Una vida plena, L.J. Davis

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Davis
Davis

Lowell Lake acaba de cumplir 30 años y se impone, no por opción sino de manera absolutamente involuntaria, un balance. Goza de buena salud, está razonablemente casado, ha podido estudiar lo que ha querido, vive en Manhattan y tiene un trabajo que si bien no es nada del otro mundo no le molesta demasiado ni le requiere grandes exigencias. Pero tiene un problema: no ha logrado tener una vida plena. ¿Qué es una vida plena? Lowell no lo sabe, pero sí sabe que no la tiene y que, por tanto y por primera vez en una vida en la que ha viajado en el asiento del pasajero, tiene que hacer algo al respecto.
No sabe muy bien qué- y podría sonar aquella canción que decía “no sé lo que quiero, pero lo quiero ya”- pero se pone en retrospectiva campaña. Se analiza y analiza su entorno, con cuidado eh, que tampoco es cosa de sacudir o incomodar, que Lowell acostumbra a no molestar, tratando de encontrar la manera y el modo de conseguir aquello que busca. Ni su esposa ni sus pocos conocidos lo entienden. Vamos, que el propio Lowell no es que entienda mucho qué es aquello que busca tampoco. Si sabe qué lo quiere y a medida que lo busca, bebe mucho. Muchísimo. Bebe todo el tiempo, pero su alcoholismo está completamente descontracturado y poco relevante en definitiva para su entorno. Es un bebedor funcional, lo que lo distrae del vacío, pero no le da soluciones ni es un escape real en definitiva. Sin embargo, por allá, promediando el relato, creerá haberlas encontrado en la compra y reconstrucción de una destruida mansión en Brooklyn.
La mansión fue construida por un curioso personaje llamado Darius Collingwood, dueño de una azarosa vida aventurera (tan es así que en la mentada casa vivió apenas seis meses) y que será obsesión para Lowell. Pero como no puede vivir la vida que vivió Darius, por lo menos puede hacerse con el que fuera brevemente su hogar.
Davis construye sin pausa y sin prisa un relato que sorprende por su tono jovial y ameno desde el principio. La risa fluye fácil y de inmediato en el lector, a medida que el cuasi impávido Lowell va chocando con su esposa, los padres de su esposa, sus nuevos vecinos, los indeseables ocupantes de la Mansión Collingwood y así. Por supuesto, esta es la historia de un vacío, de una crisis existencial de un pobre tipo y uno no puede dejar de preguntarse “¿de qué me estoy riendo?” a medida de que las desgracias del pobre Lowell se incrementan y uno ríe más y más.
L.J. Davis publicó apenas cuatro novelas en la década del 70 para luego dedicarse a pleno al periodismo. También él compró una casa vieja en Brooklyn y optó por restaurarla él mismo, así que cabe preguntarse cuanto de autobiográfico hay en “Una vida plena”, relato que por momentos recuerda al estilo e impronta de “La Conjura de los Necios” de John Kennedy Toole y hace de Lowell Lake un primo lejano y mucho más tranquilo- con la procesión por dentro- de aquel Ignatius J. Reilly. Su rescate literario llega de la mano del prestigioso autor Jonatham Lethem, quien se hiciera amigo de uno de los hijos de Davis y descubriera su obra. Y en nuestros pagos, llega por la editorial La Bestia Equilatera- la que ya visitara estas páginas con la reseña de la imprescindible “Mi ángel tiene alas negras” de Elliot Chaze- que se va volviendo una de esas editoriales a tener siempre en cuenta.
El camino de Lowell no es fácil y por momentos es agobiante. Pero para nosotros, lectores, es por demás divertido. Una novela muy recomendable.

—Santo Dios, ¿qué te pasa esta mañana? —le preguntó su jefe, un hombre llamado Crawford. En su juventud, Crawford había desarrollado una fijación con Perry White, el jefe de El Planeta de Metrópolis, que había modelado su carácter y determinado el rumbo que seguiría su vida. Evocaba esos tiempos con nostálgica desazón, y se habría cortado la lengua antes de admitir que su vida sufría la influencia de un personaje menor de una serie radial para niños (el personaje de la historieta no lo había afectado en lo más mínimo), pero esa era la verdad. En general lograba no pensar en ello, pero en ocasiones se acordaba súbitamente y se sentía como un idiota redomado
—. ¡Presta atención, Lake! —ladró—. Te pregunté qué te pasaba.
—Ya te he oído —dijo Lowell, atacando con saña los pape- les de su escritorio, recogiendo uno para tirarlo, garrapateando una nota en el margen de otro, impulsado por una necesidad apremiante pero difusa—. No te sulfures —rugió.
Crawford se sobresaltó y miró a Lowell con un rostro don- de ya afloraba el miedo. Crawford (un hombre apocado, no mucho mayor que Lowell) vivía con el terror constante de que un día un subalterno astuto le birlara el empleo. Estaba convencido de que un aprendiz enérgico y animoso ascendería a jefe de redacción, y en consecuencia seleccionaba el personal por su cobardía y su apatía. Nunca había tenido ningún problema con los aprendices, pero una vez había tenido que hacerle la vida imposible a un redactor joven, al punto de que el hombre había terminado por renunciar, un poco histéricamente. El soñoliento Lowell Lake era la clase de empleado que él buscaba, y Crawford se había encargado de que ascendiera rápidamente hasta un puesto en que servía como amortiguador contra cualquier amenaza de abajo. El camino a la jefatura de redacción pasaba por la secretaría de redacción, y aunque eliminaran a Lowell, Crawford aún podría deshacerse de ellos antes de que juntaran fuerzas para otro ataque. En estas circunstancias, la muestra de inaudita energía de Lowell era alarmante, y Crawford no sabía cómo encararla. Atentaba contra el orden natural y contra su experiencia, y confirmaba su oscuro y secreto temor de que un día lo eliminarían, aunque él hiciera todo lo posible para impedirlo.

Calificación: muy bueno
La Bestia Equilátera, 2012
Traducción: Carlos Gardini
ISBN: 978-987-1739-39-4

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Un comentario en “Una vida plena, L.J. Davis

  1. Sigo atenta tus lecturas, muy recomendables por cierto.De vez en cuando creo que nos reimos por que nos reconocemos en algún patético personajede ¿ficción? Gracias.

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