuando se los invierte en la Bolsa de Valores de Londres. ¿Qué va a hacer nuestro hombre con esos recursos ilimitados? Ese es el asunto: nuestro hombre no desea nada. De hecho, el accidente lo ha convertido en una especie de autómata hiperconsciente de cada acción, cada sensación y cada pensamiento: “Ni hacer sin comprender, ese fue el legado que el accidente me dejó para siempre, un desvío eterno”. Este es el centro de la novela. Es curioso, pienso ahora, se me ocurre que uno de los tópicos de la ciencia ficción clásica fue el siguiente: ¿pueden los robots sentir? Y ahora que estamos a punto de llegar al momento en que las máquinas efectivamente piensen por sí mismas, esa ha dejado de ser una cuestión tan interesante y la pregunta se ha retorcido hasta convertirse en algo inesperado: ¿pueden los humanos sentir? O, mejor, ¿pueden los humanos ser humanos? ¿Pueden des-mecanizarse, des-automatizarse? ¿Pueden saltearse los desvíos que los distancian de la realidad? Bien. Retrocedamos. Nuestro hombre (llamémoslo “el Hombre Golpeado”) es millonario y puede hacer lo que quiera, pero no quiere nada. No solo no desea nada, sino que no le importa nada, nada excepto volver a sentir algo real. Hasta que cierta noche, en una fiesta, recuerda o sueña con un momento y un lugar en que se había sentido real.

…en estos espacios mis movimientos habían sido fluidos, no forzados. No eran torpes ni adquiridos, de segunda mano, sino naturales. Abrir la puerta de mi frigorífico, encender un cigarrillo, incluso llevarme una zanahoria a la boca: todos estos movimientos eran suaves, perfectos. Me fundía con ellos, pasaba a través de ellos y dejaba que ellos pasaran a través de mí hasta que no hubiera espacio entre nosotros. Eran reales, yo había sido real, sido antes de comprender cómo intentar ser: eliminando el desvío. Recordé todo esto con la fuerza de una epifanía, de una revelación. En ese instante supe exactamente qué quería hacer con mi dinero. Quería reconstruir aquel espacio y entrar en él para así poder sentirme otra vez real. Quería hacerlo; debía hacerlo, y lo haría. No importaba nada más.

Así que el muchacho (con la invalorable ayuda de un experto en logística, Naz),  dedica sus recursos a recrear un edificio y lo llena con actores que deben vivir ahí y, cuando se les da una orden (el edificio puede estar en ON o en OFF), recrear una y otra vez una serie de acciones intrascendentes: una mujer debe freír hígado en cuatro sartenes y sacar la basura al pasillo; un pianista debe practicar y equivocarse; un muchacho debe estar en el patio tratando de arreglar una moto; la conserje tiene que permanecer de pie en el vestíbulo con una máscara de hockey. Las acciones ejecutadas no tienen ninguna importancia ni significado en sí mismas, la medida de su valor radica en lo que provocan en el Hombre Golpeado, el hormigueo de sensaciones que lo asalta cuando participa en alguna recreación particularmente exitosa. El camino que el Hombre Golpeado emprende para reconectarse con lo verdadero es el de la falsedad más pura: para dejar de ser “de segunda mano” decide habitar una réplica exacta de un vago recuerdo.

La trama no importa. Las páginas avanzan hacia una exacerbación del principio de replicar la realidad y extraer de la experiencia hasta la última gota de una sensación. Cada vez que el Hombre Golpeado percibe un fragmento del mundo que conserva su halo de autenticidad, pone en marcha su cada vez más afiatado aparato logístico (formado por arquitectos, decoradores, ingenieros, operarios, etc.), para echar a andar una nueva re-creación.

Aunque excesivo y un poco tosco, el final es previsible. El Hombre Golpeado se ha vuelto un psicópata. Eso explica muy bien por qué en la novela no hay personajes, porque nadie en el entorno del Hombre Golpeado puede ser un personaje: se puede tener un nombre y determinadas características físicas, pero no una personalidad, una individualidad separada de la función que se cumple, y, de hecho, apenas se ha puesto a desarrollar su plan de re-creación, las personas que provenían del tiempo anterior al accidente, son pasivamente expulsadas de la vida del Hombre Golpeado. Los que quedan son sólo monigotes que ejecutan tareas a cambio de remuneración. La única relación que al Hombre Golpeado le interesa es la relación con sus propias sensaciones. En tanto autómata, trata a los demás como si todos fueran máquinas; en tanto incapaz de sentir nada naturalmente, no puede concebir los sentimientos o emociones ajenos.

¿Por qué Residuos es una novela tan triste? Porque es muy difícil no leerla como un diagnóstico de época.

Algunos de los pasajeros que llegaban escudriñaban las caras de los que esperábamos en busca de parientes, pero la mayoría no se había encontrado aún con ellos. Salían componiendo algún gesto que pudieran mostrar a la multitud reunida, alguna disposición facial que pudieran fijar antes de que se abrieran las puertas. Puede que fingieran tener prisa, como si los necesitaran con urgencia por ser muy importantes y sus negocios no pudieran seguir sin ellos. O que intentaran parecer despreocupados, inocentes y felices, como si ignorasen que cincuenta o sesenta pares de ojos estaban fijos en ellos, solo en ellos aunque fuera por dos segundos. Por supuesto no lo hacían; es decir, no lo ignoraban. ¿Cómo podrían? La franja que había entre las barandillas y las puertas parecía una pasarela, con modelos interpretando diferentes papeles, diferentes identidades. Me recosté contra la barandilla observando tal desfile: un personaje tras otro, todos tan cohibidos, estilizados, irreales.

Calificación: buena.
Título original: Remainder (2005)
Traductor: Andrea Vidal Escabí
Editorial: Lengua de Trapo, Madrid, 2007
ISBN: 978-84-8381-020-0

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2 comentarios en “Residuos, Tom McCarthy

  1. Lo hacen feo al hombre golpeado y presiento que los monigotes ya estaban antes de su accidente y él no lo sabía, y no son ningunos santos. Digo, no en “Residuos” (que yo no soy la autora), pero en alguna otra versión similar más real podría ser… Slds.

    1. Hola. ¿Leíste “Residuos”? Esto es sólo una reseña muy breve, una mezcla de sinopsis con comentarios que se me ocurren durante la lectura. Puedo hablar de por qué El Hombre Golpeado es “feo” más allá de mi subjetividad. Hay muchas formas de argumentar esto a partir del texto. Gracias por tu comentario.

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